MENTIRAS, DISPAROS Y DESENGAÑOS
Por Daniela T. Montoya
Jacques Tourneur
supo sacar a la palestra todo su ingenio a la hora de entretejer
el entramado de requiebros que hilvanan la historia de Retorno
al pasado (Out of the
past, 1947). Convertida en una pieza clave del cine negro
a pesar de su presupuesto de serie B, Retorno
al pasado es fiel al estilo del cine americano de los años
40 que, dejando a un lado las escenas de acción, centra su atención
en la captación de los aspectos psicológicos que condicionan la
conducta de los personajes. En este tipo de películas, la sucesión de acontecimientos y desventuras
no son más que una excusa para analizar las emociones de los protagonistas.
Hombres atormentados y mujeres seductoras son los arquetipos que
invadirán las pantallas de las salas de cine. Personajes ambiguos,
con fluctuaciones en sus compromisos, viven en perpetua incertidumbre
ante los acontecimientos y las reacciones de los demás.
Y así ocurre en Retorno al pasado donde Kathie Moffett
(Jane Greer), mujer manipuladora donde las haya, es el eje central
tras el cual se mueven el resto de personajes, entre los que se
encuentra el investigador Jeff Bailey (Robert Mitchum). Éste último,
impertérrito observador en la sombra, quebrará su quietud existencial
desde el momento en que se tropieza con la femme
fatale en un antro de Acapulco. Es entonces cuando, inducido
por la rubia, Bailey mueva pieza y entra en el juego de medias
verdades y amagos que acabarán por manchar su honradez (indispensable
en su oficio) y, por tanto, pondrán en peligro su vida. Retorno al pasado narra la historia de
cómo un hombre apacible cruza la delgada línea que separa el bien,
el mundo de la Ley y la verdad; y el mal, el mundo de las mafias
y las mentiras.
REQUIEBROS ARGUMENTALES
Es extraordinaria
la manera como Tourneur nos introduce en Retorno
al pasado dejando intuir los secretos que se avecinan. Un
hombre de aspecto sospechoso aparca su coche en una estación de
servicio y desciende autoritario con la intención de interrogar
al chico que en esos momentos está faenando de espaldas. El hombre,
Joe, intenta sonsacar información al chico sobre el dueño de la
gasolinera, Jeff Bailey, pero se encuentra con el inconveniente
de que el chico es sordomudo y no puede (¿quiere?) responder demasiado
profusamente. Tourneur, con unos pocos segundos, ya se ha asegurado
la atención del espectador. ¿Quién es ese extraño y por qué hace
tantas preguntas sobre el dueño de la gasolinera? Y sobre todo,
¿por qué justamente un sordomudo, alguien que necesariamente debe
callar, es el punto de entrada (y también será quien lo concluya)
en la vida de Bailey? El misterio en Retorno al pasado ya se ha hecho evidente. Ahora el recién llegado
no tiene más que ir tranquilamente al bar de enfrente, situado
literalmente en el lado
opuesto de la carretera, a tomarse un café y esperar a que la camarera
se vaya de la lengua contando con pelos y señales lo que se ve
y se intuye con tan sólo mirar por las ventanas. Y es que suele
ocurrir; en un pueblo pequeño se sabe todo lo que pasa y todos
se conocen. Todos excepto Jeff Bailey...
A pesar de que Bailey
lleva un par de años regentando tranquilamente la gasolinera del
pueblo, él sigue siendo un extraño para los pobladores locales
porque nadie conoce absolutamente nada de su pasado. Bailey es
un extranjero que, en compañía del chico sordomudo, oculta celosamente
su pasado mientras sueña con que algún día pueda vivir tranquilo
en una solitaria casita en las montañas. Es decir, vivir al margen
de la sociedad. Por ello, su actitud esquiva provoca que la sospecha
recaiga sobre él y que los lugareños, como por ejemplo los padres
de Ann Miller (Virginia Huston), desconfíen de su compañía. Y
así ella se lo hace saber en uno de sus encuentros en el lago:
“Te asombraría saber lo que la gente dice de ti. ¡El misterioso
Jeff Bailey! Mi madre dice que apenas te conozco, que ignoro tu
pasado, que ni siquiera sé de dónde has venido, ni lo que has
hecho.”
Advertencias que
sus preocupados padres le hacen para que la chica “despierte”
de su embobamiento pasajero pero que ella no toma en consideración
porque es precisamente el aura de
misterio de Bailey lo que le atrae. “¡Eres el hombre
de los secretos!” le espeta con cierto aire encandilado. Finalmente,
Bailey cederá a las demandas de su amada y será él mismo quien,
en un larguísimo (y muy comentado) flashback,
nos desvele su pasado oculto.
La trama de la película se inicia aproximadamente unos tres años
atrás, cuando Whit Sterling (Kirk Douglas), el jefe de una banda
mafiosa, le encarga al por aquel entonces detective Bailey (realmente
llamado Markham) que encuentre y le traiga a su chica, Kathie
Moffat, la misma que le ha herido disparándole cuatro tiros y
huyendo no sin antes robarle 40.000 dólares. Con el orgullo tocado,
Whit confía en la horadez de Bailey para que encuentre y le traiga
a la chica, con o sin el dinero, eso es lo de menos. Paradójicamente,
a pesar de que para el jefe los 40.000 dólares carecen de importancia
ya que, en este momento, lo prioritario es recuperar a Kathie,
ese dinero se convertirá en un elemento determinante tanto del
argumento de la película como de la (des)confianza de Bailey.
Para este último, ir tras la chica para convencerla de que vuelva
a los brazos de Whit es una pérdida de tiempo, aún así acepta
el trabajo gracias a la suculenta recompensa económica que le
promete.
Habilidoso investigador,
Bailey no tarda en encontrar el rastro que dejan las facturas
del exceso de equipaje de Kathie y que le conducen hasta México.
Allí, apostado en un bar de Acapulco, decide esperar. Tras unos
cuantos güisquis, los problemas para Bailey aparecen encarnados
en la figura de Kathie cruzando el umbral de la puerta. Al ver
a la rubia él comprende por qué Whit está dispuesto a hacer lo
que sea por recuperarla. Un encuentro fortuito con un vendedor
ambulante que los confunde con una pareja, y el cierre momentáneo
―por motivo de la siesta― de la oficina de telégrafos
que impide a Bailey avisar a Whit, acaban por encauzar su atracción
mutua.
La playa es lugar propicio para el romance. A la orilla del mar,
entre las barcas y las redes de los pescadores, Bailey queda atrapado
en los juegos de seducción que despliega Kathie. Totalmente enamorado,
él se pone al descubierto confesando que lo único que ahora le
importa es estar con ella. Pero antes de “entregarle” su vida,
y ante los secretos que rodean a la rubia, Bailey quiere asegurarse
de que ella no le está engañando en su amor y le pregunta por
el dinero que Whit dijo que le robó:
Bailey ―Había algo respecto a 40.000 dólares...
Kathie ―¡No los cogí!
B. ―¿Cómo sabes que los cogieron?
K. ―Lo has insinuado
Kathie, desesperada, utiliza todos sus encantos para tratar de
convencerle porque, en caso contrario, él no pararía de perseguirla
hasta entregarla a Whit. Y al final lo consigue:
K. ―No me llevé nada. ¡No lo hice, Jeff! ¿No quieres creerme?
B. ―Cariño, ¡a mí que me importa [el dinero]!
Una vez consumado
el idilio, Kathie deja que Bailey tome la iniciativa y organice
la huida. Ir a donde sea para empezar una vida nueva, lejos de
Whit, es el sueño de ambos. Pero antes de escapar juntos hacia
el norte, Bailey debe escamotear la visita inesperada de Whit
arguyendo que hace las maletas porque ha sido incapaz de encontrar
a Kathie. La confianza entre los dos hombres se pone en entredicho
en un portentoso diálogo de tiras y aflojas, dobles sentidos e
indirectas, insinuaciones y miradas inquisitivas. Finalmente,
Bailey logra salir airoso gracias a la confianza que Whit tiene
depositada en él y que le llevan a interpretar el nerviosismo
de Bailey como irritabilidad por su fracaso como investigador.
Aún así, Whit le asegura que no puede dejar la investigación y
que, tarde o temprano, tendrá que cumplir su palabra de encontrar
a Kathie. “Usted empezó esto y lo terminará”, le amenaza.
La pareja fugitiva
recala en San Francisco. Allí Bailey abre un negocio de poca monta
como detective privado y, con el tiempo, ambos empiezan a frecuentar
sitios concurridos. Pero tropiezan con su pasado: su antiguo compañero
de investigación, Jack Fischer (Stevie Brodie), les descubre haciendo
apuestas en el hipódromo y está dispuesto a sacar tajada de esta
ocasión. Fischer les chantajea pidiéndoles los famosos 40.000
dólares a cambio de su silencio, pero Bailey le asegura que ese
dinero no ha existido nunca. Las palabras suben de tono y Bailey
suelta los puños para defender el honor de su querida. Ante la
amenaza de nuevos problemas, Kathie vuelve a recurrir a su pistola
para eliminar cualquier traba y otra vez sale huyendo, aunque
esta vez dejando tirado a Bailey con el muerto. Con las prisas,
Kathie se deja olvidada la libreta bancaria que da acuse del depósito
de 40.000 dólares. La sorpresa de Bailey no puede ser mayor; por
ella él ha sacrificado su vida introduciéndose en un mundo oscuro
de maquinaciones y engaños, a cambio ella le ha utilizado con
el único objetivo de mantener a salvo el dinero que le robó a
Whit.
Con el tiempo las
heridas acaban por cicatrizar. Bailey ha conseguido rehacer su
vida regentando una gasolinera en un pueblecito y recuperar, así,
su honradez. Allí, por pura necesidad, oculta su pasado, simplemente
para evitar que Whit le descubra y quiera ajustar cuentas con
él. No hay que olvidar que, al contrario que Kathie o su ex-socio
Fischer, personas sin escrúpulos, Bailey no pertenece al mundo
del chantaje y el crimen; él se vio inmerso en el angustioso mundo
de las mentiras y manipulaciones porque una mujer le sedujo, y
es normal que ahora se sienta embrutecido (y enfurecido consigo
mismo) por haber caído en semejante error. Ann, su actual novia,
trata de tranquilizarle: “Lo que hiciste ya pasó”. Pero
Bailey desconfía: “Tal vez no”. Él sabe que Whit no le
perdonará la deuda que contrajo con él, y su “tropiezo” en la
gasolinera con Joe no es un buen presagio. El pasado y el presente
confluyen en mitad de la película para desencadenar un nuevo enredo
de confabulaciones y traiciones, pero esta vez Bailey ya viene
escarmentado por su experiencia anterior.
FALL (DOWN) IN LOVE. CEGADOS DE AMOR.
En Retorno al pasado los personajes masculinos
no salen bien parados cuando se entrecruza en su camino una mujer.
Ya lo hemos comprobado con Whit y Bailey quienes, seducidos por
la misma mujer acaban, el primero, con cuatro tiros en el estómago
y 40.000 dólares menos y, el otro, teniendo que iniciar una nueva
vida en un pueblo recóndito. Aún así, parece que Whit no aprende
de sus errores y acoge entre sus brazos a Kathie cuando regresa
contándole más mentiras sobre el amor que siente hacia él y su
huida “alocada”. Por contra, Bailey no siente ninguna compasión
por ella y mantiene la guardia en alto, receptivo a cualquier
detalle que pueda contradecir su versión de los hechos y, por
tanto, poner en peligro su vida. Pero es difícil controlar las
tergiversaciones que Kathie le ha contado a Whit para conseguir
que le deje volver, y más aún saber que información se ha creído
quien aún persiste en cobrar una antigua deuda. “Recuerde que
tiene una deuda conmigo y no podrá ser feliz hasta que la salde”,
le advierte Whit a Bailey. La partida vuelve a empezar y cada
uno debe jugar sus cartas.
En la intriga entran en juego dos nuevos personajes, el procurador
Leonard Eels (Ken Niles), quien consiguió ahorrarle mucho dinero
a Whit y ahora trata de chantajearle con entregar a las autoridades
su declaración de la renta; y otra bella mujer, Betty Carson (Rhonda
Sterling), que trabaja para Eels y servirá de gancho para que
Bailey salde su deuda con Whit. En principio, es un plan sencillo:
Bailey, haciéndose pasar por el primo de Betty, pasa a recogerla
en casa de Eels, aprovecha para reconocer la casa y, en otro momento,
entre en la misma para robar los papeles de Whit. Pero Bailey
se huele algo y advierte a Eels del riesgo que corre:
Eels ― Su prima es una joven encantadora.
Bailey ― No lo crea. Sólo tengo una prima gorda y fea y vive
en Cleeveland.
E.
― Y usted, ¿de dónde dijo que era?
B. ― Del norte. Allí nos preocupan los impuestos tanto como
aquí.
E. ― Con franqueza, no comprendo.
B: ― Ni yo por qué dice ella que soy su primo y por qué quieren
que deje en esta copa mis huellas digitales. Sin embargo, me está
pareciendo que yo he caído en una trampa y usted ya casi huele
a cadáver.
Pero Eels no se da
por aludido. Es demasiado imbécil porque, simplemente, está enamorado
de Betty, y eso acaba costándole la vida. Por contra, Bailey sí
que ha escarmentado y se cubre las espaldas interfiriendo en la
perfecta planificación de asesinato e inculpación que había urdido
Kathie. Por primera vez se giran las tortas y Bailey utiliza a
Kathie para que le informe sobre cómo recuperar los papeles de
Whit. Así, de una vez, Bailey podría cumplir su palabra de honor
y zanjar sus deudas pasadas.
En su encuentro con
Whit, Bailey intenta convencerle de que ya es hora de que Kathie se haga responsable de los asesinatos
que cometió, pero Whit no está dispuesto a traicionar a una mujer.
Aún así, tras resolver sus negocios, Bailey insiste en que lo
mejor que debería hacer es entregar a la Kathie a las autoridades,
aunque sólo sea por su bien personal, pero Whit está atrapado
en las redes de la femme. ¡Tan hermosa como perversa! Whit tan sólo es capaz de reaccionar
cuando Bailey insinúa que, durante su estancia en Acapulco, vivió
un ardiente romance con Kathie. “No se aflija tanto, Whit.
¡Ya la olvidará!, como hice yo...”, le recomienda Bailey.
La chica ha quedado totalmente en evidencia y Whit, sintiéndose
un imbécil engañado, descarga toda su ira contra ella. Ahora es
Whit quien tiene el control y le asegura a Kathie que, si no se
entrega, él personalmente la matará poco a poco.
Kathie es una mujer
que está mucho más cómoda manejando la situación y, al sentirse
acorralada, vuelve a empuñar la pistola contra Whit, y esta vez
sin fallar. Bailey ya no tiene con quien negociar; es ella quien
impone las normas. Escapar y volver a vivir felices, juntos, bajo
el sol de Acapulco es el sueño de Kathie, no el de Bailey. Él
ya tenía sus proyectos de futuro con la chica del pueblo, Ann,
pero la malicia de Kathie le ha cerrado cualquier posibilidad
de escape. Atrapado por su pasado, Bailey prepara el único final
posible: la traición.
La guinda a la intriga
de Retorno al pasado
la pone el chico sordomudo del principio de la película quien
osa, con un movimiento de cabeza, decir una mentira piadosa que
separe finalmente el orden y la ley que impera en el pueblo, del
mundo del crimen del que no pudo zafarse Bailey. La dulce Ann
necesita olvidar su pasado para encauzar su feliz y apacible vida.