Beau tiene miedo (3)

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beau-tiene-miedo-0Empecemos por recordar quién es Ari Aster, el artífice de este Beau tiene miedo. Allá por 2018, se estrenó la que hoy está considerada como una de las nuevas obras que definen el llamado nuevo cine de terror contemporáneo. Hablamos de Hereditary, cinta de bajo presupuesto producida por la compañía A24, que supuso toda una renovación del género con su sugerente mescolanza de temáticas acongojantes ya conocidas por los adeptos al género. Pero Hereditary tenía algo de revolucionario en sus planteamientos, en su narrativa y en sus soluciones visuales.

Después de aquella, Aster siguió la misma línea de Hereditary y, con la misma productora, nos entregó otro artefacto notabilísimo llamado Midsommar, que nos advertía que el terror puro no solo se oculta en la oscuridad, sino que puede suceder en cualquier momento a vista de todos.

Si bien Midsommar se antojaba harto diferente de los fundamentos que mostraba Hereditary, ambas estaban invisiblemente conectadas por unos hilos que nos venían a decir que la cercanía, la familiaridad y los lazos fraternales pueden contener el verdadero horror del ser humano.

Al comprobar que Midsommar resultaba ser todo un acierto entre crítica y público, la mencionada productora decidió darle absoluta carta blanca a Aster para que rodara su tercera incursión en el celuloide.

El realizador ya había anunciado que, para su nueva propuesta, había decidido alejarse del cine adulto de género y que nos brindaría algo así como una comedia con toques de terror. Para ello, qué mejor que contar con el protagonismo de uno de los mejores actores de su generación, Joaquin Phoenix.

El resultado es una obra de tres horas clavadas que verdaderamente se aleja de sus dos primeras películas. Tanto, que incluso puede llegar a confundir al respetable, aunque cierto es que también a Beau tiene miedo se le pueden atribuir de nuevo ciertas conexiones con sus filmes previos.

Beau tiene miedo nace con la voluntad de ser una obra maestra, una de esas cintas que definen el año cinematográfico y de la que todo el mundo terminará por hablar, o al menos eso se intuye. Cierto es que, por el momento, está resultando un fracaso comercial mayúsculo, aunque muy posiblemente Aster ya estaba preparado para que esto sucediera. Porque se trata de un filme de aquellos que se erige como algo absolutamente iconoclasta, enloquecido que navega a contracorriente de los tiempos y de todo lo que hoy podemos encontrar en las modas cinematográficas.

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El mundo de Beau

Estas tres horas que decimos se pueden dividir claramente en cuatro episodios: la vida cotidiana de Beau encerrado en su apartamento y sus peripecias vecinales, Beau en la casa de Grace y Roger, Beau en un bosque bucólico y Beau en la casa de su madre.

Aunque en el prólogo vemos a Beau en la consulta de su terapeuta, que nos da alguna pista sobre lo que versa todo este entuerto megalómano. A través de este recorrido por diferentes fases, hay ciertos rastros que pueden ayudar al observador a discernir de qué trata realmente todo lo que vemos.

Podemos pensar que lo que pretende Ari Aster es convertirse en el nuevo David Lynch de Cabeza Borradora, o incluso de la última temporada de Twin Peaks. En ambas obras, vemos un mundo parecido al nuestro, pero con marcadas diferencias que lo llevan a ser un mundo surrealista según nuestra propia percepción de lo real. Porque lo que queda claro es que no sabemos si estas tres horas en las que vemos el tránsito de Beau por diferentes escenarios es un mundo verdadero en el que vive Beau y, por lo tanto, estaríamos hablando de una realidad social diferente a la nuestra.

Aunque bien podría tratarse de que sea el mundo que está viendo Beau, pero todo lo que ve sea producto de su mente enferma. Y no hay posible solución a esta pregunta.

Aster trata a Beau como un antihéroe. Es una persona esquizofrénica, con una carga psicológica extrema en la que todo gira alrededor de una figura materna, una infancia dañada y un temor al sexo exacerbado. Pero Beau se antoja como un ser débil, supeditado diariamente a una jungla social llena de amenazas, que lucha por sobrevivir dentro de ese mundo —construido por él o no— que le rodea. Si Freud levantara la cabeza y pudiera ver esta obra, se frotaría las manos y los ojos con cada plano.

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Y como antihéroe que es Beau, Aster decide disfrazarle de diversos personajes célebres del imaginario colectivo. Beau inicia un viaje que recuerda a la epopeya de Odiseo; también parece que en un momento de su personal peripecia pasa a recorrer el camino de baldosas amarillas (aunque aquí sean rojas); es protagonista de un cuento animado que lo llevaran a redescubrir su propia identidad…

Y así hasta llenar tres horas que tendrán su culminación en un veredicto multitudinario. Porque finalmente será el espectador quien deba juzgar lo que ha estado atendiendo durante 179 minutos y qué resultado opta por escoger.

Beau tiene miedo es un producto de difícil clasificación, y más difícil digestión. Podríamos usar líneas y líneas de adjetivos para definirla: alucinada, agotadora, inexplicable, surrealista, grotesca, demente, divertida…

Y resulta igual de difícil poder otorgarle una puntuación que seguramente el tiempo juiciosamente ponga en su lugar. Pero es puro cine. De eso no hay duda.

Escribe Ferran Ramírez

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