Lola (Abuela) (4)

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El cine que está vivo

lola-0El viento azota el bamboleo de una cámara que sigue los pasos de un niño. Su camino es sabiamente dirigido por el andar trabajoso de una anciana de cabellos blancos y rostro estupendo. Con esfuerzo, la pareja completa una ruta sencilla que se acaba convirtiendo en una lucha por sobrevivir: a la muchedumbre hambrienta y delincuente, a la inclemente meteorología del trópico, a los vientos bíblicos que azotan el paisaje bullicioso, decadente y corrupto de los alrededores de Manila. La anciana se santigua dentro de una iglesia abarrotada y compra un cirio que enciende con dificultad para depositarlo en un miserable callejón. Es el lugar donde ha sido asesinado su nieto en un atraco rutinario. La imagen se completa con el jolgorio de unos niños que juegan en el escenario del crimen, indiferentes al hecho de estar profanando el luto de una abuela.

La cámara concluye la escena igual que la ha iniciado: buscando, objetivo al hombro y a discreción, la forma en cómo el niño agarra las ropas de la abuela como para no perder el hilo de la vida. Ese cordón umbilical invisible es la materia sobre la que Brillante Mendoza construye Lola (Abuela), una obra maestra que se nos presenta como tal desde sus primeras imágenes.

Ese crimen que no pide venganza es el punto de arranque de una doble trama: la de dos abuelas, de la víctima y del asesino respectivamente, que luchan y fatigan por conseguir restituir la dignidad a su prole, viva o muerta. Lola Sepa (Anita Linda) necesita recaudar el dinero suficiente para dar sepultura a su nieto. Lola Puring (Rustica Carpio), costear los gastos para sacar al suyo de la cárcel.

Dos mujeres enfrentadas y unidas por el dominio del instinto. Especialmente por el de esa supervivencia nata que nos retrotrae a nuestros años 40 o 50, a la cinematografía de posguerra, a historias de mujeres sin hombres, a la épica cotidiana de los matriarcados del neorrealismo. Rostros populares que sostienen gestos copiados de la vida hacia la defensa de vínculos y valores ancestrales. A pesar de los claroscuros del alma, el espíritu de Lola defiende, ante todo, el retrato de lo humano.

La beldad de la imagen de ilusión documental es una virtud innegable de este magnífico retablo audiovisual, y queda recogida de modo milagroso en el silencio de los gestos tan minimalistas como cargados de verdad de sus asombrosas y octogenarias protagonistas. No recuerdo haber visto jamás una interpretación de actores tan ancianos.

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Brillante Mendoza nos enseña lo que se ha perdido y se pierde el cine, subestimando el milagro expresivo de un actor pasados los 80, aunque en este caso sucumbamos durante dos horas al milagro expresivo de unos rostros que sólo podemos clasificar de reales. Nadie diría que estamos ante dos actrices que en su tiempo fueron bellísimas starletts de moda. Brillante Mendoza busca la belleza y la encuentra en la senectud de antiguas estrellas, enseñándonos lo que sucede alrededor de algo tan poco usual en el cine como el rostro de la vejez, sus gestos, su sabiduría y su dominio del misterio de la muerte.

Aunque ésta es la primera de sus obras que llega a España, Brillante Mendoza ya había hecho sobrecogedoras incursiones en varios festivales europeos e internacionales. Su película Serbis (2008) fue la primera producción filipina en 24 años a optar por la Palme d’Or en Cannes, y la semejanza de su discurso con el de nombres puntales de nuevas cinematografías como Naomi Kawase o Pedro Costa, ya sitúan a Mendoza a la cabeza de un nuevo cine filipino. Un cine que quiere recuperar, consiguiéndolo, una antigua capacidad de fascinación hacia la imagen.

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En Lola todo late con ritmo propio, y la perseverancia indolora de una cámara al hombro que convive con las luces y las sombras de una realidad pobre, sucia y verdadera, alumbra momentos mágicos en los que se produce el milagro del encuentro de miradas. Uno de ellos, tan simple como unos niños persiguiendo una bandada de patos salvajes. Otra, el careo entre la cámara y el rostro de Lola Sepa capitaneando el cortejo fúnebre que lleva el cuerpo de su nieto por las aguas de una triste y silenciosa barriada. Brillante el modo en que la abuela enseña a los niños el valor de la esperanza en el aleteo de un pescado, o la triste y tierna escena final, en que las antagonistas se encuentran cara a cara para acabar hablando de los achaques de la edad en sus osamentas heroicas, semejantes y anónimas.

A Lola no le sobra ninguna imagen, y su tiempo está mucho más vivo de lo que aparenta. Todo en la puesta en escena de Brillante Mendoza defiende una consciencia humanista, un arte cinematográfico colmado de ritmos cadenciosos donde el plano está diseñado como una especie de canto silencioso a la vida, a la resistencia del cuerpo (y de la imagen) superviviente.

Una letanía diferente, profundamente viva y llena de melancólica poesía, pero que destila una grata, esperanzadora e insólita sensación de belleza. De que el cine, a través de un rostro octogenario, está más vivo que nunca.

Escribe Marga Carnicé

 Título
 Lola (Abuela)
 Título original  Lola
 Director  Brillante Mendoza
 País y año  Francia – Filipinas, 2009
 Duración  110 minutos
 Guión  Linda Casimiro
 Fotografía  Odyssey Flores
 Música  Teresa Barrozo
 Distribución  Golem
 Intérpretes  Anita Linda, Rustica Carpio, Tanya Gómez, Jhong Hilario
 Fecha estreno  04/03/2011
 Página web  http://www.golem.es/lola/