THE TOWN, CIUDAD DE LADRONES (1)

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Auténtico robo

The town, de Ben AffleckComo bien declara uno de los miembros de la banda de atracadores protagonistas de este filme durante un interrogatorio al que lo somete el FBI para grabar su voz, las palabras que le hacen pronunciar carecen de “autenticismo”, carencia de autenticidad que se propala copiosamente durante todo el desarrollo de la película, hasta impregnarla de una impostura que el ritmo sostenido de la narración no consigue disimular.

En el mismo prólogo se halla el origen de la anorexia argumental: la secuencia inicial del atraco resulta forzada, inverosímil y atolondrada. Los mimbres con los que se debería anudar fuertemente el relato están tan desgastados en su flexibilidad, que la forma del cesto cinematográfico deviene muelle por una laxitud de un guión descuidado, apresurado, en el que se van incluyendo a bote pronto todas los ocurrencias necesarias según el hilo argumental las va exigiendo y no al revés, como correspondería. Los efectos justifican las causas, de tal modo que cualquier ocurrencia ha de taponar la endeblez causal. Estas lagunas pretenden ser soslayadas por las escenas de acción, que en lugar de cumplir una función consecutiva, se utilizan para enjalbegar narrativamente los desconchones en la pared diegética.

La toma de un rehén en la escena del robo al banco inaugural descalabra por su falsedad y por su afectación todo lo que sucede posteriormente. Si ese rehén es un personaje femenino que debe enamorarse (y se enamora) del jefe de la banda, abriendo la veta romántica-amorosa de la película, ésta ya no extrae más que ganga del resto de las escenas entre ambos personajes, invalidando todo el segmento argumental basado en la historia de amor.

Tampoco sale muy bien parado de este principio descimbrado el personaje del atracador psicópata, hermano putativo del protagonista, ya que la violencia que se esfuerza por transmitir y ejecutar se queda a mitad de camino entre la bestialidad y la estupidez.

Así pues, la introducción se convierte en un pesado lastre del que la historia posterior no consigue zafarse. A ello también coadyuvan unos diálogos manidos, carentes de vigor y fuerza, repletos de lugares comunes que acentúan sin pudor la impresión de vaciedad, unas veces por burdos, otras por deliberadamente pretenciosos, perjudicando la construcción dramática de los personajes, hecho que no puede suplir su caracterización física.

Incluso las secuencias de acción se resuelven pésimamente. Como muestra ilustrativa, el clímax final con el atraco frustrado

Todo el armazón de contenido dolor por un pasado heredado, por unas taras sobrevenidas de antaño, que se dice que estos personajes arrastran, no alcanza a ocupar la pantalla ni el rostro ni las acciones de los actores. Se dicen, sí, y el espectador los escucha, sí, pero no los interioriza, como los protagonistas y los secundarios. Además, estos traumas familiares son esparcidos a bote pronto, sin una consecución lógica y progresiva. La historia de los padres del protagonista es mera epidermis, cuando tenía que ser médula ósea; la fraternidad entre los dos atracadores principales, más de lo mismo. Ningún desgarro emocional, simples rozaduras que una tirita narrativa restaña.

El trasfondo social, el espacio narrativo donde se desenvuelve la acción peca de los mismos vicios que lo dicho hasta ahora. Hay más información en los rotulitos del principio y del final de la película sobre Charlestown, que en las entrañas de la misma: un somero escenario para que se desenvuelvan unas cuantas escenas de acción, pero en ningún caso un espacio moral, un paisaje familiar truncado. Un jardín tronchado, como el que la voluntariosa protagonista cultiva generosamente en aras de la comunidad.

Incluso las secuencias de acción se resuelven pésimamente. Como muestra ilustrativa, el clímax final con el atraco frustrado. Provoca cierta vergüenza el recurso que se utiliza para que los protagonistas puedan escapar: se vuelven a disfrazar de policías y cuando están a punto de ser capturados se solapan con un grupo de policías de Boston que se enfrentan por la demarcación territorial con los agentes del FBI, enfrentamiento que en el resto de la película no ha existido ni por asomo.

Los actores están desperdiciados por su nulo aprovechamiento, por la insuficiencia e inconsistencia de sus personajes. La omnímoda presencia del director-actor Affleck perjudica notoriamente la película

Los actores están desperdiciados por su nulo aprovechamiento, por la insuficiencia e inconsistencia de sus personajes. La omnímoda presencia del director-actor Affleck perjudica notoriamente la película: su cara mitad de aturdimiento, mitad de bondad, mitad de panoli, es incapaz de expresar con convicción ninguna emoción. En este sentido es coherente con el resto de su obra: insulsa, apocada, huera.

Una película esta que se agota, como la gran mayoría, en el tráiler promocional: con esos pocos minutos sí que se consigue disfrazar de cine lo que los ciento veinte minutos reales desnudan de tal. Ni Infiltrados, como alaban los anuncios promocionales, ni siquiera Enemigo público. El remedo de profundidad de Scorsese con la emulación del ritmo vertiginoso y del envoltorio de western de Michael Mann. Una combinación truncada. Un eco, pero sin voz.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 Título  The Town
 Título original  The Town
 Director  Ben Affleck
 País y año  Estados Unidos, 2010
 Duración  124 minutos
 Guión  Chuck Hogan, Ben Affleck, Peter Craig
 Fotografía  Robert Elswitt
 Distribución  Waarner Bros
 Intérpretes  Ben Affleck, Blake Lively, Jon Hamm, Jeremy Renner, Chris Cooper, Rebecca Hall Slaine, Brian Scannell
 Fecha estreno  29/10/2010
 Página web  http://wwws.warnerbros.es/thetown/