Bull Run (3)

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Un token de seducción

En 2019, Ana Ramón Rubio debutaba en el largometraje con Almost Ghost, un documental que rescataba del olvido algunos de los protagonistas de la Ruta 66; un trabajo introspectivo desarrollado a partir de las vivencias de tres ancianos que ponía en contexto la actual situación de esa carretera mítica que atraviesa EE.UU.

En su segundo largometraje, la directora valenciana continúa explorando las posibilidades narrativas del documental con Bull Run (2023), una película que se centra en el reciente fenómeno de las criptomonedas, un activo digital que pretende sustituir a las antiguas monedas y que se basa en una tecnología segura paa garantizar sus transacciones.

En este entorno es preciso manejar un metalenguaje que incluye términos como blockchain, bitcoin, token, trading, monedero, holdear, el bull run (que da título al filme) y un largo etcétera que, como cualquier ecosistema asociado a las tecnologías emergentes –en esta caso son las criptomonedas pero podría ser cualquier otro ejemplo como el big data o la inteligencia artificial– supone una barrera para los no iniciados, incapaces de acceder al nuevo enfoque.

Teniendo en cuenta que el objetivo de un documental es hacer comprensible el contenido para el espectador, la primera dificultad está en salvar el cientificismo de la materia, al que hay que incorporar la complejidad de conceptos derivados de la teoría economía (el sistema financiero, los bancos centrales, la emisión de las monedas, la devaluación, etc.).

La opción elegida por Ana Ramón es aventurarse por el terreno autobiográfico para relatar su acercamiento a las criptomonedas desde una perspectiva personal. En una etapa en que la cineasta sufría el desgaste que supone la dificultad por sacar proyectos adelante, unido a las consecuencias provocadas por la pandemia, le llevaron a introducirse en el mundo de las monedas digitales.

Será la propia directora y su entorno más cercano los que vayan desgranando el descubrimiento, el enamoramiento y la atracción adictiva por practicar el trading –la compra y venta de las criptomonedas buscando aumentar los beneficios–. De esta forma, se recoge la experiencia contada en primera persona por Ana Rubio sobre cómo se introdujo en las criptomonedas, la incomprensión que generó en su entorno más cercano traducido en la desconfianza de su padre –un economista “clásico”– o el peligro de la adicción provocado por una tecnología que se controla desde el móvil y en la que la posibilidad de duplicar o triplicar la inversión conduce a estar siempre practicando el trading.

En esta parte, las explicaciones sobre la estrategia económica que gira en torno a las criptomonedas (gráficos, datos, opiniones de expertos, entrevistas) se combinan con los testimonios de la directora, su padres, su marido, su psicólogo o amigos, entremezclando imágenes de televisión, del móvil, redes sociales y memes, con un marcado acento humorístico que solventa el peligro caer en un tono farragoso y, a su vez, involucra al espectador por el carácter privado de unas imágenes en las que vamos viendo como le afecta a la protagonista toda esta experiencia (la dificultad en la relación con su marido, por ejemplo).

Tras esta introducción inicial, la estructura pasa a centrarse en el relato de la gestación y desarrollo  del documental de la propia película. Se ahonda en las posibilidades de este nueva economía como puede ser una mayor rentabilidad, la independencia de los poderes económicos tradicionales, la sensación de cierta libertad al tener el acceso desde el móvil); pero también en los peligros, fundamentalmente, la más que probable adicción y la posibilidad de que todo se venga abajo como un castillo de naipes en apenas segundos.

A través de una estructura similar a un making of percibimos la tramoya que hay por debajo, desde la propia financiación de la película a través de tokens, la realización de las entrevistas, el ritual de iniciación en este submundo de los propios miembros del equipo y las consecuencias de una gestión errónea provocada por la ansiedad ante la especulación.

Una imagen de Bull Run

Con esta combinación de imágenes caseras, el “cómo se hizo”  y las entrevistas con todo tipo de expertos (economistas, influencers, evangelizadores), Bull Run compone un mosaico visual en el que las piezas van encajando para dar una visión de la filosofía que hay detrás de las criptomonedas.

La película se beneficia de la espontaneidad de la directora, los miembros de la familia y el equipo de rodaje y producción, que trasmiten esa cercanía que permite aterrizar un contenido universal al ámbito personal, estableciendo un paralelismo entre el alza y el declive de las criptomonedas con el derrumbe personal de la directora (crisis de pareja, discusiones o incomprensiones por parte de la familia).

Junto a estos recursos, el filme se permite la libertad de introducir un juego entre el documental y la ficción que enriquece la propuesta. Lo podemos ver con el segmento del videoclip que pone en imágenes la canción de Lory Money, Rich in bitcoin, dirigido por Javier Polo –director de la interesante El misterio del Pink Flamingo–; o el recurso utilizado para cerrar el documental en una sala de música aprovechando que el marido de Ana Ramón es Ximo Cardona, líder del proyecto musical Don Joaquín, acudiendo al género de la comedia romántica con unas claves reconocibles que cierran el ejercicio de experiencia autobiográfica.

De esta forma, Bull Run, en primer lugar, es un ameno documental sobre la fiebre de las criptomonedas y su impacto social, de sus ventajas y amenazas; pero el mestizaje de géneros y recursos empleados termina ampliando el objeto inicial para desbordarse en una serie de contenidos temáticos que van desde las obsesiones y ansiedades por la tecnofilia hasta la reflexión sobre la creación cinematográfica planteándose la superación de la crisis creativa a través de la capacidad del cine para contar historias y del efecto terapéutico de las imágenes como instrumento para traducir la realidad.

La propuesta de Ana Ramón Rubio, que obtuvo dos galardones en los Premios Berlanga del audiovisual valenciano, es un documental insólito, arriesgado y entretenido que merece la pena degustar.

Escribe Luis Tormo