Un mensaje se extrae con nitidez: a la familia que le toque la lotería de un problema similar, ya puede atarse bien los machos, puesto que la solución deberán encontrarla por sí mismos.
Una obra incómoda debido a su violencia extrema y explícita, a los suburbios y la decadencia social que a veces queremos olvidar, y a la representación de los estamentos corruptos de la sociedad.
Quizás se pierde en la resolución sencilla, pues todos los caminos abiertos durante los distintos giros de la trama ocasionan que la expectativa se haya ido en un aumento al que no se llega al final.
En este debate moral es donde Clayface funciona de maravilla: es un monstruo, pero su castigo resulta comprensible. Esa lucha interior entre el bien y el mal traspasa la pantalla y plantea un dilema incómodo.
Aaron Sorkin en esta ocasión no solo escribe, también dirige la segunda parte de "La red social", pero sin David Fincher las costuras de su continua verborrea se notan más.