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¿Bond? ¿James Bond?
Escribe Luis Tormo
En 2008 el personaje de James Bond cumple 46 años en la pantalla de cine. Desde 1962, primera aparición cinematográfica del espía inglés basado en las novelas de Ian Fleming, la serie se ha mantenido viva gracias a la creación de un universo que dotó al personaje del carisma y la vitalidad necesaria para aguantar casi cinco décadas. Todo el proceso fílmico, desde el guión a la producción, se adapta al milímetro al personaje, de tal forma que se han definido una serie de constantes: rasgos y conducta (independencia, libertad, elegancia), tipología de los personajes (las chicas, los malos, M, el inventor, etc.), escenarios y localizaciones (paisajes de gran belleza, países exóticos) que han dotado al personaje de vida propia.
La serie ha sobrevivido a dos temas que podían haber socavado la estructura que la soportaba: el recambio de los diferentes actores que han encarnado el personaje (cinco ya) y la transformación de la sociedad política que la vio nacer (el enfrentamiento de bloques de los años 60 que dividía el mundo entre buenos y malos). Lo cierto es que la realidad rescató a la ficción a través de acontecimientos como los que vivimos en el año 2001 (terrorismo internacional, atentados…) donde se escenificó otra vez la pervivencia de esa dualidad entre lo bueno y lo malo (la realidad imitando al arte) y donde la figura de una organización o villano que era capaz de poner en jaque el orden mundial volvía a ponerse de relevancia.
Bien es verdad que el recambio en el papel principal, dentro de la rigidez que hemos explicado en el párrafo anterior, introduce aspectos que modelan el resultado final de los filmes en función de las características emocionales y físicas de cada actor; por ejemplo, la imagen de Roger Moore contribuyó a “infantilizar” el personaje y facilitó su adaptación a un público de todas las edades respecto a la etapa de Sean Connery.
En este sentido la aparición de Daniel Craig en Casino Royale (2006) introdujo cambios importantes que ahora parece que se confirman. De hecho, Casino Royale quería retornar al origen del personaje, se utilizó otra vez la novela original de Fleming y Craig aportaba la fortaleza física y la dureza que recordaba al Bond original (ese Sean macho man Connery), a la vez que lo intentaba hacer más humano, en el sentido de que sufría como el que más.
Sirva esta introducción para remarcar que en Quantum of Solace (otra vez con guión de Paul Haggis) se continúa en el proceso de desvestir el mito para despojarlo de sus características habituales, dejándonos a un personaje más cercano a la realidad. Pero a diferencia de Casino Royale, en este filme se cruza el límite del territorio Bond para adentrarse en otros caminos que nada tienen que ver con el modelo establecido. Y es que en esta continuación del anterior (la sed de venganza por la muerte de Vesper inspira el argumento de este nuevo Bond) se empieza a apreciar un cambio real en la definición del personaje y que se extiende al concepto global del filme.
¿Qué significa esto?
Fundamentalmente dos cosas, primero que en ese afán de representar a Bond como un personaje real se pierde el referente y Bond empieza a recordar a otros personajes que ya hemos visto en la pantalla (desde El fugitivo hasta el Matt Damon de la serie Bourne). En esa línea de hacer el personaje más creíble a los ojos del espectador se sigue el camino marcado en Casino Royale. Ahora el agente inglés sufre los golpes como los demás, y si en Casino Royale fue humillado (en sus partes nobles) por el villano, en esta reciente producción la imagen (hasta ahora impoluta de Bond) se ve lacerada por los encontronazos que sufre y hace que parezca que en lugar de estar dirigido por Marc Forster lo haya dirigido el Mel Gibson de La pasión de Cristo.
Y segundo, que ahora tenemos un deseo de incorporar bajo el paraguas de la marca 007, una tesis o ideario que subyace más allá del simple argumento. Es decir, se pretende contar algo más importante. Esto, que en general es lo que se persigue por parte de los autores (y lo que valoramos los críticos, estudiosos o amantes del cine) resulta que no es lo más adecuado para esta clase de filmes. Ya no tenemos un filme de entretenimiento, ahora se quiere decir que Bond y el mundo que representa muestra el lado oscuro de la sociedad (007, M y los demás agentes suponen el reverso de nuestra sociedad) y además, los movimientos de Bond, hacen que el agente inglés reflexione y dude sobre su actuación.
Así, la película juega sus cartas y en diferentes escenas claves del filme se muestra la dualidad de ese mundo. Mientras la gente disfruta de espectáculos de gran belleza, por debajo se cuece otra realidad diferente, oscura. Lo tenemos en la escena que muestra la competición del Palio de Siena (en la parte superior la gente disfruta del espectáculo, en la parte inferior violencia y muerte). El mismo planteamiento lo tenemos en la escena de la ópera que se desarrolla en Bregenz (Austria), mientras asistimos al espectáculo de ópera, entre la tramoya y las bambalinas se desarrolla un violento enfrentamiento; se aúna la violencia en escena (representación) y la violencia de la escena (realidad). Lastima que esta idea no sea ni original en el planteamiento (ver El padrino III) ni en la resolución técnica (música de escena que se impone al sonido ambiente y describe la violencia como un ballet, algo que hemos visto desde Stanley Kubrick a John Woo).
Es por ello que en esta línea de desenterrar ese mundo oscuro no encontramos en esta película hermosos paisajes. Se acabaron las playas de arena fina y aguas cristalinas, ahora estamos en Haití pero se muestra los barrios pobres, los edificios derruidos, las calles sucias. Y lo mismo pasa con las localizaciones en Bolivia. Tan sólo las cúpulas de Siena y el paisaje mediterráneo donde se ubica la casa de Mathis (Giancarlo Giannini) se salvan de esa imagen. Y es que en este afán social, Bond se humaniza y se muestra sensible a las manipulaciones de los políticos y las agencias pues constata la influencia perversa del primer mundo en esos países pobres, llegando a culpar a los agentes americanos de mantener a dictadores o auparlos al poder. Un ejemplo de la diferente forma de entender la serie lo tenemos en el homenaje que se realiza a Goldfinger, en esa película protagonizada por Sean Connery, el villano ejecutaba a una chica cubriendo toda su piel de oro; aquí la chica muere embadurnada en petróleo, contrastando la atracción del dorado con la negrura del hidrocarburo, luz y oscuridad, dorado y negro.
Pero claro, la película chirría pues este cambio es difícil de ensamblar en la estructura del James Bond tradicional y el resultado final es un filme que, pensado para superar el modelo clásico, se despreocupa de lo más sencillo en este tipo de películas: el entretenimiento. Quantum of Solace tiene una duración inferior a las películas habituales y se hace larga, acrecentado por un error de casting en la elección de la chica Bond y la figura del villano a los que el guión desprecia concediéndoles una mínima dedicación.
Y siendo esto grave, no menos importante es que si se ha apostado a lo largo de todo el metraje por una línea, al final, en el epílogo, todo vuelve al mismo sitio. Bond, es Bond (y se deja la escena que habitualmente se pone al inicio de los títulos para el final, el círculo y la silueta del agente inglés disparando, para remarcarlo) y todo se restablece (M le dice a Bond que vuelva y éste le dice que nunca se ha ido). Es decir, que todo queda como siempre.
Afortunadamente para la serie, mientras las películas den dinero, el personaje continuará apareciendo en pantalla (ya se ha sobrepuesto a filmes lamentables), imponiéndose a supuestos ejercicios de renovación. El fenómeno tiene la suficiente fuerza para ocultar tras de sí estos errores y en estas películas, donde la producción y el marketing son más importantes que las partes individuales, el efecto negativo siempre queda tamizado.
