Multitudinaria captación y uso de las imágenes audiovisuales
Escribe Adolfo Bellido
El título expresa con claridad que el filme no va a contar lo que ocurre en una clase, sino más bien nos va a proponer observar lo que ocurre fuera. En ese sentido, la película se centrará en las actividades extraescolares o de aquellas que se llevan a cabo fuera del horario escolar normal.
Sobre todo, esta película, muestra la gran incidencia en el uso, abuso o disfrute del mundo audiovisual del que el alumno protagonista es parte, emisor y receptor. El filme se centra en los medios, en la mirada que, desde todos ellos, se enuncia con el fin de generar una adicción que distorsiona la propia mirada del receptor de las imágenes. Una mirada, falsamente objetiva, que aparenta mostrar un mundo cercano y verdadero. Una visión demasiado simplista, impuesta por, y desde, una información amplia, sin filtro de ningún tipo.
Recogida su llegada, su emisión, desde diferentes portales (YouTube y derivados), actúa, por su propia ilimitada propuesta, como una pertinaz agresión, al requerirnos una atención ilimitada, en su generosa invitación, a asomarnos más allá de nosotros mismos con sólo hacer click y pasar de un mundo a otro, a través de diferentes vídeos en constante ebullición.
Sin asomo de análisis, se une lo que ocurre cerca con lo que nos llega de lejos, lo importante con lo que no lo es. El montaje personal hecho de retazos, hechos que en un determinado momento se están produciendo en dispares lugares de la Tierra, es caótico y desconcertante.
El director de esta sólida película es Antonio Campos, un joven neoyorquino de no más de veinticinco años. Con anterioridad ha realizado algunos cortos y un mediometraje. Éste es su primer largo, y se presentó en el pasado festival de Cannes dentro de una de las secciones paralelas del certamen. En España, al menos hasta el momento, se ha proyectado en el Festival de cine de Gijón (donde estuvo presente) y en Cinema Jove, dentro de un ciclo dedicado a la relación que los escolares mantienen tanto con la escuela como con el mundo en el que se ven obligados a convivir.
Miradas hacia fuera y hacia dentro
Uno de los logros de este filme consiste en haber conseguido unir dos miradas: la de los medios observados (y que observan, espían) y la del propio protagonista. Una forma de reafirmación ante la mezcla de las diferentes imágenes emitidas/recibidas generadoras de un elocuente punto de vista del que también el espectador forma parte.
El voyeur Robert, el joven protagonista, es quien ordena y centra todo aquello que vemos. Nos identificamos, nos fundimos en su propia mirada. Los hechos observados y cómo los observa llegan a formar parte durante breves momentos de la real irrealidad del mundo complejo en el que habita, o por donde se mueve, el vampírico consumidor de imágenes. No es verdadero, ni siquiera idílico. En realidad, un peaje al propio dolor del universo. Todo ello contado desde un internado para gente bien situado en la costa Este de Estados Unidos.
Excelente inicio
El excelente comienzo deja claro por dónde se va a mover el filme: un joven, el protagonista, navega por la red apropiándose de diferentes situaciones que en aquel momento se ofrecen on line a quien se enchufa a la pantalla de su ordenador para ser parte integrante, y no sólo testigo, de lo que se ofrece desde cualquier lugar de la Tierra.
Mezcla de vivencias, de miradas nada selectivas en el paso presuroso de un portal a otro: un anuncio, una mujer ofreciendo sus servicios, una pelea en un instituto, un gato tocando el piano, alguien que habla directamente a una cámara… El mundo entero, sin criba, sin una información clara y veraz, salta de un lugar a otro, buscando que alguien atienda y se quede hipnotizado por lo que contempla.
Cámaras pequeñas colocadas en los más insólitos sitios, ojos que todo lo ven, teléfonos móviles… se encargan de generar un amplio flujo de información, barco sin control que seduce, pervierte, atonta a los miless y miles de navegadores que se afanan en mares calmosos o agitados… ¿Qué escoger ante tanta oferta? ¿Será verdad todo cuanto se ofrece? ¿Pueden ser, acaso, mentira las innumerables imágenes que nos convierten en dioses omnipresentes en diferentes lugares? Omnipresente sí, pero sólo desde la distancia. No se puede cambiar lo que se ve, ni tampoco se tiene la certeza de que las imágenes que nos devoran, no sean más que un perverso montaje, una pura ilusión.
La pantalla, en la primera secuencia, va transformándose en el reflejo de otras pantallas, de varias grabaciones diferentes, hasta que poco a poco descubrimos que todas ellas son suministradas por Robert, el protagonista, pegado, hipnotizado frente a su ordenador. La simbiosis entre el fuera y el dentro es total desde el momento en que el joven voyeur aparece reflejado (y por tanto inmerso) en la misma pantalla que observa. Él es también una parte del espectáculo audiovisual. Al igual que nosotros mismos.
Creaciones y recreaciones
El filme, aparentemente anodino en su desarrollo, va reflejando, simplemente, la vida de un centro escolar. No hay indagaciones psicológicas, sólo se nos conduce hacia el cruce de caminos que lleva desde la propia película hasta la grabación (por parte de Robert) del homenaje de unas alumnas (hermanas ambas) que han muerto al tomar droga adulterada.
Es la verdad y la mentira de una grabación preparada, tan inútil como tópica y pacificadora de las buenas conciencias. Un documento que el alumno y una compañera deben realizar sobre el día a día del centro, se transforma ante el grave suceso que ha tenido lugar y que, desde la lejanía, ha sido tomado por la cámara que controla el alumno.
La mirada de una cámara, testigo (sin más) de unos hechos, se acomoda así a la del propio del protagonista, de forma que sus ojos se corresponden a la visión encuadrada y delimitada desde el propio objetivo. Robert observa, utiliza sus ojos desde la perspectiva de la cámara, como se muestra en la escena de la clase donde se encuadran las piernas de la profesora o su escote… en el que el voyeur quiere profundizar. Ahí se concentra la cámara y… él mismo, encuadrando, haciendo zoom. El sonsonete de la lección dictada por la profesora no es mas que el ruido que trata de apagar el centro de interés de la mirada. Lo importante y lo accesorio.
La brillantez de este filme, con argumento mínimo, estriba en su discurso sobre la mirada, sobre el espionaje del que somos objeto por los medios que nos observan (o escuchan) y también sobre la mentira del propio discurso audiovisual incapaz de recoger la total crueldad de un instante o de reflexionar sobre los hechos captados.
Robert mira, observa desde sus propias obsesiones, donde el sexo y la violencia (como unión con lo que Internet le ofrece) aparecen en primer plano. ¿Desde dónde, o quién crea la prioridad? La película alterna las imágenes tomadas por una cámara que graba, observa todo lo que pasa en el centro, con aquellas otras que en directo están emitiendo en la red aquello que aparentemente ocurre (y no es representado), así como con la propia mirada del protagonista convertida a su vez en una cámara. Los distintos formatos se entremezclan produciendo un todo donde no se distingue cuál es el referencial de cada una de las imágenes. El voyeurismo alcanzará así el protagonismo absoluto de la cinta. El espectador termina por ser, en definitiva, el objetivo primordial del relato, al volcar también su propio voyeurismo, convirtiéndose el espectador en el reflejo del propio protagonista.
Convertido Robert en el eje del relato, es encargado de rodar un documental sobre la muerte de las dos hermanas, un montaje que sirva de homenaje a las alumnas fallecidas. Desde ese instante el filme camina por el sendero de la verdadera o falsa creación. No sólo el documental sobre el centro no puede llevarse a cabo, impedido por el suceso que ha tenido lugar, sino que también el montaje sobre las dos alumnas se viene abajo al ser considerado una simple y desnuda exposición de imágenes. Por tanto carente de emoción y sensiblería. Es preciso mentir y rehacer el documental, falsearlo totalmente, para que en su belleza (música incluida) evite lo brutal de la realidad acontecida.
Realidad y falsedad
Pero ¿cuál es la realidad? ¿Aquélla que simplemente se toma con la cámara o la que se compone como forma de enlazar una historia? ¿De qué manera precisa se puede atraer a un público que espera ser reconfortado, de la forma que sea, con imágenes que le abofetean desde la pantalla? En ese sentido el filme se abre a nuevas propuestas y preguntas, incluso a la falta de verdad que poseen las tomas objetivas.
Por ejemplo, una cámara graba en directo (pero a distancia) la muerte de las alumnas. La distancia respecto al hecho supone un alejamiento del propio espectador que no ve con toda la intensidad la fuerza de la tragedia (momento que posteriormente se presenta con toda su crudeza en un plano cercano inherente a la propia narración dentro del filme). No es lo mismo lo que ve un objetivo, que aquello que se ordena, prepara, se presenta al entremezclar las imágenes. Incluso lo que vemos puede suponer una falsa realidad ofrecida para solaz del receptor. En este aspecto Afterschool expresa y explica convenientemente todo un discurso sobre el efecto mediático de una información descontrolada, por medio de un excelente montaje, que se debe al propio realizador del filme.
El filme pues, en su desarrollo, se pregunta sobre la verdad o la falsedad que transmiten unas imágenes, que en general aparecen manipuladas cuando no repiten esquemas imitativos. La acción de una pelea en un pasillo de un colegio, y que en directo está teniendo lugar en cualquier parte del mundo, se repite allí y más allá como muestra un momento posterior que tiene lugar en el propio colegio, y cuya filmación es idéntica a la transmitida con anterioridad vía Internet. Vivimos en un mundo donde lo que vemos, a través de la red, es el reflejo de nuestro propio mundo. Pero, aclaro, tal visión no sirve más que para mostrar unos hechos, nunca para entender, comprender o explicar lo que ocurre y la razón por la que tienen lugar esos hechos. ¿Interesa a alguien la verdad? ¿Acaso no es preferible vivir entre dulces y melodiosas mentiras? ¿Por qué miramos únicamente, sin preocuparnos por la verdad de unos hechos quizás molestos?
En el colegio donde transcurre la acción nadie (alumnos, profesores) parece dispuesto a averiguar qué hay detrás de la muerte de las chicas, qué ocurre en el centro tan refinado, si entre alumnos tan modélicos existe tráfico de drogas. Es preferible no querer saber que entre tanta élite se esconde mucha podredumbre, quizás también unos pequeños (o grandes) delincuentes, que, en definitiva, son los culpables de las muertes de las chicas. Las cámaras graban alegrías, no tristezas. Ahora todos prefieren callar, incluso Robert, al final, es incapaz de acusar a su compañero. Opta por el silencio al comprobar que no consigue que su compañero confiese la culpa. De esa forma, él también se convierte en culpable. Ni siquiera será capaz de denunciar la manipulación de la que ha sido objeto su vídeo.
El filme se cierra con el final del curso, con el homenaje falseado de unos hechos que superan la simple visión de una cotidiana existencia. Las imágenes de aquí y de allá, mezcladas, nunca definitorias ni reflexivas seguirán, sin duda, atropellando la vida del profesorado, del alumnado, de cualquier consumidor de la red. La cámara se ha convertido en el ojo que ve todo, sin más. ¿Cuál es la razón o sinrazón de las cosas? ¿A qué se debe lo que ocurre?
Lo único importante, en definitiva, es el bombardeo de imágenes, la necesidad de consumirlas, de exhibir, exhibirse y exhibirnos, de mirar obsesivamente, aditivamente los millones de imágenes a las que tenemos opción. Todo ello con el objetivo de gratificar a los miles y miles de voyeurs devoradores de los hechos captados por las cámaras, que en todo el mundo actúan como emisores universales de acontecimientos, que adquieren, todos ellos, el mismo grado de (nula) importancia.
