Un remake encubierto
En este mismo número, en la crítica de La masacre de Toolbox, hablábamos de la curiosa paradoja que se
está dando en el cine de terror actual: los viejos dinosaurios (o sea, Carpenter,
Hooper, Craven o el propio Romero) si quieren estrenar y volver a la primera
línea de fuego y de taquilla, se ven obligados a trabajar de forma directa o
encubierta sobre planteamientos y, a veces, historias que ya habían rodado en
su época dorada. Pero, paradójicamente, estas nuevas versiones de sus grandes
éxitos acaban teniendo que competir en taquilla con los remakes “oficiales” de esos mismos títulos, adaptados eso sí al
gusto del nuevo público adolescente y rodados por jóvenes cineastas procedentes
del campo del videoclip y la publicidad. Para ilustrarlo, ahí tienen la lucha
de películas de bajo presupuesto, como La masacre de Toolbox o La
tierra de los muertos vivientes, frente a títulos de mayor economía
oficializados por las majors, como La matanza de Texas 2004, Amanecer
de los muertos o Terror en la niebla.
Hoy, La matanza de Texas, La noche de los muertos vivientes o La niebla son películas de culto,
clásicos de referencia obligada en los manuales. Esto conlleva automáticamente
que sean títulos homenajeados, citados, copiados, plagiados y versionados,
normalmente por jóvenes que han mamado –desde antes de tener sus primeros
dientes– de la tele y del DVD, metiendo en el mismo saco lo que puede tener un
valor por sí mismo (los tres “clásicos” citados) con otros muchos que no son
más que olvidables subproductos cuyo éxito es hoy difícilmente justificable
(¿quién se acuerda ya de Noche de miedo, Maniac o El asesino de Rosemary?).
Entre estas dos premisas se mueve la última película de George
A. Romero, La tierra de los muertos vivientes, que no es más que un remake encubierto de su primer título, La noche de los muertos vivientes (1969), del que toma la idea motriz (la tierra dominada), la acotación temporal
(todo en una noche) e incluso en cierto sentido la acotación espacial (aquí es
un edificio, no una casa, el que sufre el acoso de los zombis).
Eso sí, Romero ha actualizado en parte la historia,
introduciendo algunos elementos más evidentes (como la presencia de un “líder”
entre los muertos vivientes, que parece tener cierta conciencia “de clase”), ha
simplificado hasta el límite la presencia de buenos y malos entre los vivos
(con un planteamiento demasiado elemental) y ha mejorado notablemente los efectos
“gore” de la función… aunque esto último es algo que ya había hecho en sus tres
anteriores películas sobre el tema: El amanecer
de los muertos vivientes –rebautizada como Zombi en muchos países, entre ellos España–, El día de los muertos vivientes y esa versión en color de La noche de los muertos vivientes dirigida
por su buen amigo Tom Savini en la década de los ochenta.
Precisamente Savini interpreta un pequeño papel, quizá como
homenaje, quizá como recordatorio de su importancia en la saga durante los años
setenta y ochenta, cuando él era el maestro de la caracterización en películas
de terror puro y duro. Hoy, son los magos de KNB (o sea, Kurtzman, Nicotero y
Berger) los encargados de destripar (y no es una metáfora, hablo literalmente)
a cuantos más muertos (y algún vivo) mejor. Su labor, técnicamente tan correcta
como cabía esperar en ellos, nos permite, sobre todo, reencontrarnos con un
tratamiento cinematográfico “realista” muy en desuso en los últimos años en el
cine comercial norteamericano.
Y ése es el primer tanto que se apunta Romero: basta de planteamientos
esteticistas o blandengues para lo que se supone que tiene que ser una película
de terror; aquí hay muy poca sugerencia y mucha sangre explícitamente mostrada
en pantalla. Esto, que podría parecer un detalle sin importancia, acaba por
erigirse en un planteamiento sumamente original… simplemente porque el cine
comercial actual, en estos tiempos en que todo tiene que ser tan políticamente
correcto, no tolera la sangre ni las vísceras en pantalla.
Pero hay más tantos: para empezar –ya lo hemos dicho– Romero
recupera el discurso social en el cine de terror. Quizá elemental –también lo
hemos dicho–, pero es de agradecer que alguien se acuerde de decir en una
pantalla que los que están allá arriba (literalmente) es gracias a que pisotean
(insisto, literalmente) a los que están allá abajo… y va siendo hora de que las
clases bajas dejen de “pasar hambre” y sacien su apetito, por supuesto a costa
de las clases altas (y esto dicho de forma metafórica y, cómo no, también de
forma literal).
Otro tanto: Romero filma una de las mejores ideas del cine de
terror en mucho tiempo. Los supervivientes atrincherados en el edificio piensan
que podrán sobrevivir porque el mar les separa de los muertos… pero, claro, el
“líder” de éstos pronto descubre que los zombis no pueden ahogarse...
sencillamente porque ya están muertos; así que pueden caminar tranquilamente
por debajo del agua hasta llegar al lugar donde se oculta su futura cena. La
aparición de los muertos vivientes surgiendo en la playa, tras atravesar la
bahía, es una de las imágenes más poderosas del cine de terror en muchos, muchos
años.
En contra, cabe reprocharle que la mitad de los intérpretes
sigue estando tan mal dirigida como siempre (concretamente todos los que
interpretan a personajes del mundo de los “vivos”; los muertos vivientes, en
cambio, impecables) y que se advierta en la propia cinta cierta autosuficiencia
por ser “el maestro” del cine de muertos vivientes, una idea que va bien a los
de marketing a la hora de vender el título, pero que tampoco debería
tomarse tan a pecho porque, a fin de cuentas, ni Romero inventó los zombis (Jacques
Tourneur y Terence Fisher tendrían mucho que decir del tema), ni se puede considerar
que su cine sea tan paradigmático que merezca ese exagerado calificativo (a lo
sumo, sigue siendo un tipo raro que se mantiene fiel a sus premisas: lo que no
es poco en el cine actual).
Si tienen una tarde ociosa, procuren rescatarla en DVD. Merece
la pena.
Sabín