Si Ulises hubiese sido un pez…
Andrés (Santiago Cabrera) es un joven desarraigado que vuelve a su patria tras diez años de ausencia. Convertido en un fotógrafo nómada, su talante bohemio parece indicar que sus 33 años presumen menos pesados que los de los amigos que reencuentra en su breve e intensa vuelta a casa.
Matías Bize nos presenta así su primer largometraje, La vida de los peces. Una película sobre la importancia de la juventud y la tragedia de su pérdida.
Elogiada internacionalmente en su sencillez y sensibilidad, la cinta ha pasado como una de esas piezas que con muy poco consiguen llegar supuestamente lejos en el sondeo de las pasiones humanas. Si bien no hay demasiada profundidad en sus propósitos, el planteamiento del film no es ambicioso y resulta muy fácil empatizar con la tristeza del protagonista.
Con todo, me permito opinar que en cine, no siempre menos es más. Aunque guiñemos al argumento universal en esa mirada triste de hombre sin patria y en esa chica linda de belleza cándida y cara lavada llamada Beatriz (Blanca Lewin). Aunque ella sea como esas mujeres casadas con marineros que tejen y deshacen, como esas mujeres de rima de Neruda, “que gustan cuando callan porque están como ausentes”, no hay épica. Así que mejor no buscarla.
Todos conocemos la importancia del primer amor (o ese amor que se reveló de forma diferente y que sin embargo echamos a perder); del entorno de nuestros rituales iniciáticos, de los cuatro amigos leales e imperfectos que lo componían; de las raíces y las heridas hacia la familia y el lugar donde se nace.
Importancia a la que hay que sumar la angustia de sentir que no escogimos la vía correcta, que nos dejamos tanto por hacer o por decir que no logramos saber si el sitio que definitivamente hemos alcanzado vale la pena. Por una cosa o por otra, la sensación de lamento acaba sumergiendo la película en un lugar donde acabamos compartiendo con los personajes poco más que el aburrimiento.

La verdad es que la sensación más potente que deja el film es la de haber visto demasiadas veces su mismo argumento, en ocasiones anteriores que lo contaron bastante mejor, o quizás con más vocación cinematográfica y menos afectación personal. La crítica ha sido benévola con las carencias de La vida de los peces, y probablemente para no desmerecer una primera obra de un autor que de momento, gracias a la nominación al Oscar y a premios europeos como el Goya a la mejor película hispanoamericana, ya ha despuntado en medio de una cinematografía tan esquiva y poco usual como la chilena.
Bize es audaz a la hora de tratar el tiempo. Una visita relámpago prácticamente grabada a tiempo real, que por un lado nos da la inmediatez de la experiencia real, pero por otro sale perjudicada de un ritmo rabiosamente tedioso, de cortometraje interminable.
Hay, en su favor, un gran acierto, y es el de una apuesta estética que pretende mimetizar la mirada con la visión de una pecera donde varios individuos de colores pálidos sucumben a una inercia errática, a la dictadura de vivir muy lejos del ideal de libertad con el que soñaban una década atrás. Libertad, fuerza, energía, conceptos que parecen haber sido olvidados en ese nadar monótono, en la obligación de la supervivencia dentro de una jaula de paredes transparentes, invisibles.

¿Es esta voluntad de metaforizar la forma del film un reto creativo? Que cada uno juzgue. Yo no pude dejad de ver que la alegoría acuática del film aplasta sus imágenes, reduciéndolas a una factura baratamente digital, a un ritmo más agobiantemente lento de lo que se le puede tolerar a una historia tan mínima. Involuntariamente o no, una luz imparcial se traga todos los colores de esos peces que no recuerdan su juventud o la recuerdan demasiado.
Poca entereza para el relato insípido —y algo trasnochado— del adulto tardío que no acaba de aceptar las consecuencias de antiguas decisiones y circunstancias, la lección de que a la vida hay que echarle coraje, aunque con todo el autor nos brinde una segunda parte un poco más descarnada, excitada y dinámica. Más propia de un protagonista valiente, consciente de que una cara atractiva no es billete suficiente para la inmunidad a la infelicidad.
La falta de garra dramática, la no-épica como convención sería un elogio si no estuviésemos hablando de un minimalismo narrativo ni tan auténtico ni tan logrado como se ha querido ver. No creo que Bize quisiera imitar ni a Rohmer ni al manifiesto Dogma. Demasiados destellos de colores, músicas extrañas y montaje inoportuno para poder pasar como un mensajero de la palabra del hombre al servicio de lo real y de sus sobrias texturas.
Escribe Marga Carnicé
| Título | La vida de los peces |
| Título original | La vida de los peces |
| Director | Matías Bize |
| País y año | Chile – Francia, 2010 |
| Duración | 84 minutos |
| Guión | Julio Rojas y Matías Bize |
| Fotografía | Bárbara Álvarez |
| Música | Diego Fontecilla |
| Distribución | Vértigo Films |
| Intérpretes | Santiago Cabrera, Blanca Lewin, Antonia Zegers, Víctor Montero, Sebastián Layseca, Juan Pablo Miranda, Luz Jiménez, María Gracia Omegna, Alicia Rodríguez, Diego Fontecilla |
| Fecha estreno | 01/04/2011 |
| Página web | http://www.lavidadelospeces.es/ |