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El portal del belén
Escribe Juan Ramón Gabriel
El cambio de registro formal del último filme de Sam Mendes responde más a una simple transformación del maquillaje genérico que a una profunda y verdadera inflexión en su modo de representar. Frente a una opulencia retórica como sello distintivo de sus anteriores películas, ahora se decanta por una sencillez natural, desnuda y desprovista de todo el aparato propio de la industria dominante. Sin embargo, si antes la riqueza estilística disimulaba una pobreza congénita, ahora la pobreza explícita muestra, con mayor énfasis, lo retórico, hueco y falso de su pretendida desnudez, siendo incapaz de construir un buen y sincero relato tanto en la riqueza como en la pobreza.
Si además, como es el caso, las ínfulas de trascendencia aparecen doblemente reforzadas; si el mensaje y la tesis por su carácter de imperativo categórico moral (nada más ni nada menos que la sujeción de la felicidad y su permanencia frente a cualquier avatar) se convierten en una letanía que los personajes rezan a cada paso como conjuro para exorcizar el peligro que acecha su condición beatífica, sin dejar un resquicio para la duda, el error o, incluso, la tentación-pecado, al espectador sólo le queda asentir mientras el malestar va apoderándose de él, de manera inversamente proporcional a la buenaventura en la que se recrean los protagonistas.
La etiqueta indi se ha convertido en un estigma del que cabe empezar a huir, pero en el que Mendes se regodea, asumiendo su condición gustosa de indi estigmatizado; es más, incluso porfía en la estilización de la marca: unos personajes vestidos con cierto desaliño indumentario, mitad al estilo grunge, mitad con resabios hippies; con el pelo sucio, largo, suelto y natural; con una poblada barba y unas gafas de pasta que no se quitan ni para dormir; con unas almas puras, auténticas e incontaminadas; con una comunión total con el entorno (casa en mitad del campo, del bosque, con aires de cabaña); con unas prácticas sexuales que superen la mera cópula o penetración (el sexo oral como síntoma de sofisticación, a la par que las consabidas copas de vino, aunque también aparece la cerveza: símbolo de autenticidad frente al rígido y cortés vino); con un desapego por el vil metal digno de un franciscano, puesto que ni tienen problemas de trabajo ni de dinero, algo demasiado material y que empañaría el aroma de espiritualidad que se debe respirar; con unas relaciones familiares aceptables, sin causar traumatismos, a pesar de que no estén a la altura de lo deseado por ellos, debido a la banalidad de los demás, claro.
Y la aportación del propio Mendes: un matrimonio racialmente mixto, aunque la negritud de la mujer hay que observarla con lupa, bien a través de una ironía de su suegra ("¿La niña será morena como tú?"), bien con el contraste con su hermana, que no deja lugar a dudas. Amén de, tras esta original aportación, el meollo del guión, el catalizador: la inmaculada concepción de la mujer y el problema de encontrar un belén-Belem adecuado para dar a luz. Con mayúscula por el espacio físico y simbólico: esta búsqueda estructura la narración en una road movie episódica, correspondiendo a cada etapa un jalón simbólico y propedéutico en el periplo que han emprendido.
El viaje se inicia en Colorado, lugar de residencia elegido por la pareja protagonista, Verona y Burt, treinta y cuatro y treinta y tres años, respectivamente, por estar allí el hogar de los futuros abuelos paternos. Tal propósito residencial se esfuma de súbito, cuando los abuelos deciden emprender una larga estancia de dos años en Bélgica, proyecto vital que albergaban desde hace quince años y que ahora, egoístamente para Verona y Burt, deciden llevar a cabo. Aquí ya se nos aparece la inconsistencia de estos padres primerizos, su falta de independencia, su peterpanismo o, según el director, su necesidad de contar con sólidas raíces familiares.
De este desfase, surge la desorientación narrativa y vital de la película. O aceptamos a pies juntillas lo inaceptable, la estupidez de los protagonistas trasmudada en bondad, o no podemos soportar lo que se nos viene encima. Estulticia de la que los protagonistas son conscientes, pues su diálogo inicial versa sobre su condición de "pringados". Demostrarse a sí mismos que no lo son, junto con el embarazo de Verona que les otorga estatus de padres putativos, in work, son dos leitmotivs añadidos a su viaje.
Es decir, Burt y Verona quieren un belén, con minúscula, un hogar, cuyo modelo no tienen claro por no confiar en sí mismos, por sus propios miedos interiores, sus dudas e inseguridades. En la persecución de ese ideal familiar se embarcan, por tierra y por aire, aprovechando el director para deleitarnos con una serie de estampas paisajísticas de la Norteamérica profunda (carreteras, naturaleza desértica inabarcable, amaneceres y anocheceres sublimes), meras estampitas turísticas, souvenirs narrativos-descriptivos.
Como posibles belenes-hogares, hay una exposición, guiada por los lazos afectivos que les unen a los protagonistas, de posibles candidatos.
En Phoenix, la antigua jefa de Verona: su matrimonio se reboza en el alcohol que constantemente ingiere su marido y en la obesidad silente de sus hijos, aparte de en su propia histeria-neurótica. Este modelo no sirve, aunque nos quedamos con la frase que pronuncia Lowell, en medio de su ebriedad: "Este país se ha ido a la mierda, pero es nuestra mierda y todas las moscas se arremolinan a su alrededor". Cuña política.
En Tucson (Arizona), trabaja la hermana negra de Verona, soltera que envidia la situación de su hermana: embarazada y con un hombre estupendo. Ambas hermanas rememoran, dentro de la bañera de una tienda, su idílico hogar familiar, esfumado por la muerte de sus padres. Aún conservan la casa de su infancia, el núcleo originario, al que deberían volver o al menos visitar. Aquí ya se intuye una posible solución al desarraigo de los nómadas protagonistas.
La siguiente etapa discurre en Madison (Wisconsin), donde reside una prima de Burt, profesora universitaria y epítome de los "radicales" norteamericanos: una caricatura de los modos y ademanes de épocas pretéritas: feminismo, anti-educación, hinduismo. La intelligentsia tampoco sirve: aun está más desorientada y extraviada que los protagonistas.
Los siguientes jalones se desarrollan en Montreal, donde unos antiguos compañeros de universidad han fundado una especie de nueva familia Trapp, cuya felicidad aparente esconde su frustración por no poder concebir hijos propios, y de ahí se desplazan a Miami, donde el hermano de Burt acaba de ser abandonado por su mujer y no sabe cómo comunicar tal hecho a su pequeña hija.
Esta galería de personajes sirven al director para mostrar un sarcasmo sin ningún tipo de gracia, patético, de trazo grueso por el carácter de caricaturas con que dota a los personajes, combinando situaciones pretendidamente cómicas con otras pretendidamente dramáticas, en una especie de salsa agridulce indigesta.
Decepcionados y a punto de aceptar la derrota en su búsqueda indagatoria, Verona y Burt se comprometen a sí mismos en la escena culminante de su amor: se cuidarán, no se abandonarán, se querrán…, en un remedo de casamiento performativo en el que fundan y encuentran su fuerza interior. Ya seguros de su propia energía vital, descubren el paraíso terrenal que andaban buscando en la casa familiar de Verona, a la que regresan y donde se instalan. La raíz originaria será el terreno abonado donde fructificará su amor y nacerá su hijo. Una casa en medio de la naturaleza y a orillas del Mississippi, nuevo Jordán para la nueva América de Obama, para los refundadores de una nueva-vieja gran nación.
En fin, a pesar del cambio de look, alguien debería decirle a Sam Mendes que el rey está desnudo, que los nuevos ropajes no disimulan su desnudez creativa.
