Recomposiciones de la realidad
Escribe Daniela T. Montoya
Llegada a la medianía del festival, parece que se produce un decaimiento de ánimos (que, por cierto, suele ser habitual en cualquier festival que se tercie). Quizás donde más se dejó notar este bajón fue en la sección Una parte del cielo, en donde la arribista Aneta Lesnikovska, en Does it Hurt? The First Balkan Dogma, evidencia cuán larga (y oscura) es la sombra del señorito Trier; mientras que la danesa Natasha Arthy con Figther (2007) reinventa las películas de The Karate Kid (de John Avildsen, 1984, 1986 y 1989) con protagonista fémina y trasfondo de choque cultural.
Sin duda, en estos días intermedios los platos fuertes vinieron de la mano del documental.
Joana Hadjithomas y Khalil Joreige atacaron de nuevo con Le film perdu (2003), donde investigan cómo puede haberse perdido una de sus películas, con el volumen y peso que suponen, en un lugar donde el tipo de cine que ellos realizan no es precisamente una desbordante fuente de ingresos.
Entre tanto, el ciclo Utopía Yanki sigue contribuyendo con curiosas construcciones, como Human Remains (1998), en la que Jay Rossenblatt utiliza imágenes de archivo para reconstruir con ironía el lado “humano” de los dictadores Hitler, Stalin, Mussolini, Mao y Franco; y el falso documental La trinchera luminosa del presidente Gonzalo (2007), en donde Jim Finn, guardando algunos paralelismos con los trabajos de Joan Fontcuberta, flirtea con la parodia de los discursos audiovisuales propios del contexto comunista. Tendremos más dosis de este simpático director con las películas Interkosmos (2006) y The Juge Idea (2008), en los que sigue con la misma temática aunque variando el punto de origen (activistas de Sendero Luminoso en Perú, la Alemania del Este durante la Guerra Fría y Corea del Norte). El pequeño imprevisto del Festival fue la suspensión del pase de An Injury to One (de Travis Wilkerson, 2003) a causa de un fallo técnico en el proyector de 16 mm.
Asimismo, continuaron los rescates de películas renombradas, como A zona (2008), del portugués Sandro Aguilar; la Palma de Oro en el pasado Cannes Entre les murs / La clase (Laurent Cantet, 2008); y La ciénaga (2000), película imprescindible en la retrospectiva dedicada a Lucrecia Martel
Y en la Sección oficial, sin duda, ha sobresalido con motivo Afterschool.
Afterschool
Dirigido por Antonio Campos
¿Puede llegar la falsedad a suplantar la realidad?
En poco más de un siglo desde que se inventó la fotografía, la antropología ha comprobado cómo, mediante la selección del tipo de fotos, se conforma el recuerdo. En los álbumes familiares no tienen cabida los momentos tristes, ni deprimentes, ni catastróficos. Las primeras fotos de familia apelaban al orden, con una pulcra composición y vistiendo los protagonistas con las mejores galas. Se hacen fotos de cumpleaños, bodas y celebraciones en general, pero no se lleva la cámara al hospital o a un funeral.
De igual manera, una vez inventado el vídeo casero, familias como los Friedman (Capturing the Friedmans, de Andrew Jarecki, 2003) grababan las delicias de la vida familiar acomodada. Los dramas familiares, las desavenencias de pareja o los maltratos no se fotografían/graban para que queden en la posteridad. Seleccionamos el recuerdo que queremos tener. Esta idea es el poso que queda en la interesante Afterschool.
Estadounidense avispado, Antonio Campos se enclaustra, en Afterschool, en un internado para retratar la juventud de la generación YouTube. Allí, los chavales disfrutan con total libertad la amplitud del campus y del espacio virtual sin límites al que acceden con las nuevas tecnologías. Después de las clases, tienen posibilidad de experimentar con todo, desde practicar deportes hasta iniciarse en el sexo, pasando por catar todo tipo de drogas y/o hacer talleres de cualquier tipo.
En principio, no hay nada nuevo a lo que podía pasar hace años. Pero Campos introduce un elemento de actualidad: las nuevas tecnologías. Con la accesibilidad a los sistemas móviles de grabación de imágenes, y la facilidad de difusión por la red global, surge la fascinación por “lo impactante”. Fascinación que da lugar a un cúmulo inconexo de imágenes sobre aquello más desproporcionado, más duro, más salvaje, más descarado, más cruel. Pero, en la película de Campos, hay un joven que se planta, que se cansa de “jugar” a mirar. Es Robert, el héroe involuntario que rompe con la rutina del deslumbramiento visual.
Argumenta el joven director de Afterschool que su intención con esta película es denunciar (o, al menos, evidenciar) la parálisis social ante la atrocidad. Para ello, se basa en esas imágenes-documentos, que circulan sin cesar por Internet, en que jóvenes se pelean ante grupos de gente que no sólo no intentan frenarlos, sino que sacan sus móviles para grabarlos. En la película de Campos, será Robert quien empuñe la cámara para, con la excusa de realizar un documental sobre la escuela, grabar en un pasillo cualquiera la inesperada muerte de dos hermanas gemelas. Las gemelas más celebres del instituto, tanto por su belleza adolescente, como por su adicción a las drogas.
El planteamiento de Campos, en principio, no aporta nada que no se sepa ya. Como tampoco está demasiado presente esa idea de las verdades múltiples, por cierto, mucho mejor expuesta por Egoyan en Adoration (2008), comentada días atrás. Sin embargo, lo verdaderamente rompedor de Afterschool comienza precisamente en este instante, Robert se ha cansado de ver animaladas por Internet, las gemelas mueren y el tutor del taller audiovisual en el que participa susodicho alumno reconduce la temática para convertirlo en un vídeo conmemorativo de las fallecidas.
Robert se lanza en búsqueda de testimonios, pero es difícil comenzar a hablar cuando uno se ha habituado a mirar. Desde el púlpito civil de quien dirige el ideario de la institución docente se plantea poner normas, establecer algunos límites (como los registros de bolsas, que tanto recuerdan a los controles de seguridad en los colegios estadounidenses) para hacer de la escuela un lugar más seguro; pero el psicólogo tiene claro que no hay certera voluntad de querer erradicar el problema. Obviamente, según este último, el trabajo debería estar encaminado en la búsqueda de valores, que les permitan enjuiciar por sí mismos las acciones que realizan, y no simplemente normas que prohíban actitudes concretas.
Y el primer montaje que realiza Robert confirma el convencimiento del psicólogo de que no se quiere afrontar el problema. El vídeo contiene escenas de la madre de las gemelas llorando, y un padre furioso buscando un culpable, y amigos que son incapaces de articular una palabra. En resumen, una atrocidad de homenaje que, para colmo, “no tiene ni música”, como le grita el tutor a Robert. Hay que volver a montarlo. Y esta vez sí, con música. Una dulce canción de cuna adorna los cortes de bellas palabras sobre las gemelas: eran las más bellas, las más abiertas, las más simpáticas. Todo es encantador y, por tanto, constituye un bello homenaje con el que se recordarán a las gemelas, no tal como eran, sino como el conjunto de la escuela quiere recordarlas.
9 mm
Dirigido por Taylan Barman
Con 9 mm, el director autodidacta Taylan Barman demuestra que sabe buscar contenidos de relevancia, aunque su construcción narrativa resulte demasiado virtuosista para el drama que aborda.
Partiendo del domicilio de una familia compuesta por matrimonio e hijo adolescente, los hilos narrativos se disgregan siguiendo los avatares de cada uno de estos tres miembros. Ella, Nadine, inspectora de policía, está dolida por la traición (entre dejadez y cuernos) de su marido; él, Roger, bombero retirado, a causa de un accidente laboral que le ha provocado una minusvalía, arrastra su vida por las profundidades de la depresión; el hijo retraído, Laurent, sobrelleva con hastío el distanciamiento entre sus padres.
La cámara persigue a cada uno de los protagonistas a lo largo de un día común. Sin interferir en sus acciones, les acompaña en una intervención policial protagonizada por Nadine, deambula sin rumbo junto a Roger, y corre junto a Laurent cuando huye de la policía tras hacer unos grafittis. Son planos largos que se van engarzando a medida que transcurren las horas.
Pero, además de estas observaciones próximas, los cruces de caminos entre sus vidas nos llevan a ampliar la información que tenemos cuando se miran entre sí. La casualidad hace que, unos a otros, se analicen mutuamente sin que el observado se dé cuenta. Mediante esta fortuita mirada espía, a lo que hay que unir un montaje en que no pocas veces las consecuencias anteceden a la causa, Barman genera el halo de intriga que envuelve 9 mm.
El problema es que la intriga generada no culmina satisfactoriamente. Pronto, el espectador tiene total conocimiento sobre las heridas de esta familia, con lo que el interés se traslada a saber cómo ellos las cerrarán cuando se conozcan mejor. Pero ese enfrentamiento, con los pesares internos y el resentimiento, queda tan sólo esbozado.
Eldorado
Dirigido por Bouli Lanners
Resulta extraña esta película francobelga, aunque no tanto como la chorrada Louise-Michel (B. Delépine y G. Kervern, 2008), también co-protagonizada por el director de Eldorado, Bouli Lanners. Lanners se pone también delante de la cámara para interpretar a Yvan, un cuarentón que vive trasteando con coches de época en una zona rural de Bélgica. Su rutina la romperá Elie, un joven apocado que ni a la hora de robar logra infundir respeto. Su absurdo encontronazo dará pié a una road movie en la franqueza, y algo de mística, se mezclará con lo delirante. Y ahí es precisamente donde tropieza Eldorado.
Lanners escribe un guión que ahonda en la generación (y cuidado) de lazos familiares y de amistad, pero en el que salen a flote grumos de hilaridad que distorsionan el discurso. Dejando a un lado los freakes que se cruzan en su aventura, es sorprendente lo sutil que es Lanners a la hora de exponer el vínculo afectivo que les une. ¿Se puede adoptar un hermano que ha fallecido? Según el director belga, al menos se puede intentar. Y eso es lo que hace Yvan acompañando a Elie en su travesía personal para recobrar su dignidad.
La comicidad de sus peculiares hazañas, como robar en un establecimiento vacío o refugiarse de una tormenta en una caravana, eluden el tono melodramático con que normalmente se narran las historias asociadas a yonquis. Mientras, son pinceladas casi imperceptibles las que van desvelando la quemazón. Por ejemplo, que es inevitable conocer el himno nacional si la autoridad (en forma de padre militar) se impone desde la infancia; o que trabajar la tierra no sirve únicamente para adecentar la imagen del huerto; o que animar a comer un sándwich no sólo es una manera de fortalecer el físico. Incluso tienen cabida las reminiscencias metafísicas aludiendo a un dios o algo superior que, tal cual mueve las nueves del cielo, es el responsable último que impone el destino al que no cabe más que resignarse. Eldorado seguirá siendo ese vago recuerdo de infancia, infancia perdida.
Liverpool
Dirigido por Lisandro Alonso
Hace dos años, con tres largometrajes en su haber, el Festival de Gijón dedicó una retrospectiva a Lisandro Alonso. En esta 46 edición, el equipo que dirige Cienfuegos, en su entusiasmo por traer los lenguajes más novedosos que se están realizando desde el otro lado del charco, han incluido en la Sección oficial la última película del director argentino: Liverpool.
Con una composición de planos tremendamente delicada, Alonso nos cuenta la historia de un marinero, Farrel, quien, aprovechando la proximidad a un puerto próximo a su ciudad natal, desea ir a visitar a su madre. Así, por lo que planea serán sólo unos días, abandona el mercante en donde trabaja y vive desde hace quizás demasiado. Sin más ambages. Farrel mete en un petate los pocos enseres de su camarote y desciende a tierra.
Plagado de silencios, Alonso se pasea por los paisajes desangelados de la convivencia humana. Ambientado en una naturaleza gélida, con la tierra totalmente nevada, la frialdad más hiriente proviene del desafecto. ¿Por qué Farrel decide acercarse a su familia para confirmar(les) que seguirá distanciado?
Quizás el fin último no sea visitar a su madre sino comprobar, tras los muchos años transcurridos desde que se fue, que todo sigue igual. Que ahí, en el poste de la portería, sigue la muesca con la que marcó su presencia de niño. O constatar que su madre aún se acuerda de él. Por tanto, una vez cerciorado de que su recuerdo sigue vivo en esa tierra inhóspita, antes de marchar opta por dejar otra marca que mantenga latente su memoria. Un llavero con las letras «Liverpool», algo tan ajeno al entorno como el propio Farrel.