La ley el mínimo
esfuerzo
Pretender ahora explicar que el cine norteamericano vive en una
permanente crisis de ideas resulta, cuanto menos, una perogrullada.
Por eso no vamos a insistir en que su afán por realizar secuelas,
remakes o nuevas versiones de filmes extranjeros no es
más que la consecuencia lógica de esa falta de creatividad:
si no podemos inventar nada mínimamente interesante, mejor cogemos
algo cuya eficacia haya sido probada y lo fusilamos, aunque,
eso sí, con más medios, que para eso somos la superpotencia
mundial en temas cinematográficos.
Puestas así las cosas, no es raro que el actual florecimiento del
cine fantástico (al que no es ajeno el atentado del 11 de septiembre
en las torres gemelas) tome prestados originales de aquí y de
allá, sobre todo de allá, que para eso las obras orientales
están pegando fuerte en medio mundo.
Pero incluso en esos casos hay detrás de la operación un afán por
lavarle la cara, por darle un cierto aire de prestigio. Ya no
basta con hacer de nuevo un filme, hay que intentar que el nuevo
sub-producto venga avalado por firmas de prestigio, bien en
la producción (Sam Raimi gritando a diestro y siniestro) o bien
en la dirección (Walter Salles ensuciando el agua –y su prestigio–
en apartamentos que difícilmente superarían una revisión de
sanidad).
Dentro de este amplio mercado comienza a darse un caso muy curioso:
se versionean clásicos menores (¡cualquiera se atreve con Ciudadano
Kane o 2001!) pero se hace con gente de prestigio.
En el cine de acción tenemos un ejemplo claro con la importación
de directores franceses para dirigir títulos como Hostage
o este Asalto al distrito 13. ¿Herencia del triunfo conseguido
por Luc Besson en Hollywood? Puede. ¿Desembarco lógico dado
el incremento de producciones fantásticas francesas en los últimos
años? También puede. ¿Toque de qualité para un producto
de consumo? Sin duda.
¿A qué viene esta larga introducción? La motiva el visionado de
Asalto al distrito 13, un remake de la película
que dio a conocer a John Carpenter mediados los años 70, y que
aquí se tituló Asalto a la comisaría del distrito 13.
Mal andan las cosas si las mentes pensantes de Hollywood ya acuden
a saquear títulos relativamente recientes, de relativo éxito
y de relativa calidad. No es que la película de Carpenter fuera
mala, pero no es, desde luego, su mejor obra... Aunque tranquilos,
ya hay anunciados remakes de La noche de Halloween
(al margen de las siete u ocho secuelas que ya ha generado)
y de La niebla. Así que pronto Carpenter vivirá sólo
de las rentas que generan sus guiones (curiosamente lo peor
de su cine: lo suyo siempre ha sido el trabajo con la imagen,
no con la pluma) y se podrá retirar a pensar en proyectos que
nunca podrá llevar adelante... ni falta que le hará.
La importación del francés Jean-François Richet –firmante de títulos
tan poco conocidos como État des lieus (1995), Ma
6-T va crack-er (1997) o De l’amor (2001), todos
ellos de inexistente carrera comercial en nuestro país– debe
obedecer a esos oscuros criterios que permiten hacer una segunda
parte de un filme tan poco afortunado –en lo artístico y en
la taquilla– como fue aquella olvidable Falsas apariencias
protagonizada por Bruce Willis.
Pero una vez visto su trabajo, se agradece que sea europeo. Al
margen de previsibles actualizaciones del filme de Carpenter
(como el mayor protagonismo de esos vistosos azules metálicos
nocturnos), Richet aporta una violencia pocas veces vista en
el cine –llamémosle comercial– norteamericano reciente: si hay
que matar a la chica mona de la peli, nada, se le pega un tiro
en la cabeza y se la deja abandonada, sin más contemplaciones.
Sólo por ese momento de extremada dureza merecería la pena echar
un vistazo a esta reedición de una película que ya era un remake
encubierto de algunos títulos de Howard Hawks, fundamentalmente
Río Bravo.
Pero hay más. La película añade un prólogo en una iglesia para
dejar claro que aquí no valen ambigüedades: el malo es malísimo.
Y, curiosamente, luego traiciona ese prólogo –o mejor, le da
la vuelta– dejándonos entrever que los malos son, ¡sorpresa!,
los policías corruptos. Y es que Richet no apuesta por la sugerencia,
nada de personajes misteriosos que atacan en la noche y carecen
de rostro. En esta versión los asaltantes tienen rostro, sólo
que no es el que principio podíamos suponer: son los policías
quienes deciden atacar, en plena Nochevieja, la vieja comisaría
del distrito 13, que está a punto de cerrar y a la que, casualmente,
ha ido a parar el asesino “malo malísimo” que en el prólogo
había acabado, en una iglesia, con el policía que le perseguía.
Es el único giro argumental de una película que, por lo demás,
se limita a seguir fielmente la trama urdida por Carpenter.
Y ese es el gran problema: conocida la trama, la única capacidad
de sorpresa viene por la aparición en el interior de la comisaría
un traidor insospechado (pero previsible pasada la primera hora
de proyección: no en vano ya sabemos que los policías son corruptos,
luego el traidor será... adivina, adivinanza), la citada escena
de la muerte de la mujer policía y... que este cronista recuerde,
nada más.
Bien montada. Filmada con cierta pasión. Con algunos momentos elegantes.
Pero todo viejo y conocido. Poca capacidad de sorpresa para un filme que, sin ser malo, cuenta con un gran
hándicap desde el comienzo: aún tenemos reciente el visionado
de la película dirigida por Carpenter, y Richet no logra superarla
en ningún momento.
Mr. Kaplan