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Aire fresco para la comedia española
Escribe Marcial Moreno
La última a concurso en la sección oficial en el Festival de Cinema de Comedia de Peñíscola ha sido una grata sorpresa. En los tiempos de penuria que atraviesa el cine español, y muy especialmente la comedia –o lo que se pretende comedia, porque otra cosa es que llegue a serlo– la frescura e inteligencia que destila la última obra de Dolores Payás es una novedad a la que no estamos acostumbrados.
Cuando ya nos resignábamos a contemplar una y otra vez versiones a cual peor de las comedietas televisivas tan en boga, reconforta encontrarse con una obra que contiene originalidad, inteligencia, respeto por el espectador y amor al cine.
En la línea –perdónesenos el atrevimiento– de la comedia clásica americana, el valor más destacable de esta película hay que buscarlo en la mirada ácida que lanza sobre los mitos de lo políticamente correcto de nuestra sociedad. No llega a ser corrosiva, pero sí es descarada, desinhibida y burlona, y la única norma a la que se somete es la del buen gusto. Trata con respeto al espectador, y tiene la enorme virtud de arraigar en la verdadera realidad que nos circunda, sin inventar un punto de partida ficticio al que se intenta colar como real. Por una vez, el espectador se ve reflejado en la pantalla, y esa es una condición imprescindible para que lo que cuenta llegue a interesar.
Si el cine español (que también recibe su aguijonazo en la película) quiere llamar la atención del público (zafiedades al margen), no le queda más remedio que atenerse, sin prejuicios ni corsés, a lo que hay, guste o no.
No se trata, claro, de una película perfecta. Abusa en ocasiones del subrayado, o algunos chistes se ven venir desde demasiado lejos. Y sobre todo, le falta eso que los clásicos americanos sabían hacer tan bien, aunar la historia sobre la que se articula la película, que aquí resulta un tanto pobre, con la mirada descarnada a los aledaños de la trama. Pero posee la virtud de construir unos personajes muy sugerentes, de mantener un muy buen ritmo durante casi todo el metraje, de estar plagada de detalles muy divertidos y, como decíamos, de no arredrarse ante nada ni nadie.
Decía la directora al presentarla, antes de la proyección, que todo el equipo se había divertido mucho haciéndola. Se nota, como se nota el amor al cine y el conocimiento de su historia que Dolores Payás posee. El cine americano clásico, pero también Berlanga y hasta Buñuel (o si no, ¿a quién nos remite el omnipresente mariachi?) se dejan adivinar en diversos momentos.
Le queda ahora lo más complicado, abrirse camino en las salas, vencer la reticencia con la que el cine español se encuentra, convencer a un público que en excesiva medida se ha dejado embrutecer por productos deleznables. No será tarea fácil, aunque cuenta con la importante baza de Victoria Abril, tan espléndida como siempre.
Al menos durante la proyección en Peñíscola, sumamente concurrida, las risas no cesaron, y al final fue reconocida con sinceros aplausos.
