La conjunción astral de los dos aspectos aparentemente contradictorios que conforman la última producción del director de la aclamada Entre copas augura un futuro pleno de éxito a su recién vástago cinematográfico: Los descendientes.
Los dos ingredientes básicos forman un cóctel de acrisolada eficacia y prestigio seguro: por una parte, el protagonismo estelar corresponde a un afamado y glamuroso intérprete de la galaxia hollywoodiense, capaz de servir de reclamo para un amplio público que disfruta con el periclitado y agónico concepto de cine clásico, a saber, pasar un buen rato viendo una película que le resulte inteligible y de la cual pueda extraer cierta dosis de crítica moral ma non troppo; un público que paga por ver una pièce bien fait, por aprender (de la vida) divirtiéndose (con los actores, con la historia). George Clooney y sus atractivas sienes plateadas desempeñan a la perfección este cometido.
Por otra parte, un director fajado en el tan joven y ya tan cansado cine indi, en ese nicho de prestigio y ciertas gotas de liberalismo americano que transcurre en paralelo, no en oposición, a la industria dominante, aporta su prestigio crítico, otorgado por la crítica, para conseguir extraer del afamado actor, que se pone entusiastamente a su disposición, una interpretación con visos dramáticos, claro está, que permanecía oculta entre la ganga de papeles que la susodicha industria le obliga a interpretar, pero que ahora refulgirá como un diamante tallado por la inteligencia del director alternativo.
El asunto tratado es el Tema por excelencia: la familia y su difícil estructura; el parentesco y sus relaciones; la vida y su carente manual de uso.
Como aspectos positivos que el director y coguionista Alexander Payne maneja con sutiliza, soltura y elegancia hay que destacar las recurrentes elipsis, siendo la principal el hurtar al espectador las causas, la prehistoria de la situación dramática de que la película parte. Esta sustracción diegética obliga al espectador a la total identificación con el protagonista, a ser copartícipe del viaje de exploración interior que debe emprender a fin de conocer lo sucedido y, por ende, de conocerse a sí mismo.
La focalización recae sobre ese padre atribulado interpretado por Clooney, al cual el director ha sabido utilizar para que muestre sus mejores perfiles interpretativos, controlando los excesos y tics, mejor dicho, encauzando la gestualidad del actor para construir y dotar de profundidad al personaje.
Otro elemento destacable es el espacio donde se desarrolla la acción: las paradisiacas e idílicas islas Hawai, de manera que éstas sirvan como contraste desmitificador y metafórico del infierno familiar que puebla el ánimo del protagonista y de sus hijas: en el jardín del Edén también hay problemas. La indumentaria vacacional de los personajes (camisas estampadas, bermudas, chanclas o pies desnudos, bikinis y bañadores) chirrían con el drama íntimo que los atenaza, al mismo tiempo que lo suaviza, lo desrealiza.
Nos movemos en las ambiguas aguas de lo trágico y lo cómico, y esa ambigüedad, propia de la vida, la utiliza el director para dosificarla de manera que no se carguen las tintas en uno u otro aspecto y se escore la historia hacia lo melodramático, aunque no siempre lo consigue.

Ese retrato de un padre y marido in extremis, a punto de ser viudo, refleja a un hombre atribulado y pasmado; refleja un desconcierto y una desorientación a la que deberá enfrentarse empujado por las circunstancias. La película se estructura como una especie de bajada a los infiernos inducida por el cuerpo moribundo y agónico de la madre, personaje cuyo malestar estaba a punto de estallar (se disponía a pedir el divorcio) y que un trágico y sobrevenido accidente náutico deja varada en la cama de un hospital, en coma. Su atronador silencio es el detonante de la historia.
En un primer momento, se inicia una búsqueda externa por parte del protagonista, que persigue encontrar el origen de sus males en el amante de su adúltera esposa. Su incapacidad manifiesta le obliga a servirse de sus hijas, en especial de la adolescente de diecisiete años rebelde y amargada, pero con un genio y un carácter heredado de su madre. La hija mayor actúa como una especie de Beatriz dantesca. La etapa del Purgatorio correspondería a la presentación inicial de la trama, aquella en la que se nos desvela el falso paraíso hawaiano.
El Purgatorio se inicia con el viaje de la troika familiar en busca del demonio exterior. En este apartado se recompondrán las relaciones, se reconstituirá la familia, aprendiendo el atribulado padre y marido del coraje de sus hijas, en un reconocimiento mutuo, salpicado de destellos de humor por la inmadurez del maduro y la fortaleza madura de los jóvenes inmaduros.
La naturaleza hawaiana se hace omnipresente; las estampas y postales paisajísticas acunan y mecen el peripatético viaje familiar. Una lección de aprendizaje.
El Cielo o Emporio finaliza este recorrido bumerán: se regresa al espacio de partida, en donde se producirá la catarsis y el chivo expiatorio o la cabeza de turco quedan relegados a un segundo plano, tanto por una asunción de responsabilidades, como por la propia materia humana e imperfecta de ese exorcismo del mal externo. Por el final de cierto autoengaño y fingimiento interior.
A ello coadyuva la trama paralela edificada por el director-guionista: el protagonista se atreve a tomar una decisión propia, negándose a participar en un negocio inmobiliario que enriquecería a sus parientes y aún más a él mismo y a sus hijas, pero que repercutiría negativamente sobre la virginidad natural del paraíso que habitan, amén de ser, este reducto espacial incontaminado, una prolongación telúrica del linaje familiar, de respeto por los ancestros y por su propia memoria familiar, por su incardinación en una prosapia de la que él es un simple eslabón más, sin derecho a romper la cadena que lo ata, el vínculo que lo une a la isla.

Para quien esto escribe, cierto tufillo de moralina empaña y perjudica el resultado final. Perjudica el ritmo de la película al hacer visible lo que antes había permanecido oculto, enfatizando las pinceladas sutiles iniciales, propiciando una transformación un tanto forzada.
El director ha dejado caer en algunas entrevistas cierto fondo autobiográfico en la construcción del personaje protagonista (Payne se divorció, sufrió una intervención quirúrgica), con el que se identifica. Esa identificación desprende un aroma de autocomplacencia, de cierto narcisismo, de satisfacción consigo mismo, propio de todo un espectro generacional que ronda la cincuentena. El patetismo del protagonista, su incapacidad para estar a la altura de sus antepasados y su expolio de la fuerza y vigor de sus descendientes por su incapacidad de arrostrar el aspecto humano y afectivo de la relación familiar, supeditándola a su trabajo, quedan atenuados e incluso justificados. De igual modo, lo exótico de la ambientación paisajística va adquiriendo paulatinamente un aroma de discurso pseudoecologista y pseudonewage, conservacionista, que lima los aspectos más acerados.
La secuencia final representa la culminación de la reconstitución familiar: todo el verbalismo y los diálogos acervos del trío familiar dejan paso a un silencio cómplice: el pasmo y la perplejidad y el dolor del rostro del protagonismo devienen serenidad.
Incompleta, con carencias, viendo un programa de televisión sobre lo inhóspito de las condiciones climáticas en la Antártida; interpelando al espectador que ocupa el espacio de la televisión, aun con todas sus insuficiencias, en la unidad familiar se está más calentito que fuera de ella. La manta con la que se recubren los tres es la colcha que ha cobijado la agonía materna en la cama del hospital. Esta metonimia sirve para infundirles el cariño que no han sabido dispensarse. La lección está bien aprendida.
Escribe Juan Ramón Gabriel
Más información:
Crítica de Entre copas (3) de Alexander Payne

| Título | Los descendientes |
| Título original | The descendants |
| Director | Alexander Payne |
| País y año | Estados Unidos, 2011 |
| Duración | 110 minutos |
| Guión | Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash |
| Fotografía | Phedon Papamichael |
| Montaje | Kevin Tent |
| Distribución | Hispano Foxfilm |
| Intérpretes | George Clooney (Matt King), Judy Greer (Julie Speer), Matthew Lillard (Brian Speer), Beau Bridges (primo Hugh), Shailene Woodley (Alexandra), Robert Forster (Scott Thorson), Nick Krause (Sid), Patricia Hastie (Elizabeth King), Amara Miller (Scottie King), Mary Birdsong (Kai Mitchell), Rob Huebel (Mark Mitchell) |
| Fecha estreno | 20/01/2012 |
| Página web | http://www.losdescendientes.es/ |