MUJERES APETECIBLES, MUJERES APACIBLES:
TRES MUJERES PARA JEFF
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Por Adolfo Bellido

KATHIE Y JEFF

Jane Greer (Kathie) y Robert Mitchum (Jeff) viven una destructiva pasión amorosa en Retorno al pasado cuyo guión fue escrito de Geogrey Homes, autor a su vez de la novela original. Al parecer, en algún momento intervino también en la escritura del guión James Cain. No es raro que se pidiera su intervención porque la historia que cuenta tiene mucho que ver con su mundo literario. La mujer fatal que aquí se describe no se encuentra muy lejana a los tremebundos y complejos personajes femeninos descritos en El cartero siempre llama dos veces o Pacto de sangre (que al llevarla al cine se convirtió en Perdición). Mundos idénticos los de uno y otro en la precisa presentación de tempestuosas relaciones amorosas. La relación destructiva entre los personajes actúa entre dos seres de forma muy diferentes. Uno envuelve al otro (y a los otros) por la poderosa y devastadora presencia de la mujer fatal propia del cine negro. Volveremos sobre ello más tarde.

Aquí ella, ELLA, es Jane Greer, un ser egoísta, que vive para sí y que trata de sacar lo mejor de la vida aprovechándose de sus enamorados, forzándolos a cumplir contradictorios deseos. No tiene ningún reparo en engañarlos o, si es preciso, matarlos. Es quien manda en la relación, quien mantiene bajo sus pies a los seres que han osado poner su mirada en ella. Fría y calculadora, se enfrenta a seres que la adoran. No se puede escapar de su mirada, de sus garras. Ella es la diosa a la que hay que rendir culto, adorarla. Jane Greer representa uno de los tipos más perfectos de mujer fatal, de la que uno no puede huir. Ellos aman, ella se aprovecha de sus deseosos amores. Aplasta y pone a sus pies a los hombres que ponen en ella la mirada. Los exprime, los obliga a hacer cuanto ella quiere. Y cuando se cansa de ellos los abandona o los mata después de haberlos succionado.

¿Quién ha dicho que no es todopoderosa y que no sabe hacer o cumplir cuanto le conviene? Hay una secuencia en el filme en la que dispara (envuelta en sombras) en la habitación del hotel sobre el ex-socio de Jeff y lo mata. Una curiosa respuesta o contestación al hombre que con anterioridad, y en su presencia, había dicho que una mujer con una pistola es igual que un hombre haciendo ganchillo. O sea una nulidad. Kathie deja muy claro que eso no va con ella, que no es una palurda mujer esperando que alguien venga a amarla y a sacarla de la monotonía o de la pobreza. Que ella no espera que alguien le ofrezca algo. Lo exige, obliga a que se la ame. Una mujer todo fogosidad en su total gelidez. Su interés, único, el poseer dinero, riqueza. Por ello mentirá, llevará a los hombres al abismo, pero ofreciéndoles a ellos placeres y aventuras al borde de la muerte. ¿Hay quien dé más?

No es raro que ante este rara especie Jeff beba los vientos por la mujer. No es un hombre que permanezca mucho tiempo sentado a la orilla de un río esperando que piquen los peces en su caña. Lo suyo es la acción, el movimiento continuo. El pararse y meterse en el mundo provinciano que representa Ann no es una finalidad. Si se quiere es tan sólo un paréntesis. El pasado siempre llama a la puerta y vuelve para traer aquello que se dejo atrás. No siempre el viento se lleva todo. Por eso para Jeff el paro en aquella ciudad de montaña, de cielos limpios, de paz, es solamente un pequeño reposo en su caminar. No es él, realmente, alguien hecho para vivir esa vida. El letrero de su gasolinera proclama a los cuatro vientos que está allí esperando. Su nombre responde o inquiere a los que pasan. No es, como dice uno de los grandiosos diálogos de este filme, el mundo el que es pequeño, es que algunos letreros son muy grandes. El rastro dejado –¿a propósito?– está indicando que espera, que no se esconde, que su historia aún no ha terminado.

 

INTERMEDIO: CONVERSACIÓN MAÑANERA EN EL BAR

Los diálogos del filme son excelentes. Replicas, frases que no tienen nada que ver con la realidad, pero sí con un cine hecho de personajes creíbles. ¡Cómo se dialogaba en este tipo de cine! Nadie, decíamos, habla como en este cine. Cada palabra, cada diálogo es una forma de definir a cada personaje. Perfecta película desde ese inicio en que un letrero, el destino, conduce a alguien a un pueblo tranquilo a la búsqueda de un hombre desaparecido en el túnel del tiempo. Un destino indicado por un cartel, un letrero, al que conduce una carretera. Sólo hay que tomarla, acertar, al llegar al cruce de carreteras, cuál es la que lleva al lugar. Felicidad o dolor. Vida o muerte. La ruleta del destino ha marcado un camino.

Escena, ésta, una de las primeras, soberbiamente dialogada y planificada. Transcurre en el bar del pueblo donde ha parado el lugarteniente de Whit (Kirk Douglas). Aparentemente todo muy simple, en su maestría. Asistimos a la entrada en el bar de quien llega de fuera, luego al plano que incluye a los tres personajes que están en el bar: la camarera, un habitante del pueblo (el novio de Ann, la mujer que en realidad quiere a Jeff) y el citado lugarteniente. Éste, situado al fondo del plano, observa, escucha todo lo que ocurre y se dice. A continuación, la marcha del lugareño, permite seguir la conversación entre la camarera y el recién llegado comenzando, por parte de ella, con “¿qué desea?”. Seguido de frases, réplicas, escuetas, simples pero antológicas. “Café”. “¿Nada más?”. “Con leche”.

Un brillante comienzo para abrir boca a este juego de escondite donde unos personajes engañan y son engañados, donde la honestidad no sirve de mucho porque al final siempre hay alguien que traiciona. Aunque a veces la traición o el engaño puede ser, quién lo duda, por una buena causa. Un mundo donde cada ser habla de sí mismo y de no de los otros, siempre empleando juegos de palabras, con metáforas incluidas, para que las palabras envuelvan. Whit dice en un momento (otra vez la planificación acoge a varios personajes que se observan, se miran, en una palabra, se miden): “Me gusta escucharme”; a lo que Jeff responde: “Yo nunca aprendí nada escuchándome a mi mismo”. No hay que escucharse sino saber escucharse, como hace Jeff cuando sabe seguir la senda de Kathie hacia Acapulco. Ha bastado unir unas frases para entender el mensaje no dicho. Al igual que hace la película entera: contar sin insistencia. Eso que el cine actual, siempre recalcando lo dicho, parece olvidar.

 

KATHIE, ANN Y META

Kathie, ya ha quedado dicho representa la mujer fatal, envuelta en oscuridad. Así la presenta el filme (salvo cuando Jeff la ve por vez primera: está convencido, en ese momento, que es una especie de ángel) en contraposición al personaje de Ann. Aquélla viene, y es, de la noche. Ésta del día. Pero Ann es lo apacible y el “todo” frente a Kathie, que representa lo diferente, lo exótico. La quietud frente al movimiento.

Kathie es una mujer imposible de olvidar o de abandonar, que vive, casi, en el mundo de los sueños, de lo onírico, lindante con la pesadilla. La mujer fatal es una mujer que habita más allá de la realidad, instalada en el peligroso mundo de los sueños. Como tal la vio, no hace mucho, Brian De Palma en Femme fatale, al igual que antes lo describiera Fritz Lang en La mujer del cuadro. En la fatal peligrosidad de la mujer es donde se mueve la aventura del hombre: prefiere morir a sus manos que huir hacia la apacible monotonía del mundo cotidiano.

La mujer fatal que conduce a los hombres a la perdición se duplica o triplica en otros tipos de mujeres. Aquí, en este filme, se desdobla en los personajes tanto da Kathie como en el de Meta (Rhonda Fleming). Una es prolongación de la otra. A ellas ni se las ata, ni se las obliga a hacer algo que no desean. Sólo se moverán por unos claros intereses personales. La escena en que Jeff acude a casa de Meta, la mujer que pactará su perdición, es elocuente tanto por las palabras como por la forma en que ambos se enfrentan. La despedida es antológica. Jeff pone la mano sobre el hombro de Meta mientras dice: “Quiero salir ileso de este asunto”. A lo que la mujer contesta mirando la mano que parece atenazarla (¡qué película tan excelente en las miradas de sus personajes que muestran todo un mundo!): “¿Suele dejar la huella de sus dedos en los hombros de las mujeres? No es que me importe, pero es muy poco delicado por su parte”.

Tanto Meta como Kathie son mujeres de primera clase, pero con ellas no hay futuro, ni siquiera amor. La pasión cuyo aroma captan los hombres no es más que una vulgar trampa que conduce a la tela de araña en la que serán devorados. Veamos otro singular diálogo. Jeff acude a la casa del jefe de Meta para, al parecer, saber dónde tiene que apropiarse de unos documentos. La conversación tiene lugar entre Jeff y el jefe de la mujer. Atención a las excelentes replicas de uno y otro. Se dirige Jeff al otro hombre: “Habla de usted como si fuera la novena maravilla del mundo”. “¿Y cuál es la octava?”. “Supongo que ella” (...) “Las mujeres son maravillosas porque hacen de los hombres lo que se les antoja”. “Igual que los martinis”.

Las conversaciones y las miradas son pausadas, increíblemente serenadas por los múltiples cigarros que fuman sin cesar los personajes. En muchas películas negras (de antes) se fuma mucho, pero no tanto como en ésta. Pero es que, además, el tabaco adquiere un sentido en el desarrollo de la trama desde el mismo comienzo en que el lugarteniente del malvado se da a conocer tirando una cerilla (después de encender su cigarro) sobre el sordomudo amigo de Jeff para darse a conocer. Y de aquí al final el fumar o el no fumar marcará estados de reflexión, de ánimo. Habría que decir que en Retorno al pasado el fumar es necesario para el desarrollo de la trama. Un hecho incuestionable, a pesar de que hoy resultase políticamente incorrecto, incluso para alguien, como yo, que no soy, ni he sido fumador.

Todo el filme viene marcado por la paradoja o el difícil equilibrio entre las opciones que deben tomarse. Cualquier toma de posición supone una decisión en cuyo destino se barrunta siempre el abismo. El destino encauza una vidas y los personajes son monigotes en manos de unas hábiles jugadoras que siempre derrotaran a sus adversarios. ¿Quién pertenece o forma parte del sexo débil? ¿Acaso Kathie es débil o fácil de engañar?

La película muestra una vida hacia el exterior (campo, montaña, ríos) y otra hacia el interior (habitaciones de hoteles, ciudades, casas). Aquélla en un población tranquila, olvidada donde las horas quizá se hagan eternas. Y a lo mejor por ello enormemente aburridas. Hay tiempo para pasear, para pescar, para mirar el paso de las nubes y para volver a sentir el amor. La relación se invierte, en la otra, hacia el exterior. Se pasa de la tranquilidad a la misteriosa aventura: una vida que no se puede saber cómo será. Gente enamorada de alguien que a su vez está ligado, enamorado, de otra persona. O quizá su amor sea su propia imagen. Lo cotidiano y mediocre frente a lo novedoso e impredecible. Una relación, ésta, ejecutada en el límite de lo prohibido. Un mundo exótico, misterioso, en el que es difícil seguir con vida.

Ann tiene un novio del lugar, es idéntico a ella, que le ofrece una existencia tan gris en su monotonía como sencilla: suena a insoportable y carcelaria. Jeff, llegado de allá, ha traído un forma diferente de ver el mundo a su existencia, al tiempo que él ha querido impregnarse del nuevo pero arcaico. Su retiro significa que se esconde, que oculta algo. Pero, con todo, aparece, por eso mismo, vivo y atrayente. Un ser, por tanto, apetecible. Kathie, se ha dicho de forma exhaustiva, es la típica mujer fatal del cine negro. Viene del otro mundo, del de la ciudad, con sus falsas riquezas, sus luces y sus sombras, su oscuridad y sus mentiras. La ciudad es lo que se opone, o contrapone, a la vida al aire libre donde Jeff ha instalado su gasolinera. Una ilusión, la vida apacible, que nunca se llegará a cumplir como en el caso de Sterling Hayden al final de La jungla de asfalto.

Hombres sin vida, perdidos, muertos antes de morir, ante las exigencias y órdenes de unas mujeres conscientes de su poder, de su creído endiosamiento. Seres lacerados por sus dardos, condenados al peligro y a la muerte: ella sin duda es la emisaria fiel. O la ejecutora. Hay películas anteriores o posteriores a Retorno al pasado que nos muestras todo un catálogo de mujeres que “pierden” a los hombres y en las cuáles los personajes masculinos aceptan la muerte o se inmolan (una de las escasas excepciones es la de Bogart en El halcón maltés envuelto siempre en la redes de Mary Astor). Hay varias razones para ello: la mujer fatal le ha quitado “moralmente” la vida o el hombre es incapaz, salvo muriendo, de escapar de sus redes.

En el primer caso está sobre todo Forajidos (Robert Siodmak, ) y Código del hampa (Don Siegel) ambas procedentes de un mismo original: el cuento corto de Hemingway “Los asesinos”. Dos mujeres de “bandera” eran las protagonistas: Ava Gardner, en la primera, y Angie Dickinson, en la segunda. Ambas, nacidas una de la otra, mataban “psicológicamente” al hombre que creyó en ellas. En la muerte alcanzaba él una cierta liberación.

En el otro lado, aunque no se llegue a la conclusión de la misma forma, el proceso es idéntico. Es el caso de la Barbara Stanwick de Perdición (Wilder), de Lana Turner  en El cartero llama dos veces (Tay Garner), al igual que ocurre en las otras versiones del mismo título, de Visconti o Bob Rafelson, de Katherine Turner en Fuego en el cuerpo (Kasdan) y, por supuesto, en este grupo se encuentran también Kathie y Meta en este maravilloso reencuentro con el pasado que estamos comentando y que realizó Tourneur con mano maestra. Frente a estas películas poco pueden hacer ciertos intentos (frustrados y frustrantes) de John Dahl empeñado en recrear cine parecido con mujeres, como Linda Fiorentino, tan distantes en todo a cualquiera de las citadas. 

 

JEFF O MITCHUM Y GREER O KATHIE

En la mayor parte del cine negro los flashbacks están presentes. Aquí, ante ese intento de buscar, reconocer, ignorar o asentarse en el pasado, es esencial la vuelta atrás. Supone la segunda de las cinco partes que tiene la película. Es esencial para darnos a conocer el cambio producido en un hombre por una mujer. Y un claro camino hacia la destrucción.

La película que se inicia de día en un paisaje sereno va cambiando de luz hasta desarrollarse en casi su totalidad de noche y en lugares oscuros. Sólo al final, con la escena añadida que sirve de epílogo a la muerte de la pareja, el día vuelve a vencer a la noche. La claridad, aunque no la serenidad, sirve de cierre y de unión con el comienzo.

Es preciso aludir a la fotografía y a su utilización como centro de la propia película: una forma de explicar muchas cosas. Tourneur cuida mucho en todo su cine la fotografía. Para él no es un mero elemento decorativo. Piénsese en el tratamiento del color en El halcón y la flecha, La mujer pirata, Una pistola al amanecer, Tierra peligrosa... y en, como en Retorno al pasado, la forma de utilizar el blanco y negro, que recuerda en más de un instante a las propuestas del expresionismo. Ocurre en sus filmes de terror, y muy en especial en La mujer pantera, y también, cómo no, en Retorno al pasado. Sirva de ejemplo la secuencia de la pelea, y posterior muerte del antiguo socio de Jeff, dibujada a base de sombras que contrastan con la cruda iluminación utilizada. La presencia de la luz, o su ausencia, tiene el rasgo de protagonismo en su obra. Muchas secuencias de sus películas, por ese sentido, se desarrollan, o juegan, con la oscuridad. Baste, como ejemplo, el duelo final a “oscuras” de El halcón y la flecha.

Otro de los puntos destacables de la obra de Tourneur, aquí también presente, es el magistral uso de la elipsis. Le basta con esbozar unos hechos o ver el resultado de una cierta acción para que el espectador pueda conocer (insinuándolo) lo que ocurrió. La sugerencia es el arte del cine, su grandeza, y eso Tourneur lo expresa como pocos.

No sé si Mitchum y Greer, en su amores y devaneos, en sus mentiras que llevan incluso a la propia muerte, se lo pasaron bien durante el rodaje y quisieron repetir dúo estelar en una película rodada a continuación que está y también adscrita al cine negro. O fue eso, o quizá la razón halla que buscarla en su guionista que decidió, ahora sin partir de una novela propia, escribir otro guión en el que relató una historia parecida pero muy diferente. Greer y Mitchum se dedicaban a jugar nuevamente pero ahora su juego parecía casi escolar. Hasta la aparente y maligna Jane Greer no era más que una aventurera ingenua y algo desconcertante. Uno y otro eran lo que no eran. Se amaban apasionadamente y resultaban enormemente cándidos viviendo peligros, mentiras y romance en el paisaje mejicano. Es como si aquella Kathie que conociera Jeff en Acapulco no fuera más que un víctima de un desarmado, y más bien torpe matón.

La película la dirigió Don Siegel y se llamó El gran robo. Si Retorno al pasado muestra una bajada a los infiernos, El gran robo no es más que un divertimento donde los actores se lo pasan muy bien entre malos que parecen buenos y buenos que son malos. Con final feliz lleno de bromas, incluido.  La negrura de Tourneur se transforma en un pequeño, y a ratos inteligente, divertimento. Y es que Siegel es otra cosa, tanto en su forma de construir las historias como en la manera que tiene de acercarse a sus personajes.