Jacques Tourneur
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

RECUERDOS PASIONALES, COMPROMISOS AMOROSOSimprimir
(pequeñas reflexiones sobre Tourneur y Retorno al pasado)
Por Mister Arkadin

UN DIRECTOR LLAMADO JACQUES TOURNEUR

Jacques Tourneur puede considerarse como un director todo terreno. Nunca dijo no a una propuesta de rodaje. Realizó, sin importarle, cualquier tipo de película genérica. Y se movió por todas ellas con gran facilidad: melodramas, filmes fantásticos, westerns, películas de aventuras, “negras”, comedias e incluso hasta un peplum, uno de los que iniciaría la avalancha de la década de los sesenta.

Como Ford, Hawks y tantos otros directores de una época gloriosa del cine norteamericano, no dio excesiva importancia a su obra. Lo hacia, según él porque era su trabajo. Vivía de eso. A pesar de su nacionalidad francesa y de que sus tres primeros películas (comedias con una cierta inclinación al musical) fueron realizadas allí, puede considerarse como un realizador claramente norteamericano. Empezó en el oficio de la mano de su padre, un director francés de cierto renombre, Maurice Tourneur. Jacques sería quien se encargaría del montaje de la mayoría de los filmes paternos. Una manera de estar en la profesión, aprender un oficio. Según los mentideros oficiales y del lado del que vengan, la relación con su padre fue mala o buena, se felicitaron, criticaron, alabaron u odiaron en su trabajo conjunto. Lo verdadero es que el cine del hijo es muy distinto del de su padre. Menos académico y literario el de Jacques, dotado de una simplicidad tal que puede llevar a ocultar algunas de sus virtudes: gran sentido visual, importancia de la luz, cuidado máximo en el “color”, definición de personajes, obtención de excelentes clímax, atmósferas adecuadas a cada género....

Hay instantes de las películas de Tourneur que se recuerdan fácilmente aun cuando se hayan visto hace tiempo. Personalmente tengo clavadas imágenes de algunos filmes suyos que vi de niño. Y es que hay momentos memorables explicados por sus atrayentes e hipnóticas imágenes: el intento de asesinato en un departamento de un tren entrevisto por la ventana de otro tren que se cruza (Berlín Express), el ruido de las castañuelas en el paseo en la noche de la bailarina (El hombre leopardo), la flecha lanzada sobre el halcón (El halcón y la flecha), la escena de la piscina (La mujer pantera), la pelea y muerte en la habitación (Retorno al pasado)... Se trata de un cine de sensaciones, de miradas y de recuerdos. De personajes que sueñan con lo imposible y que mueren o viven tratando de encontrar la razón de sus sueños.

Entre todos los temas que transitan por su cine hay uno que me interesa especialmente, el del compromiso. Algo que se plasma en muchas de sus películas y que se concreta en la necesidad de tomar posición sobre lo que ocurre alrededor. Se trata de una forma de estar en la vida, de concienciarse por una determinada situación injusta. Hay en sus películas la necesidad de ser dignos y alcanzar el honor perdido, de olvidar, de asumir o de revolverse contra el pasado que ha hecho temblar unas vidas. Unas determinadas características que se pasean por toda su obra. Unida a la narración aventurera o a la historia plana que se narra se esconden, como algo común a un cierto tipo de cine, toda una serie de propuestas. Es lo que denominamos la segunda (o tercera o cuarta según se prefiera) lectura de un filme. Hay algo (mucho) más en el cine de aventuras, o de consumo, de Tourneur que la simple lucha entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal. Existe una postura vital frente a la vida. Nada menos.

Está claro que El halcón y la flecha es un filme que va más allá de una simple historia de luchas. Lo mismo ocurre con Berlín Express, Cita en Honduras, Una pistola al amanecer, Retorno al pasado... 

En El halcón y la flecha hasta el propio título original explicita el sentido de la película. Un título que fue levemente cambiada para su estreno en España. Un cambio que, en su nimiedad, alteraba lo radical de la propuesta. El original era La llama y la flecha. Dos palabras que enunciaba con claridad la tesis revolucionaria que el filme asumía. Llama y flecha. Necesidad de enfrentarse, luchar, acabar con un gobierno tiránico, dictatorial. El pueblo clamando por sus derechos. No es raro que el guionista de esa película fuera perseguido por el comité de actividades antiamericanas. El filme era más sutil en su levedad que la importancia por encima de la aventura que años más tarde proclamaría, en un tema parecido, el Espartaco de Kubrick. La historia de Dardo es la historia de una liberación y de una concienciación. El poder volvía al pueblo gracias a que Dardo había comprendido la necesidad de la unión de los ciudadanos. El halcón y la flecha reniega de la individualidad y del egoísmo.

Hay varios estudios críticos que aseveran el mensaje marxista de la película incidiendo en la unión como forma de revolución para acabar con el tirano. Pero en pocos, o en ningún análisis, he visto que se plantee otra interesante idea basada en la existencia de unos determinados dominadores de la región. El filme transcurre en una región de Italia en una hipotética e imposible edad media. El dictador del lugar es nada menos que un alemán. Tal hecho nace sin duda del miedo al no muy lejano dominio nazi y la posibilidad de que aquello vuelva a ocurrir. Hay varios filmes de Tourneur que tratan de poner su énfasis sobre el peligro del nazismo. Ha desaparecido, pero... su poder sigue en la sombra. Berlín Express es clara en ese aspecto. En ese y en otros que también aparecen en El halcón y la flecha siendo el fundamental la necesidad de unir fuerzas, crear una colectividad como defensa de la sociedad democrática. Desde un final lastrado con un ligero pesimismo, Tourneur expone su creencia por una paz consensuada, en una unión entre los diferentes países triunfadores de la guerra: son los abanderados necesarios para construir la paz. Al fondo surge el nuevo enemigo que América se dispone a combatir, la Rusia comunista, pero la película no va por ese lado, ya que opta por la defensa conjunta de una paz donde no haya enemigos. De ahí ese final interrogativo y claro. 

Ambas películas, como otras de Tourneur, plantean la necesaria toma de conciencia del individualista hasta reconocer la necesidad de su integración en una colectividad solidaria. Es el caso de Dardo, pero también lo es el de los protagonistas de Berlín Express o el del sureño descreído de Una pistola al amanecer. Responsabilidad y encuentro consigo mismo en unos viajes que llevan a sus protagonistas  aquí y allá contra la codicia y las trampas que atenazan unas vidas. Tomar posición, saber lo que se quiere, lavar el pasado es por donde se mueven también (y digo también porque los protagonistas de las películas citadas hasta ahora vienen desde un pasado que tratan de superar: son como fantasmas resucitados en busca de una nueva vida) los personajes de La mujer pirata, Noche eterna, Martín, el gaucho, La mujer pantera, Tierra generosa...

Es cierto que en muchos de los títulos del director de El hombre leopardo aparecen argumentos, ideas, esquemas, personajes o escenas que parecen provenir de películas de otros realizadores. Lo realmente importante es que las películas de Tourneur terminan por elevarse por encima de ese carácter imitativo hasta resplandecer como originales. Berlín Express puede hacernos recordar en más de un momento a Hitch y en especial a 39 escalones, mientras que La mujer pirata asemeja el esquema de muchos filmes de piratas realizados por la 20th Century Fox. Tierra generosa se acerca a algún western de Boetticher y en especial a Horizontes del oeste o Cita en Sundown. El halcon y la flecha parece, por su parte, una nueva versión (con secuencias demasiado parecidas) de Robín de los bosques y, en fin, Noche en el alma parece querer auparse a la moda impuesta por Luz de gas.

Retorno al pasado, por su parte, se asemeja a muchas historias del cine negro y en especial a algunas de James Cain, incluso en este filme Tourneur se permite una secuencia amorosa de doble significado, en el sentido de peligro y abrasadora pasión que nos recuerda la audacia del beso “psiconanalítico” de Ingrid Bergman y Cary Grant en la Recuerda hitchcockiana.

 

EL ETERNO RETORNO

Si el cine de Tourneur, habla, en gran parte, del compromiso hacia los otros, también nos transmite grandes historias de amor. Su cine está poblado de ellas donde la verdad y la mentira forma parte de un peligroso juego. Historias de amor donde alguien deberá elegir, tomar una resolución. Quizá también se habla de una superación del pasado como forma de construir un futuro distinto. Suelen aparecer en sus películas dos mujeres moviéndose en el territorio de un hombre. Mujeres distintas en todos los aspectos. Una normalmente serena, casi maternal, la otra fogosa, deseable, pura dinamita. Del refugio a la perdición. Extrañas, complejas historias de amor donde alguien termina por perder.

Un (sin) sentido que se encuentra en muchos títulos del director. Está presente en El halcón y la flecha, donde el protagonista debe superar la traición de su mujer; La mujer pirata, con una sanguinaria pirata sucumbiendo por un amor imposible; Una pistola al amanecer, con la curiosa relación del protagonista con Ruth Roman en un final antológico tanto en cuanto define el compromiso del hasta entonces individualista como su amor por la mujer “aventurera”, ignorando (en ese final) que “ella” ha muerto a manos del malvado. Si el amor y la pasión se encuentran en esos y otros títulos es en Retorno al pasado donde la onda explosiva alcanza una mayor magnitud.

El cínico, desencantado y doloroso filme que es Retorno al pasado habla sobre la crueldad y las servidumbres del amor pasional. Enfrenta de forma clara dos conceptos diferentes encarnados por las dos mujeres a las que ama Jeff (Robert Mitchum). Una (Ann) significa la serenidad, la otra la aventura. Está bien descansar, reposar pero probablemente también resulta, en el fondo, aburrido. La otra (Kathie) es la aventurera, una mujer fatal que lleva a los hombres a la muerte. Un ser que nos traslada al otro lado del espejo existencial. La película presenta en un claro entorno la doble relación. El misterio y la clarividencia. Kathie (Jane Greer) no espera al hombre, ella exige ser esperada pero sin asegurar que estará en el lugar en el que se ha pactado el encuentro. Ann es la mujer fiel, capaz de escuchar, de dejar que sea el hombre el que la guíe. La apacibilidad del hogar, el reposo de las largas noches de inquietud, pero un reposo con pocos alicientes. El amor de aquella es explosivo, el de esta rutinario. Es el paso del mar embravecido al lago tranquilo, del viento huracanado a una brisa suave casi imperceptible.

La pasión de Jeff por Kathie se expresa a la perfección en la secuencia nocturna de la cabaña. Tourneur, un especialista de la elipsis, lo muestra por el fuerte viento capaz de abrir impetuosamente la puerta cerrada. Un beso prologa tal efecto. La idea es clara. Un beso impetuoso es distinto que otros besos simples, respetuosos, ingenuos. Frente al beso señalado que supone la pasión podríamos enfrentar otro muy diferente aquel (instante hermoso donde los haya) que deposita  Jeff en la mano de Ann después de haberle confesado su pasado. Dos besos tan diferentes sirven para expresar las dos diferentes relaciones. La ternura del momento con Ann trata de explicitar una determinada relación y compararla con la otra. Un instante que significa además la creencia de la superación del ayer al tiempo que Jeff se va a introducir con total intensidad en un pasado que ya nunca podrá clausurar en vida. La creencia de haber superado el ayer queda negada por la llamada de los recuerdos que siguen vivos reclamando ser atendidos como manera de ejecutar lo que nunca se termino.

Poco se puede hacer ante tal ímpetu destructor. El pasado del que quiere huir Jeff volverá una y otra vez exigiendo un inexistente compromiso de dos. Uno lo mantiene (él), el otro (ella) se aprovecha de su posición de superioridad. Él acepta, ella exige. Él desea huir para vivir, ella se aprovecha de ello para vivir. La mujer fatal, esa de cuyas redes es imposible escapar, es también la muerte, la mantis religiosa que exige el tributo del amor. Casi nada. O todo.

El pasado exige el tributo en el presente. Volverá una y otra vez desde el ayer para recordarlo en el hoy y repetir lo que aconteció. Es el eterno retorno. Una llamada continua a la que es imposible renunciar. Detrás de ello, en el todo, en la infinitud, espera la muerte. Frente a unas traiciones otras, pero una de ellas, la última decisión de Jeff es la que le libera, en su destino de muerte, del pasado. Al final, por eso, en otra memorable elipsis, Jeff llama a la policía para denunciar a la mujer y denunciarse él mismo. Sólo queda, pues, la muerte. Rápido, sin concesiones. Una especie de suicidio premeditado como única forma de escapar de un algo imposible.

¿Alguien se salvará del desastre, de la muerte? ¿Podrá olvidarse lo vivido? Al parecer, el primer guión de la película terminaba con la muerte de la pareja protagonista, algo que no pareció complacer a los productores. Tal final era demasiado patético y brutal. Por ello se presumía escasamente comercial. Hubo que añadir el epílogo que posee. Y que sienta muy bien a la película.

Por otra parte, los finales de muchas películas negras suelen ser poco acomodaticios en sus inexistencia de una terminación feliz. Así se presenta en una serie de admirables películas negras como, por citar algunos casos, Los amantes de la noche, El último refugio, Perdición, La jungla del asfalto, Atraco perfecto... En Retorno al pasado se añadió a manera de conclusión un epílogo con el fin de presentar una finalización más o menos (mucho menos) satisfactoria. Lo curioso es que tal final no parece un simple añadido: supone una estupenda y hermosa conclusión. El eterno retorno parece que no se cumplirá. Alguien podrá, probablemente, aunque con dificultad, aceptar su presente y renunciar al pasado. La mujer que aceptaría su destino de novia eterna (Ann) es salvada por el hombre que desearía su felicidad o su paz. Una mentira piadosa de alguien (el sordomudo empleado de la gasolinera de Jeff) que sin palabras expresa su satisfacción y su saludo al amigo. Un reconocimiento de alguien cuyo nombre puede ser que no esté escrito en las nubes (“en las nubes están escritos los nombres de los que han muerto” dice al comienzo del filme Ann a Jeff, palabras a las que muy cínicamente contesta el hombre que siempre había pensado que en las nubes sólo había lluvia), pero que además de en el corazón y en el recuerdo se expresa en el cartel de la gasolinera donde se proclama su nombre.

En esa escena final, el sordomudo que atiende la gasolinera asevera a la novia de un Jeff ya muerto lo que él quería le hubiera dicho: se fugaba con la “otra”. Mentira a medias, también, porque el protagonista entre la apacibilidad y la inquietud, entre lo conocido y lo desconocido siempre elegiría lo segundo: la sinrazón del riesgo. La afirmación del sordomudo liberará a la mujer y significará que alguien ha hecho algo, ha tomado una resolución que provocara la salvación de otro. Hermoso final con el amigo mirando al letrero y saludando. No hay palabras, solo gestos y el convencimiento que desde allí, desde la altura, el saludo será correspondido ante una misión que se sabe bien ejecutada.

Un final impuesto pero antológico cierra un memorable filme sobre la pasión y la apacibilidad en el amor, sobre la mentira y la amistad, sobre, en fin, la vida y la muerte. Un juego de círculos que van del presente al pasado marcando toda una existencia. El deambular por una vida que vuelve a exigir lo no cumplido en tiempos pasados. La vuelta y revuelta. El eterno retorno a un círculo del que es imposible escapar. 

Al fin y al cabo, Retorno al pasado, como otros filmes de Tourneur, nos habla del largo y tortuoso camino que sus personajes tienen que recorrer para alcanzar la libertad.