Sentimientos de juventud
Con esta película, basada en el relato corto Ladies in Lavender de William J. Locke,
el actor Charles Dance, que también ha adaptado el guión, debuta
en la dirección. Una historia sencilla e intensa iluminada por
la magnífica interpretación de sus actrices protagonistas.
La acción se sitúa en Cornualles, a mediados de los años treinta,
un tranquilo pueblecito de pescadores, que permanece ajeno a
los avatares históricos que se avecinan. Dos hermanas solteras,
de edad avanzada, Ursula y Janet Widdington, llevan una rutinaria
y sosegada vida familiar, en su casona del acantilado. Un día,
mientras pasean por la playa encuentran a un joven náufrago
desmayado en la orilla. Lo trasladan a su casa con la ayuda
de algunos vecinos del lugar, alojándolo en ella hasta que se
restablezca.
Instalado en su residencia y en sus vidas, las dos mujeres lo atienden
y alimentan bajo la vigilancia del médico. Durante su convalecencia
descubren que se llama Andrea, que desconoce su lengua y que
toca el violín divinamente. El muchacho es un inmigrante polaco
huido de su tierra y de la persecución antisemita y arrojado
al mar mientras intentaba llegar a Nueva York.
Janet, con sus escasos conocimientos de alemán, consigue comunicarse
con el joven, mientras Ursula le enseña su idioma. Ambas parecen
competir en cuidados y atenciones hacia él que, ajeno a la intensidad
de las emociones que provoca, sobre todo en Ursula, se deja
querer y mimar por ellas. Una vez recuperado físicamente, Andrea
va integrándose en la vida del pueblo, suscitando el recelo
de algunos vecinos. Su presencia empieza a hacerse imprescindible
para las hermanas que lo invitan a que permanezca en su compañía
el tiempo que desee, pero el joven parece inquieto por marcharse.
Reside también en el lugar una joven pintora rusa, Olga, que pulula
entre el paisaje con su caballete portátil y sus pinceles. Un
día, al escuchar tocar a Andrea, se siente atraída hacia él,
pero con un interés meramente artístico. La amistad entre los
jóvenes despertará los celos de sus anfitrionas que procurarán
distanciarlos sin conseguirlo. Andrea, finalmente, se marchará
furtivamente con Olga a Londres, donde ésta le presentará a
su hermano, un famoso violonchelista, que le abrirá las puertas
del éxito. Meses después, las hermanas Widdington recibirán
una carta del joven disculpándose por su actitud y anunciándoles
que pronto debutará como músico.
El alma de la historia es la relación de las dos mujeres con el
joven náufrago, el resto de personajes y las situaciones que
viven son poco consistentes, apenas apuntes que no llegan a
desarrollarse, excusas para prolongar y distraer el relato y
justificar alguna reacción imprevista, como, por ejemplo, la
relación entre el médico y la pintora, un pretexto reiterativo
e insistente para lo poco que aporta a la trama.
Ursula es la hermana más íntimamente afectada por la aparición
de Andrea, su nula experiencia amorosa la deja a la intemperie
ante esta avalancha de sentimientos que la desbordan de repente,
sin saber qué hacer para contenerlos. Ella actuaría con la vehemencia
que le pide su corazón, viviendo sus sentimientos con la pasión
y la ingenuidad intacta de una jovencita. Desearía acariciarle,
besarle, tocarle, pero la represión a la que tiene que someter
sus sentimientos para no hacer el ridículo intensifica su desasosiego
emocional. En la escena en la que están ambos en la playa, con
el joven sentado a sus pies, cuando éste reposa la cabeza en
su regazo, ella duda si acariciarle o no, quiere hacerlo pero
se contiene, teme el contacto tanto como lo desea. Sólo en sus
sueños se permite esa licencia: se imagina joven y feliz viviendo
su amor junto a Andrea.
Janet es la hermana mayor, la que organiza y dirige la casa y,
aunque la llegada de Andrea también la afecta emocionalmente,
en ella el sentimiento está más contenido. El chico es más un
detonante que activa un sentimiento vivido en el pasado, pero
nunca disfrutado plenamente, que una pasión desconocida e ineludible.
Su experiencia y su posición como primogénita la facultan para
mostrarse más serena y comedida y refrenar los impulsos de su
hermana.
Andrea, a medio camino entre la ingenuidad y la picardía, aprovecha
la hospitalidad de las damas que se desviven por él. Quiere
ser agradecido sin herirlas; desea complacerlas pero su impulso
vital le impele a abandonarlas. Su llegada altera no sólo la
vida de sus benefactoras, sino la de todo el pueblo, que muestra
hacia él sentimientos contradictorios. Pero Andrea, a veces,
parece hueco, inexpresivo, ausente.
La riqueza del texto literario, la inteligencia del director y
la magnífica interpretación de sus actrices principales hacen
creíble la intensidad de los sentimientos desbordados por estas
dos mujeres sin rozar en ningún momento el patetismo. Ellas
no sólo dan credibilidad a la relación planteada sino que la
poetizan. Una delicadeza que no se percibe en el tratamiento
de otras pasiones también desajustadas. Parece mucho más patético,
por ejemplo, el intento por parte de Andrea de enrollarse con
Olga o la obsesión del viejo doctor por la joven pintora, que
la pasión y emoción que el muchacho despierta en las hermanas
Widdington.
Judy Dench (Ursula) y Maggie Smith (Janet) dan fuerza y luminosidad
con su magistral actuación a esta interesante película a la
que, no obstante, se le nota demasiado que el guión está estirado.
Calidad interpretativa que se hace extensible al resto del reparto,
aunque sus personajes no posean la fuerza arrolladora de las
protagonistas. Los demás elementos están supeditados a la interpretación:
una puesta en escena discreta, una fotografía que parece buscar
más la estampa que la potenciación de la belleza natural del
paisaje, desenfoques, ralentizaciones… todo lo que no es texto
parece sobrar en la historia de esta tardía, intensa y poética
pasión.
El paréntesis emocional se cierra y la historia termina, aparentemente,
como si nada hubiera ocurrido, con un plano semejante al del
inicio: dos mujeres mayores caminan despreocupada y tranquilamente,
a la orilla del mar, por una playa pedregosa.
Purilia