Buscando a Coque (3)

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No puedo vivir sin ti

Terese Bellón y César Calvillo acumulan una larga experiencia en el mundo del cortometraje. En ellos siempre han jugado con la presencia de figuras reconocidas estableciendo una metaficción fácilmente reconocible por el espectador.

En su premiado trabajo Cariño, me he follado a Bunbury –el origen de Buscando a Coque– ya se establecía la referencia al misticismo que despierta un personaje famoso; y lo mismo ocurría con No es fácil ser… Gorka Otxoa o Una noche con Juan Diego Botto.

Partiendo de estos referentes, que son útiles para el estándar del cortometraje –una idea óptima desarrollada en el tiempo limitado que impone esta clase de formato–, Buscando a Coque plantea la historia de un matrimonio en el que Teresa (Alexandra Jiménez) le confiesa a César (Hugo Silva), su marido desde hace casi dos décadas, que le ha engañado con Coque Malla, el gran ídolo de César desde la infancia. La comicidad deviene del hecho de que a César le importe no tanto que ha sido engañado como que el engaño se ha producido con su gran ídolo y referente.

Aceptando el hecho ilusorio de que César y Teresa se lancen a tumba abierta a buscar a Coque Malla, la película se transforma en una road movie a través de la ciudad de Miami en la que el enredo sobre la infidelidad termina siendo un contenedor en el que se acumulan los restos del naufragio de una pareja que está atravesando una crisis en su relación.

Desdramatizada la infidelidad al poner el foco en el mito, en la persona famosa, y no en el hombre, la película desarrolla dos capas paralelas que se entrecruzan a lo largo de todo el filme. En primer lugar, tenemos el recubrimiento externo basado en la estructura de la comedia clásica donde los diálogos adquieren protagonismo para provocar la sonrisa o la carcajada.

Un juego en el que se visibiliza el concienzudo trabajo en el guion para hacer creíble las situaciones –a veces disparatas o irreales– y en el que se dota a los personajes protagonistas de un recorrido que va más allá del estereotipo. De ahí que Alexandra Jiménez y Hugo Silva están estupendos en la parte actoral, aportando la química necesaria para insuflar vida a los personajes, pero parte del camino estaba allanado por el guion que corre a cargo de los propios directores.

Una estructura que también afronta el reto de ir más allá de su origen basado en un cortometraje; es decir, el desafío de encontrar un hilo narrativo que permita ampliar la idea original a la longitud temporal estándar de un largometraje convencional. En este sentido Buscando a Coque se apoya en toda una serie de personajes secundarios que van apareciendo a lo largo de las diferentes escenas y que tienen la finalidad de aliviar la presencia exclusiva en pantalla de la pareja protagonista.

Son pequeñas intervenciones –el taxista, la empleada de la discográfica, la hermana y la amiga de Alexandra, el tatuador– que configuran un microcosmos de personajes que se encargan de ir apuntalando los mensajes que va lanzando la película. La presencia de los secundarios sí es cierto que se plantea de una forma aislada, pues en ningún momento acompañan el devenir de Teresa y César; aparecen puntualmente, funcionan durante los minutos que permanecen en pantalla gracias a los actores y actrices que los encarnan, pero no tienen un engarce con el recorrido de los protagonistas.

Hugo Silva y Alexandra Jiménez en ‘Buscando a Coque’. Foto: Filmax

La segunda capa sobre la que trabaja la película, por debajo de esa estructura de comedia, es una reflexión sobre la crisis de los 40, el agotamiento de las relaciones de pareja, las oportunidades perdidas y la falta de pasión en la historia de amor. César y Teresa son una pareja, como tantas, que tras casi dos décadas de convivencia han terminado por aceptar la rutina como un componente indisolublemente unido a su amor.

De ahí que la película se tiñe en ocasiones de un tono melancólico al ir visibilizando el agotamiento de una relación. La infidelidad de Teresa no es más que una consecuencia de la deriva de su matrimonio. El hecho de tener una aventura con una persona conocida, con todas las características asociadas a la novedad y a la pasión –suite de un hotel de lujo, sexo fogoso– supone mostrar el deseo de vivir una experiencia diferente, de sentirse viva, de ser capaz de despertar el deseo.

Estamos ante una reflexión sobre la madurez, sobre el significado del paso del tiempo y las oportunidades perdidas. Ese instante en que de repente surge la duda sobre si renunciar a los hijos fue una buena decisión o sobre si todavía se está a tiempo de ser feliz. De tal forma que el viaje por las calles de Miami –una localización muy protagonista y emblemática–, mientras se busca el encuentro con Coque Malla, sirve para exponer toda la situación problemática por la que atraviesan Cesar y Teresa.

Coque Malla y Alexandra Jiménez en ‘Buscando a Coque’. Foto: Filmax

En la parte final, cuando se produce el esperado encuentro con el mito, con el personaje conocido, tendremos la resolución de muchas de las vacilaciones que tiene la pareja, al tener que enfrentarse definitivamente a la vida real. Una cosa es la mitificación –pensar que la canción que canta Coque Malla está dedicada a ella, que tiene un recuerdo similar al que ella tiene de él- y otra la realidad del día a día. Finalmente, el encuentro con el artista precipita la necesidad de reflexionar sobre lo que es el amor, la confianza en la pareja y el perdón.

La película retrata especialmente bien la inseguridad de unos personajes que han visto sacudidas sus vidas por un suceso puntual. La odisea por las calles de Miami no deja de ser un viaje metafórico que disecciona las relaciones de pareja. Finalmente, tendrá que ser la distancia y el tiempo los que reordenen el caos sentimental y vital de una pareja que a fuerza de la rutina diaria ha olvidado que en el fondo se aman.

Buscando a Coque no inventa nada ni va más allá de la clásica comedia romántica –tampoco lo pretende– pero precisamente por eso, porque conoce las reglas, porque tiene un guion bien construido, funciona como un producto entretenido que, salvo algún bache narrativo en la parte central, es fácilmente digerible por el espectador. La película se beneficia de la química que existe entre Alexandra Jiménez y Hugo Silva, además del retorno de Coque Malla a su faceta de actor –en la que se incluyen varios de sus temas más conocidos en la banda sonora– todo ello para dejarnos una comedia que va adquiriendo un mejor sabor conforme se piensa en ella.

Escribe Luis Tormo