El extraño caso de Angélica (3)

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Veteranía amateur

el-extrano-caso-angelica-0Isaac, un joven fotógrafo enamorado de su arte, recibe un curioso encargo a medianoche: inmortalizar el último aspecto de una joven antes de ser sepultada. No es extraño. El cine se ha empapado de los usos rituales de la fotografía decimonónica desde los Lumière.

El protagonista, artista errante, se enamora de la difunta Angélica, efímera musa, al capturar su rostro. No es extraño. El poeta ha buscado en la eternidad imposible junto al fetiche inalcanzable la desdicha necesaria para la poesía desde el Medioevo del amor cortés.

La fantasmagoría de Angélica persigue los sueños de Isaac, atizándole el deseo de la unión amorosa que se irá mimetizando lentamente con el deseo de abrazar la muerte. Tampoco es extraño. No hay más que bucear en los orígenes de la imagen como entidad, en todos los fetichismos de los que nos ha hecho portadores, admiradores y siervos, para encontrar la fragilidad que el arte romántico imprimió en la frontera entre el amor y la muerte, entre lo bello y lo siniestro.

Que Angélica, una Pilar López de Ayala intencionadamente congelada en su sonrisa histriónica, devenga el epígrafe que declina toda la secuencia de imágenes del maestro luso, tampoco es extraño. Nada de todo esto es extraño, sino más bien familiar.

El caso Angélica no es más que ése ensayo iniciático que reside en el alma de todo artista novel admirado por la contemplación de la belleza y la rendición ante su misterio indescifrable. Lo extraño, lo absolutamente insólito y probablemente impagable, ahora sí, es que tal declaración de amor al arte, al cine, y a la belleza, nos venga de la mirada de un autor centenario con edad de desacreditar la existencia en vez de insuflar a una película el aliento de la juventud.

Medio siglo después, Manoel de Oliveira rescata un argumento que en 1952 sucumbió bajo las garras de la censura. Y es que es sabido que en plena posguerra mundial, lo de amar la belleza de un cadáver era poco burgués hasta que llegó Buñuel con la artillería pesada.

Pero quizás es justo ahora cuando mejor sienta este relato en manos del veterano cineasta. Oliveira nos narra, al fin y al cabo, un viaje fantástico de verso romántico que, con mucho sentido del humor, nos viene a decir que la vida y la muerte no son más que la parte de un mismo juego. Lejos de farfullar contra el paso del tiempo y la marcha del mundo, el incombustible portugués le quita hierro a la visita de la muerte, y al tiempo ejerce el ensayo formal, homenajeando esa condición según la que todavía hoy nos admira la eternidad de ciertas imágenes cinematográficas, tan enteras como efímeras, tan lejanas en el tiempo como imposibles de borrar de nuestra memoria.

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Todo el interés apunta a esa condición pura de la imagen genuina, provocada por la huella inconfundible de lo humano, hoy perdida en un mundo sobrecargado de iconos sintéticos.

A partir de este principio soberano de la imagen se enhebra una simbiosis de lo real y lo fugaz: Angélica es una alucinación, pero tiene algo de eterno, de inmortal. Lo real, sin embargo, son esos campesinos que cultivan al sol, ese niño que los sigue con un cántaro, todos ellos tan reales como en vías de extinción.

Siempre amante de la geografía del Duero, Oliveira solapa esta historia fantástica de verdades a un paisaje que no es una negación de la realidad. Es marca del autor que sus películas nos lleven a pequeñas ficciones desde la llanura menos maquillada de la vida. Encontramos sainetes filosóficos en una pensión al uso regentada por doña Justina, la posadera meridional, y debates místicos en esa pequeña habitación de tebeo donde el artista da luz a las imágenes que cobran vida propia mientras en el exterior el ruido del siglo XXI y las canciones de los cultivadores de vid componen una polifonía de ciencia ficción: “extraña realidad”, repite el protagonista.

Por si no quedase claro que Oliveira no sabe lo que es la nostalgia de lo que jamás se hizo, se divierte como un niño dando vida a Angélica en efectos digitales que recuerdan al Viaje a la luna de Méliès y al Hollywood de El fantasma y la señora Muir. Las estampas teatrales, el hiperrealismo y la fantasía emulsionan sin jerarquía sobre ese Portugal de provincias del presente que no reniega de su fealdad, sino que se ennoblece asumiéndola y quedándose en su legítimo lugar de telón de fondo natural.

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¿Acaso todas las visiones pueden ser tan bellas como la propia belleza? Si Oliveira no fuera Oliveira probablemente no veríamos en esa Angélica una belleza pretendidamente manierista: la de la amada ausente, icono de gran fuerza motriz.

El extraño caso de Angélica es una vuelta a la ficción iniciática. La de los grandes temas clásicos, que son clásicos justamente porque grandes autores los trataron con la energía de su juventud para subrayarnos su importancia.

Lo extraño es que sea Oliveira, a sus sorprendentes 103 años, quien ate para nosotros los cabos de un verso de juventud, exhibiéndose en una simpática y lúcida veteranía amateur donde cabe toda la sorpresa pero ningún atisbo de nostalgia y donde la parca no es negra, sino rubia.

Escribe Marga Carnicé

 Título  El extraño caso de Angélica
 Título original  O estranho caso de Angélica
 Director  Manoel de Oliveira
 País y año  Portugal, España, Francia y Brasil, 2010
 Duración  97 minutos
 Guión  Manoel de Oliveira
 Fotografía  Sabine Lancelin
 Montaje  Valérie Loiseleux
 Distribución  Karma Films
 Intérpretes  Pilar López de Ayala, Ricardo Trêpa, Filipe Vargas
 Fecha estreno  20/05/2011
 Página web  http://www.imdb.es/title/tt1282153/combined