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Título:
Orson Welles. El espectáculo sin
límites
Autor:
Esteve Riambau
Edita: Dirigido por
Barcelona, 1985
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ORSON WELLES. EL ESPECTÁCULO SIN
LÍMITES
Por Arantxa Bolaños
Esteve Riambau ha realizado un estudio muy exhaustivo sobre la
obra y la personalidad del ese genio renacentista que fue Orson
Welles. Por cualquiera de las facetas que desempeñó en su vida podía
haber pasado a la historia, pero la unión de todas ellas (director,
guionista y actor de cine; director, productor y actor de teatro;
articulista; actividad radiofónica...) hacen de Orson Welles
una personalidad irrepetible.
Ya desde muy temprano desarrolla sus amplias dotes creativas a
través de la pintura, la literatura y el teatro. A los 11 años dirigía
obras de teatro en la Roger
Hill´s Todd School de Woodstock (Illinois), escuela que le abre
mentalmente por sus revolucionarios métodos de enseñanza. Después
creará, junto a su amigo Houseman –que más tarde le traicionaría
en el caso de la paternidad de Ciudadano Kane (1940-1941)–, el Mercury
Theatre. Esta compañía presenta una filosofía irreverente,
creativa y abierta a nuevos campos como la radio y el cine, que
le reportará a Welles sus dos grandes éxitos: la retransmisión de
La guerra de los mundos[1] y la posterior y consiguiente realización
de Ciudadano Kane (1940-1941). El teatro (isabelino, y
en especial Shakespeare[2])
le marcará toda vida. Y la combinación de éste y del cine dará lugar
a numerosas obras maestras: Campanadas
a medianoche (1964-1966), Othello (1949-1952), Macbeth (1947-1948)…
Su trabajo en diferentes oficios le formó para luego dirigir, y
la retransmisión y el posterior escándalo de La guerra de los mundos, de H. G. Welles, le abrió las puertas a Hollywood.
La RKO le contrató y filmó, a los 25 años la que se ha llamado la
mejor película de la historia del cine: Ciudadano
Kane (algunos –entre
los que me incluyo– en desacuerdo, pues ni siquiera es la mejor
del autor). Aunque Welles negó que se fijara en la biografía del
magnate de la prensa Charles Randolph Hearst[3]
para su cinta, es evidente que utilizó su figura para desarrollar
sus temas fundamentales y presentes en todos sus trabajos: la soledad,
la corrupción, el poder... Le rodea a este filme no sólo este escándalo,
sino el que propició la periodista Pauline Kael al acusarle de apoderarse
de un guión –que, por cierto, ganó el Oscar ese año– que no era
suyo (en realidad fue –y así lo demostraron los tribunales– un guión
conjunto entre Herman Mankiewicz y Welles).
Después y tras el fracaso comercial de su segundo largometraje, El cuarto mandamiento (melodrama
que trata sobre el nacimiento de una nueva clase social preponderante:
la burguesía, y el paso a una nueva etapa, el capitalismo) comenzó
el declive de la admiración hacia el llamado wonder boy.
A partir de este momento, después de su divorcio de Rita Hayworth,
que interpretó junto a él La
dama de Shangai (1946-1948),
se trasladará a Europa (aunque no por esta causa, sino por el rechazo
de Hollywood y porque es este continente el que le abrirá las puertas
a este genio indiscutible). Y es allí donde vivirá largas temporadas
y donde realizará sus filmes más innovadores (sin censuras, pero
con la consiguiente escasez de presupuesto que presentan las cinematografías
no comerciales): Campanadas a medianoche (1964-1966), Mr. Arkadin (1954-1955), Fraude (1973)[4] –en
el que ponía en entredicho la esencia del arte–, Don Quijote (1955-1975); aunque también realizará pequeñas visitas
a los EEUU, en los que filmará obras de la talla de Sed de mal
(1957-1958)…
Riambau culmina este flamante y tremendamente documentado libro
sobre la figura multidisciplinar
de este guionista, actor, director de teatro y de cine, este narrador
y creador nato (a fin de cuentas) que fue Orson Welles. Y lo hace
con la intención de vanagloriar a un ser que
no tuvo el apoyo que merecía. Como epílogo, pues murió pocos
días antes de la primera edición del manuscrito, nos sugiere: “Al
mismo tiempo que muerte es también una seria advertencia para que,
si alguna vez existiera otro Welles, no volviéramos a desaprovechar
su talento”.
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[1] Riambau explica las causas
por las que este hecho afectó tanto a los estadounidenses:
-la confianza puesta en el programa New
Deal, que Welles compartía, y en las autoridades; como única
posibilidad de resolver los problemas internos que presentaba
el país,
-la “perfecta adecuación de la narración
al medio de difusión”
-la ausencia de una capacidad reflexiva entre los oyentes.
[2] Sobre la relación entre estos dos grandes monstruos se ha dicho
mucho, unos le han reprochado a Welles la falta de fidelidad al
adaptar las obras de Shakespeare. Pero sólo un amante de este
dramaturgo podía versionarle con
su impronta personal (la de Welles) y a la vez no traicionarle.
Y esto también es debido a la unión temática entre ambos: los
dos han tratado en todas sus obras los grandes temas que preocupan
a la humanidad: la corrupción del poder (Hamlet , Ciudadano Kane
( 1940-1941)), la traición de la amistad (Enrique V, Campanadas
a medianoche (1964-1966), los problemas familiares (El Rey Lear
y El Cuarto Mandamiento)…
[3] A pesar de que Welles negara la relación Hearst-Kane, aludiendo
que Ciudadano Kane ( 1940-1941) tan sólo se trataba de “el retrato
de la vida privada de un hombre público”, es evidente la similitud
entre ambos y su crítica “cruel” hacia ambos personajes (que no
son sino uno: Hearst) sin concesión emotiva alguna.
[4] En la que Welles pronuncia la sentencia siguiente “no importa
realmente quién firma una obra, ni interesa la legalización de
los expertos. Lo que importa realmente es la obra en sí”
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