EE.UU. y el resto del mundo
Escribe Daniela T. Montoya
Harold D. Lasswell, teórico de la comunicación de masas, advertía del peligro de una sociedad aislada psicológicamente, ya que es más fácil de controlar (y homogeneizar) a través de un uso manipulado de los medios de comunicación.
Y es curioso que las dos películas estadounidenses que participan en esta edición de la Seminci, a pesar de sus diferentes estilos, tengan un fondo común. Tanto The guitar, película urbanita sobre cómo una esnob encara la muerte, como The Loss of a Teardrop Diamond (La pérdida de un diamante lágrima), romance en el Memphis de principios de siglo XX, ambas coinciden en un tratamiento irritantemente infantilizado de los personajes.
Por el contrario, el germano Tom Schreiber, con Dr. Alemán, demuestra cuán enriquecedor es abrirse a otras realidades. Y precisamente ese es el objetivo que persigue un festival como el de Valladolid: darnos la ocasión de ver otras formas, otros discursos, otras perspectivas que nos engrandezcan como personas.
Dentro de la programación de la Seminci se ha reservado un hueco a pases “especiales”. Fue ayer El Golem (Paul Wegener, 1920), hoy Bu san / Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-Liang, 2003), y mañana será Metrópolis (Fritz Lang, 1927) las películas que, mediante el acompañamiento musical en vivo, permiten que los espectadores recuperen la experiencia originaria del visionado del “cinematógrafo”.
Por otro lado, la savia nueva que sale de la escuela de cine de Madrid (de la ECAM) también aprovechó el espacio que les brindaba el festival para mostrar sus trabajos. De esta forma, clásicos inolvidables y futuro prometedor se aúnan con el cine más actual que se proyecta en el Teatro Calderón y demás salas de la capital vallisoletana.
Dr. Alemán (Dr. Alemán)
Dirigida por Tom Schreiber
Formado en la escuela de cine de Cuba, la misma por la que pasaron Jaime Rosales y Benito Zambrano, Tom Schreiber imprime sincero realismo a su segundo largometraje Dr. Alemán.
Película aberrantemente directa, no se anda con tapujos ni paternalismos a la hora de retratar, mediante la ficción, los conflictos entre las bandas que se enzarzan en una guerra por imponer el orden en el monte Siloé. Conocida por la violencia incrustada en sus chabolas, es un lugar donde las balas y los tiroteos son el pan de cada día.
Pero Schreiber no se queda en el mero retrato social, como el que ya quedó reflejado en La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, 2000). El director germano introduce un elemento externo (un europeo desacomplejado) cuyo proceso de integración en la vida de la ciudad colombiana añadirá un plus de interés a esta radiografía humana.
El doctor protagonista del filme es Mark, un joven descarado que ha heredado el oficio de toda la familia. Recién salido de la facultad de medicina, elige para hacer las prácticas un hospital público de una zona famosa por su peligrosidad. Como un mochilero de Erasmus, aterriza con la desinhibición característica de quien se siente libre para entregarse a experiencias desenfrenadas. Mark ya no está en Alemania, donde la gente no corta el césped los domingos por la mañana porque una norma lo prohíbe. Pero en Cali ya no hay moral ni ley.
Schreiber imprime a esta cinta el ritmo desenfrenado con que Mark se lanza a devorar la vida sin límites. Desvinculado de la familia, sin preocupaciones ni responsabilidades, los sicarios son mitos lejanos para el llamado “doctor(cito) alemán”. Drogas, sexo y alcohol están a su plena disposición. Mientras que las balas son trofeos por la labor que desempeña. La muerte, a pesar de su trabajo, le queda lejana; pertenece a los chavos que se tirotean por las calles, mera carnaza con la que los gringos pueden practicar sin temor a fallar.
Sin tapujos, el sagaz Schreiber destila crítica transcultural hasta que Mark da un sonado traspié en su vida libertina. Guste o no, hay una normas subliminales. El andar de Mark, al igual que el ritmo de la película, se vuelve más cauto a la vez que cobra intensidad dramática.
The Loss of a Teardrop Diamond (La pérdida de un diamante lágrima)
Dirigida por Jodie Markell
Un melodrama meloso es lo que ha resultado del primer largometraje de la actriz, metida a directora, Jodie Markel. Supuestamente basada en un guión inédito de Tennessee Williams, La pérdida de un diamante de lágrimas es una pantochada soporífera.
Con demasiadas similitudes a la conocida serie de televisión Dallas, Markell traslada a su ciudad natal, Memphis, la historia de la jovencita irreverente Fisher, hija de un adinerado terrateniente sin escrúpulos. Con el único objetivo de asistir a todas las fiestas sociales que organizaba la aristocracia campestre de principios de siglo XX, Fisher se encapricha con el atractivo Jimmy, hijo de uno de los jornaleros de su padre, para que le acompañe haciéndose pasar por hijo de un gobernador. Una vez planteada la trama, la directora novel da rienda suelta a las pasiones sobredimensionadas que, si le hubiera dado un tono cómico, al menos tendrían una razón de ser.
Los fallos en La pérdida de un diamante lágrima con estrepitosos. Salvo por el tratamiento técnico, resulta una narración muy próxima a las películas producidas para televisión. A los instantes exageradamente melodramáticos, con “extasiantes” momentos de sufrimiento interno, hay que añadir la absurdidad a que ha quedado reducido el guión, y el acartonamiento de los personajes.
Un príncipe azul impávido, con músculos de gimnasio, es metaforseado al mudar sus harapos por esmoquin; una tía millonaria y solterona, cuya enfermedad abre la posibilidad a recibir una suculenta herencia (siempre que se le engañe para ello); un padre alcohólico; una protagonista incomprendida, pero tan histriónica como codiciosa y falsamente solidaria; la amiga laboriosa y la pérfida ladrona de novios.
¿La historia? En la línea de los cándidos líos amorosos entre adolescentes de instituto, con reacciones desproporcionadas y cambios de actitud según sople el viento, pero sin el más mínimo interés.