LA TIERRA DE LOS MUERTOS VIVIENTES  
 
Título orginal: Land of the dead
País, Año:

EE.UU.-Canadá-Francia, 2005

Dirección: George A. Romero
Intérpretes: Simon Baker, Dennis Hopper, Asia Argento, Robert Joy, John Leguizamo, Boyd Banks
Guión: George A. Romero
Producción: Universal Pictures
Fotografía: Miroslaw Baszak
Música: Reinhold Heil, Johnny Klimek
Montaje: Michael Doherty
Duración: 93 minutos
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Un remake encubierto

 

En este mismo número, en la crítica de La masacre de Toolbox, hablábamos de la curiosa paradoja que se está dando en el cine de terror actual: los viejos dinosaurios (o sea, Carpenter, Hooper, Craven o el propio Romero) si quieren estrenar y volver a la primera línea de fuego y de taquilla, se ven obligados a trabajar de forma directa o encubierta sobre planteamientos y, a veces, historias que ya habían rodado en su época dorada. Pero, paradójicamente, estas nuevas versiones de sus grandes éxitos acaban teniendo que competir en taquilla con los remakes “oficiales” de esos mismos títulos, adaptados eso sí al gusto del nuevo público adolescente y rodados por jóvenes cineastas procedentes del campo del videoclip y la publicidad. Para ilustrarlo, ahí tienen la lucha de películas de bajo presupuesto, como La masacre de Toolbox o La tierra de los muertos vivientes, frente a títulos de mayor economía oficializados por las majors, como La matanza de Texas 2004, Amanecer de los muertos o Terror en la niebla.

Hoy, La matanza de Texas, La noche de los muertos vivientes o La niebla son películas de culto, clásicos de referencia obligada en los manuales. Esto conlleva automáticamente que sean títulos homenajeados, citados, copiados, plagiados y versionados, normalmente por jóvenes que han mamado –desde antes de tener sus primeros dientes– de la tele y del DVD, metiendo en el mismo saco lo que puede tener un valor por sí mismo (los tres “clásicos” citados) con otros muchos que no son más que olvidables subproductos cuyo éxito es hoy difícilmente justificable (¿quién se acuerda ya de Noche de miedo, Maniac o El asesino de Rosemary?).

Entre estas dos premisas se mueve la última película de George A. Romero, La tierra de los muertos vivientes, que no es más que un remake encubierto de su primer título, La noche de los muertos vivientes (1969), del que toma la idea motriz (la tierra dominada), la acotación temporal (todo en una noche) e incluso en cierto sentido la acotación espacial (aquí es un edificio, no una casa, el que sufre el acoso de los zombis).

Eso sí, Romero ha actualizado en parte la historia, introduciendo algunos elementos más evidentes (como la presencia de un “líder” entre los muertos vivientes, que parece tener cierta conciencia “de clase”), ha simplificado hasta el límite la presencia de buenos y malos entre los vivos (con un planteamiento demasiado elemental) y ha mejorado notablemente los efectos “gore” de la función… aunque esto último es algo que ya había hecho en sus tres anteriores películas sobre el tema: El amanecer de los muertos vivientes –rebautizada como Zombi en muchos países, entre ellos España–, El día de los muertos vivientes y esa versión en color de La noche de los muertos vivientes dirigida por su buen amigo Tom Savini en la década de los ochenta.

Precisamente Savini interpreta un pequeño papel, quizá como homenaje, quizá como recordatorio de su importancia en la saga durante los años setenta y ochenta, cuando él era el maestro de la caracterización en películas de terror puro y duro. Hoy, son los magos de KNB (o sea, Kurtzman, Nicotero y Berger) los encargados de destripar (y no es una metáfora, hablo literalmente) a cuantos más muertos (y algún vivo) mejor. Su labor, técnicamente tan correcta como cabía esperar en ellos, nos permite, sobre todo, reencontrarnos con un tratamiento cinematográfico “realista” muy en desuso en los últimos años en el cine comercial norteamericano.

Y ése es el primer tanto que se apunta Romero: basta de planteamientos esteticistas o blandengues para lo que se supone que tiene que ser una película de terror; aquí hay muy poca sugerencia y mucha sangre explícitamente mostrada en pantalla. Esto, que podría parecer un detalle sin importancia, acaba por erigirse en un planteamiento sumamente original… simplemente porque el cine comercial actual, en estos tiempos en que todo tiene que ser tan políticamente correcto, no tolera la sangre ni las vísceras en pantalla.

Pero hay más tantos: para empezar –ya lo hemos dicho– Romero recupera el discurso social en el cine de terror. Quizá elemental –también lo hemos dicho–, pero es de agradecer que alguien se acuerde de decir en una pantalla que los que están allá arriba (literalmente) es gracias a que pisotean (insisto, literalmente) a los que están allá abajo… y va siendo hora de que las clases bajas dejen de “pasar hambre” y sacien su apetito, por supuesto a costa de las clases altas (y esto dicho de forma metafórica y, cómo no, también de forma literal).

Otro tanto: Romero filma una de las mejores ideas del cine de terror en mucho tiempo. Los supervivientes atrincherados en el edificio piensan que podrán sobrevivir porque el mar les separa de los muertos… pero, claro, el “líder” de éstos pronto descubre que los zombis no pueden ahogarse... sencillamente porque ya están muertos; así que pueden caminar tranquilamente por debajo del agua hasta llegar al lugar donde se oculta su futura cena. La aparición de los muertos vivientes surgiendo en la playa, tras atravesar la bahía, es una de las imágenes más poderosas del cine de terror en muchos, muchos años.

En contra, cabe reprocharle que la mitad de los intérpretes sigue estando tan mal dirigida como siempre (concretamente todos los que interpretan a personajes del mundo de los “vivos”; los muertos vivientes, en cambio, impecables) y que se advierta en la propia cinta cierta autosuficiencia por ser “el maestro” del cine de muertos vivientes, una idea que va bien a los de marketing a la hora de vender el título, pero que tampoco debería tomarse tan a pecho porque, a fin de cuentas, ni Romero inventó los zombis (Jacques Tourneur y Terence Fisher tendrían mucho que decir del tema), ni se puede considerar que su cine sea tan paradigmático que merezca ese exagerado calificativo (a lo sumo, sigue siendo un tipo raro que se mantiene fiel a sus premisas: lo que no es poco en el cine actual).

Si tienen una tarde ociosa, procuren rescatarla en DVD. Merece la pena.

Sabín