La mitad de Óscar (2)

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Reencuentro con el pasado

la-mitad-de-oscar-espana-00“Una imagen vale más que mil palabras”, es el proverbio chino que más le gusta a Manuel Martín Cuenca. Nunca nos ha engañado.

Desde su primer filme, La flaqueza del bolchevique, ya nos enseñó cómo una historia puede contarse con escasas palabras, con personajes de emociones contenidas, silencios abrumadores y planos largos. Pero este almeriense de cuarenta y cuatro años ha ido mejorado más su técnica con el tiempo.

Si tanto en la primera como en su segunda obra, Malas temporadas, los personajes tenían dentro mucho pasado escondido que les costaba mostrar, con La mitad de Óscar, vuelve con la misma fórmula en su máxima expresión, donde todos los elementos fílmicos están encaminados a eso, a guardar sus secretos y que el espectador no se entere hasta el final de la obra de lo que pasó.

Un trabajo impecable en dirección, hay que admitirlo. Igual que en muchas películas podemos decir que no sobra ni falta una coma en sus diálogos, aquí lo propio sería decir que no hay una escena con un mal encuadre donde sobre o falte algo: bellas estampas de Almería, en su mayoría lugares comunes de ambos protagonistas en el pasado, que nos evocan los buenos tiempos.

Un elemento más, como digo, para un objetivo claro: crear una atmósfera, un mundo, de rutina, tensión e incertidumbre, para contarnos una historia cotidiana y sencilla con un secreto final.

Si no fuera por el mimo con el que está filmada, la historia de Manuel Cuenca no despertaría mucho interés de tan sencilla como es.

Óscar, guardia de seguridad de unas salinas abandonadas, navarro residente en Almería, pasa sus días alternando su trabajo con el cuidado de su abuelo que padece Alzheimer. Al empeorar su abuelo, Óscar recibe la visita de María, su hermana, acompañada de su nuevo novio. Ambos vienen desde Paris. Entre los hermanos ha pasado algo que les mantiene distantes, fríos; algo que es precisamente lo que el espectador ha de averiguar en los 82 minutos que dura la película.

Algo que, aunque Manuel Martín parece quiera esconder hasta el final, lo cierto es que desde casi al principio puede descubrirse, quitando de esta forma todo interés por la trama —pero de esto hablaremos después— y centrando nuestra atención en la belleza del lenguaje fílmico, el punto fuerte de su nueva obra.

De estructura lineal y ritmo lento, los días en Almería pasan a golpe de planos largos. Donde el tiempo pasa tan despacio para el espectador como para Óscar, sin más instantes de humor que los encuentros con Miguel, su ex compañero de las salinas que le visita todos los días para traerle el almuerzo. El resto son silencios.

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En este mundo silencioso de Óscar, cualquier mínimo sonido adquiere mucha importancia. Cualquier sonido que en la cotidianidad de una ciudad o de una familia numerosa sería imperceptible, en el mundo de Óscar es intenso. Y así nos lo muestra Manuel Martín Cuenca, con los andares de éste por el pasillo del hospital, el ruido al abrir la puerta de su solitaria casa e incluso el ruido del mar.

El mar. Otro elemento importante en esta atmósfera rutinaria, tensa, silenciosa. Muchas veces se ha utilizado en el cine el mar como recurso de paso del tiempo, y Manuel, buen conocedor del séptimo arte, utiliza también el mar de Almería en calma como símbolo de ese tiempo que pasa tan despacio para el protagonista.

Y, como ya he dicho, planos largos tanto al principio como al final, cámara fija que invita al espectador a que guarde en su retina cada escena. Otro elemento más. En este caso usado incluso hasta en exceso, puesto que creo no será de agrado para muchos espectadores ver al abuelo moribundo en plano fijo en la cama del hospital. Quizás Manuel se ha recreado un poco en esto. Aceptamos su objetivo, aceptamos que el tiempo pase despacio, que no haya apenas diálogos, que la historia sea sencilla y lineal, los silencios, pero recrearse en eso, no me parece muy adecuado. La historia y la atmósfera serían las mismas habiendo evitado esos planos del abuelo.

También es cierto que como tercera película podemos perdonarle muchos errores a Martín Cuenca, estando seguros que en un futuro aprenderá de ellos, sobretodo por el sumo mimo con el que están cuidados los planos y la fotografía. Ejemplo de ello es la exquisita escena final con el contraluz del diálogo más largo de todo el metraje de ambos protagonistas, con el amanecer y el mar de Almería tras el cristal del hotel.

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Un “secreto” mal guardado

De la mano una vez más de Alejandro Hernández —como ya lo hizo en Malas temporadas— nos introducimos sin engaños en una historia con tono intimista, con una trama dividida en capítulos, a lo Julio Medem —la sal, María, Óscar— que todos los actores han interpretado con solvencia.

Rodrigo Sáenz de Heredia (Óscar) refleja con su mirada su angustia interior al saber la noticia del regreso de su hermana y su expresión corporal es el puro reflejo de una vida sin sentido alguno; Verónica Echegui (María), quien bajó su caché para esta película tras interpretar títulos como El patio de mi cárcel, Yo soy la Juani o, más recientemente, Primos, también borda su aportación de soplo de aire fresco y misterio de regreso al mundo de casi ermitaño de Óscar.No puedo olvidar la buena aportación del tono de humor de Antonio de la Torre (taxista), que parece que está en racha tras aparecer en varias películas estrenadas recientemente: Primos, Balada triste de trompeta

Todos colaboran en esta recreación de la que os vengo hablando todo el tiempo y en la que el guión como punto fuerte, nos sugiere más que nos enseña.

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Si bien es cierto que nos quejamos de que muchos filmes tratan al espectador de tonto, al mostrar una obviedad tras otra, sin dejar cabida a la interpretación y la imaginación, buen conocedor seguro de esto, el guión de Manuel y Alejandro, no carece de buenas intenciones al sugerirnos todo el rato. Poco a poco nos muestra retazos, detalles, para acercarnos a ese secreto final de Óscar y María.

Lástima que a Óscar en un momento en el hospital se le escape una mirada al pecho de María que se hace extraña para el espectador en una relación entre hermanos, o que casi al principio en la residencia le suene extraña la palabra hermana cuando la enfermera le anuncia a Óscar que va a venir a ver al abuelo. —¿Mi hermana?—, se pregunta Óscar con un tono y expresión de extrañeza como de quién no conociera hermana alguna en su familia.
Quizás para Martin y Alejandro sean dos pistas más de ese secreto, pero creo que son demasiado evidentes y destrozan la sorpresa final del guión.

Pasando por alto, la sencillez extrema de la historia y la perdida de interés por ella casi al principio, por detalles como estos que he nombrado, la obra de Manuel Martín Cuenca merece ser visionada por los amantes del lenguaje fílmico correcto, de la belleza pura de las imágenes y de las historias cotidianas: por quienes opinen que más vale una imagen que mil palabras.

Escribe Eva Cortés

 Título  La mitad de Óscar
 Título original  La mitad de Óscar
 Director  Manuel Martín Cuenca
 País y año  España y Cuba, 2010
 Duración  82 minutos
 Guión  Alejandro Hernández y Manuel Martín Cuenca
 Fotografía  Rafael de la Uz
 Montaje  Ángel Hernández Zoido
 Distribución  Golem
 Intérpretes  Verónica Echegui, Rodrigo Sáenz de Heredia, Denis Eyriey, Antonio de la Torre, Manuel Martínez Roca, Salvador Gavilán Ramos
 Fecha estreno  18/03/2011
 Página web  http://www.lamitaddeoscar.es/