imprimir
ASALTO AL DISTRITO 13  
 
País, Año:

EE.UU., 2005

Género: Thriller, acción
Dirección: Jean-François Richet
Guión: James DeMonaco; basado en la película de John Carpenter Assault on precinct 13 de 1976.
Intérpretes: Ethan Hawke, Laurence Fishburne, John Leguizamo, Maria Bello, Jeffrey "Ja Rule" Atkins, Drea de Matteo, Matt Craven, Brian Dennehy, Gabriel Byrne, Aisha Hinds.
Producción: Pascal Caucheteux, Stéphane Sperry y Jeffrey Silver.
Fotografía: Robert Ganz
Música: Graeme Revell
Montaje: Bill Pankow
Duración: 109 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ley el mínimo esfuerzo

Pretender ahora explicar que el cine norteamericano vive en una permanente crisis de ideas resulta, cuanto menos, una perogrullada. Por eso no vamos a insistir en que su afán por realizar secuelas, remakes o nuevas versiones de filmes extranjeros no es más que la consecuencia lógica de esa falta de creatividad: si no podemos inventar nada mínimamente interesante, mejor cogemos algo cuya eficacia haya sido probada y lo fusilamos, aunque, eso sí, con más medios, que para eso somos la superpotencia mundial en temas cinematográficos.

Puestas así las cosas, no es raro que el actual florecimiento del cine fantástico (al que no es ajeno el atentado del 11 de septiembre en las torres gemelas) tome prestados originales de aquí y de allá, sobre todo de allá, que para eso las obras orientales están pegando fuerte en medio mundo.

Pero incluso en esos casos hay detrás de la operación un afán por lavarle la cara, por darle un cierto aire de prestigio. Ya no basta con hacer de nuevo un filme, hay que intentar que el nuevo sub-producto venga avalado por firmas de prestigio, bien en la producción (Sam Raimi gritando a diestro y siniestro) o bien en la dirección (Walter Salles ensuciando el agua –y su prestigio– en apartamentos que difícilmente superarían una revisión de sanidad).

Dentro de este amplio mercado comienza a darse un caso muy curioso: se versionean clásicos menores (¡cualquiera se atreve con Ciudadano Kane o 2001!) pero se hace con gente de prestigio. En el cine de acción tenemos un ejemplo claro con la importación de directores franceses para dirigir títulos como Hostage o este Asalto al distrito 13. ¿Herencia del triunfo conseguido por Luc Besson en Hollywood? Puede. ¿Desembarco lógico dado el incremento de producciones fantásticas francesas en los últimos años? También puede. ¿Toque de qualité para un producto de consumo? Sin duda.

¿A qué viene esta larga introducción? La motiva el visionado de Asalto al distrito 13, un remake de la película que dio a conocer a John Carpenter mediados los años 70, y que aquí se tituló Asalto a la comisaría del distrito 13.

Mal andan las cosas si las mentes pensantes de Hollywood ya acuden a saquear títulos relativamente recientes, de relativo éxito y de relativa calidad. No es que la película de Carpenter fuera mala, pero no es, desde luego, su mejor obra... Aunque tranquilos, ya hay anunciados remakes de La noche de Halloween (al margen de las siete u ocho secuelas que ya ha generado) y de La niebla. Así que pronto Carpenter vivirá sólo de las rentas que generan sus guiones (curiosamente lo peor de su cine: lo suyo siempre ha sido el trabajo con la imagen, no con la pluma) y se podrá retirar a pensar en proyectos que nunca podrá llevar adelante... ni falta que le hará.

La importación del francés Jean-François Richet –firmante de títulos tan poco conocidos como État des lieus (1995), Ma 6-T va crack-er (1997) o De l’amor (2001), todos ellos de inexistente carrera comercial en nuestro país– debe obedecer a esos oscuros criterios que permiten hacer una segunda parte de un filme tan poco afortunado –en lo artístico y en la taquilla– como fue aquella olvidable Falsas apariencias protagonizada por Bruce Willis.

Pero una vez visto su trabajo, se agradece que sea europeo. Al margen de previsibles actualizaciones del filme de Carpenter (como el mayor protagonismo de esos vistosos azules metálicos nocturnos), Richet aporta una violencia pocas veces vista en el cine –llamémosle comercial– norteamericano reciente: si hay que matar a la chica mona de la peli, nada, se le pega un tiro en la cabeza y se la deja abandonada, sin más contemplaciones. Sólo por ese momento de extremada dureza merecería la pena echar un vistazo a esta reedición de una película que ya era un remake encubierto de algunos títulos de Howard Hawks, fundamentalmente Río Bravo.

Pero hay más. La película añade un prólogo en una iglesia para dejar claro que aquí no valen ambigüedades: el malo es malísimo. Y, curiosamente, luego traiciona ese prólogo –o mejor, le da la vuelta– dejándonos entrever que los malos son, ¡sorpresa!, los policías corruptos. Y es que Richet no apuesta por la sugerencia, nada de personajes misteriosos que atacan en la noche y carecen de rostro. En esta versión los asaltantes tienen rostro, sólo que no es el que principio podíamos suponer: son los policías quienes deciden atacar, en plena Nochevieja, la vieja comisaría del distrito 13, que está a punto de cerrar y a la que, casualmente, ha ido a parar el asesino “malo malísimo” que en el prólogo había acabado, en una iglesia, con el policía que le perseguía.

Es el único giro argumental de una película que, por lo demás, se limita a seguir fielmente la trama urdida por Carpenter. Y ese es el gran problema: conocida la trama, la única capacidad de sorpresa viene por la aparición en el interior de la comisaría un traidor insospechado (pero previsible pasada la primera hora de proyección: no en vano ya sabemos que los policías son corruptos, luego el traidor será... adivina, adivinanza), la citada escena de la muerte de la mujer policía y... que este cronista recuerde, nada más.

Bien montada. Filmada con cierta pasión. Con algunos momentos elegantes. Pero todo viejo y conocido. Poca capacidad de sorpresa para  un filme que, sin ser malo, cuenta con un gran hándicap desde el comienzo: aún tenemos reciente el visionado de la película dirigida por Carpenter, y Richet no logra superarla en ningún momento.

Mr. Kaplan