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Servicio público
Escribe Ángel Vallejo
Uno debería comenzar a sospechar de las poderosas influencias de determinadas corporaciones cuando constata que el más importante de los documentales de Michael Moore no ha encontrado distribuidora en muchos países (entre ellos España) desde hace dos años y hasta la fecha.
¿Acaso la gente no ve documentales? Las cifras de recaudación lo desmienten. ¿Resulta aburrido un tercer documental de Moore en tan poco tiempo? Aquél que contestase afirmativamente la cuestión debería entonces asumir que los distribuidores ni siquiera ven las películas que comercializan, porque de seguro nos hallamos ante la más seria, pero a la vez más mordaz y ocurrente de todas las realizaciones del chavalote de Flint, Michigan. ¿Le ha dado la espalda la industria? Puede que fuera el caso, pero el hecho de menospreciar una película cuyo autor opta por tercera vez consecutiva al Oscar debería hablarnos de la ceguera de ciertos ejecutivos que no vieran en ese hecho un valor seguro, toda vez que la verdad que se oculta tras sus fotogramas sea muchísimo más incómoda que la del ex-vicepresidente Al Gore, que a la postre acabó llevándose un galardón más trufado de propaganda que de talento.
No, uno no puede dejar de ver la mano de oscuros intereses tras esta aparente censura, pero acaba disipando un temor que ha durado dos años cuando se da cuenta de que alguien ha tenido la lucidez suficiente como para reconsiderar este error. Llega por fin a las salas una pequeña obra maestra de la que no debiera prescindirse en los archivos de las escuelas de cinematografía, en los de los colegios de médicos o en los de los colegios a secas.
De los primeros, porque Sicko constituye todo un ejemplo de cómo debe rodarse y hacerse un documental (incluso Moore corrige parcialmente su tendencia a aparecer demasiado frente a las cámaras, aunque no deje nunca de hacerlo del todo); de los segundos, porque alguien tendría que recordarle constantemente a los médicos que no debe violarse el juramento hipocrático; y de los últimos, porque nuestros hijos deben saber en qué consiste exactamente el (mal) sueño americano y que aquí viven en un lugar en el que, de momento, la sanidad es pública y universal, y ese es un bien que no debemos menospreciar intentando imitar a los estadounidenses.
De muestra, una píldora
¿Y qué nos dice Sicko sobre el sistema de salud del país de las libertades? Que precisamente esa aplicación de la libertad económica en algo tan delicado como la atención sanitaria ha acabado enfermando el sistema, dejando la vida de millones de seres al albur de la codicia de las grandes empresas aseguradoras, farmacéuticas e incluso de los congresistas que juraron defenderlos y acabaron trabajando para ellas.
Moore no tiene nada más que hacer que presentar cifras, poner cara a esas cifras y dejar que cada uno saque sus conclusiones, que acaban siendo devastadoras, trágicas, inconcebibles.
Pero esta película va mucho más allá; realiza un profundo trabajo de investigación, aporta documentación que imaginamos clasificada (cintas magnetofónicas del despacho oval ocupado por Nixon), acusa con nombres y apellidos, analiza causas y consecuencias y, por último, realiza comparaciones entre la civilización y la barbarie, o lo que es lo mismo, Europa y Canadá frente a los Estados Unidos, haciendo gala de un humor negro, irreverente, pero a pesar de todo encantador y sobre todo, efectivo. ¿Es eso todo? No, todo no, porque aún hay una pequeña isla que resiste al invasor, un supuesto paraíso socialista que apenas dista unas millas náuticas del infierno estadounidense… la República de Cuba.
Si ustedes se preguntan por qué no le he puesto un (5) a este documental, he aquí la respuesta: Michael Moore es un delicado manipulador. Unas veces se nota más que otras, hace más gracia que otras o puede considerarse más necesario que otras… al fin y al cabo, en ocasiones el fin justifica los medios. Pero lo que no es de recibo es que se nos presente a los presos de Guantánamo como terroristas exquisitamente atendidos o que se le permita a Castro anotarse un tanto propagandístico de tal calibre.
Es cierto que el ejemplo cubano viene al caso, sobre todo después del impecable análisis al que somete al subconsciente estadounidense y su miedo al socialismo (uno de los momentos más divertidos del filme, con la aparición estelar de Ronald Reagan), pero ¿acaso no imagina Moore que la atención dispensada a sus rescatistas estadounidenses en un hospital de la isla no es la misma que recibirían la mayor parte de los cubanos? Y si lo sabe, ¿por qué no se permite mostrar que allá también existen miserias, aunque en su mayor parte puedan deberse al brutal embargo al que su propio país somete a Cuba?
Un borrón en un ejercicio de estilo y contenido casi perfecto, imprescindible y memorable, un resbalón sin consecuencias, entre otras cosas porque casi seguro que Michael Moore cuenta con una adecuada atención sanitaria o al menos, con una abultada cuenta corriente que le permite sufragar los gastos de la suya propia… e incluso la de sus enemigos.
