CELDA 211 (3)

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Celda 211
Título original: Celda 211
País, año: Francia – España, 2009
Dirección: Daniel Monzón
Producción: Emma Lustres, Borja Pena, Álvaro Augustín
Guión: Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón, basado en la novela de F. P. Gandul
Fotografía: Carles Gusi
Música: Roque Baños
Montaje: Cristina Pastor
Intérpretes: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Manuel Morón, Marta Etura, Carlos Bardem
Duración: 110 minutos
Distribuidora:  Paramount
Estreno: 6 noviembre 2009
Página web:  http://www.celda211.com

Uno de los nuestros
Escribe Sabín

Una habitación oscura, de la que no alcanzamos a ver paredes o mobiliario. Una luz cenital dura. Un individuo con aspecto de enfermo, casi un muerto viviente. Lía con esmero un pitillo. Lo prepara con mimo. Lo saborea tranquilamente, casi como si fuera el último cigarrillo de su vida. Tras un par de caladas, lo deja. Se acerca a un lavabo viejo y sucio. Tranquilamente, sin prisas, se corta las venas de ambas muñecas con una cuchilla rudimentaria. Sereno y relajado, coloca las manos en el lavabo y éste comienza a llenarse de agua y sangre.

Fundido a negro.

Un hombre solo en un entorno hostil: sólo sobrevivirá si se comporta como uno más de ellos

La escena prólogo de Celda 211, filmada con unos primeros planos intensos, visualmente portentosos y emotivamente durísimos, marca el camino que va a seguir la que hasta ahora es la mejor película de Daniel Monzón: una historia sin concesiones, contada sobre todo con imágenes, donde las explicaciones verbales son escasas, cuando no sencillamente mentiras o trampas para los protagonistas… La verdad no está en lo que cada uno dice, porque en la película todos mienten, sino en lo que reflejan sus ojos, su mirada, su interior.

Como la mirada sin vida del Morao, el suicida del prólogo, serán las miradas de Malamadre (¡qué gran interpretación de Luis Tosar!) y del recién llegado Juan (¡sorprendente cómo el novato Alberto Ammann aguanta el tipo en pantalla!) las que marquen el devenir de los acontecimientos, transformando un motín de escasa trascendencia de los FIES (los presos más peligrosos) en una cuestión de Estado, donde éste habrá de buscar cualquier camino y cualquier aliado para que nada cambie y todo siga igual.

Tras el prólogo, una escena con claras pretensiones didácticas sirve para explicar a Juan, el nuevo trabajador de la cárcel, cómo funciona todo en el presidio. Es una escena fundamental para que el espectador también tenga los datos básicos para identificarse con un protagonista que segundos después acabará en la celda 211 (la misma en la que se suicidó el Morao) y que apenas unos minutos después se convertirá en uno más de los amotinados, con mejor aspecto físico y más cultura, pero uno de ellos… o acabará linchado por el resto de presos.

Un filme basado sobre todo en la imagen y en las miradas: puro cine

Juan es promovido rápidamente al podio entre los presos, gracias a algunas decisiones que se muestran como astutas para todos, aunque nosotros sabemos que en realidad buscan un único objetivo, su propia supervivencia. Su presencia será asumida como necesaria por el líder de los presos, Malamadre, pero con la desconfianza propia del que sabe que cualquiera que le haga sombra pronto puede quitarle el liderazgo y, quién sabe, quizá también la vida.

Malamadre busca la mirada de Juan en más de un momento: subidos a hombros cuando la rebelión toma tintes de triunfo, en la intimidad de un rincón, cuando están sentados solos… incluso al final, cuando sabe la verdad y rehuye la mirada durante la última conversación, sólo para confirmar en el último momento, que tendrá que matarle por ser un traidor. Momento en el que, lógicamente, sus miradas vuelven a encontrarse.

Planteado el duelo entre Juan y Malamadre, Celda 211 se convierte por momentos en un noir, o incluso en un western, con un espacio geográfico (la cárcel) demasiado reducido para dos líderes. Sabemos que el duelo es inevitable, aunque curiosamente, Monzón encuentra una forma de desviar ese instante esperado mediante la aparición de un elemento cotidiano en la cárcel: el traidor.

Si el interior de la cárcel funciona como un microcosmos de cualquier sociedad occidental contemporánea (con sus líderes, siervos, pueblo llano, manipulaciones, inmigrantes y presiones de todo tipo), no es menos cierto que el exterior tiene una estructura y un funcionamiento similares, surgiendo del enfrentamiento entre ambos mundos la que probablemente es la gran reflexión que nos propone el filme: el Poder siempre encuentra aliados que le ayuden a perpetuarse en lo más alto.

Interior y exterior de la cárcel funcionan como espejos: mundos similares de los que es imposible escapar

Ante la honestidad de Malamadre, que decide mantenerse fiel a su palabra, a su idea de la rebelión, será el Apache, un individuo del que sabemos que es un traidor consumado, quien acepte la propuesta del exterior, traicione a todos y devuelva la normalidad a la cárcel, logrando sofocar el motín y, de paso, haciendo desaparecer a Juan, ese individuo que ha servido a Monzón para demostrarnos que en el fondo, ante la necesidad imperiosa de sobrevivir, cualquiera de nosotros puede convertirse en un delincuente más: actuar y vivir como uno de ellos, incluso matando si es preciso.

Una frase pronunciada al final del filme, durante la investigación que nos ha permitido reconstruir los hechos en flashback (una trampa de guión ya que, lógicamente, nadie ha podido asistir a los hechos vividos por Juan y éste está muerto), resume a la perfección el mensaje que transmite el filme: al final el muro no era tan sólido y había grietas por donde desmontar la utópica unidad de los presos durante el motín. Que haya víctimas colaterales es parte inevitable de cualquier lucha por el Poder.

Malamadre, quien ha sido el líder incuestionable entre los presos hasta la aparición de Juan, sólo perderá su condición de intocable cuando rechace un pacto con el Poder exterior, con los guardianes. El Honor, entre los poderosos, jamás existe. Su rechazo al soborno que le proponen los guardianes supone su certificado de defunción. Una muerte segura porque siempre habrá una grieta en el muro, alguien dispuesto a aprovechar una buena oferta, una traición, para mejorar su situación personal o convertirse en el nuevo líder. Apache sabe mucho de ello: lleva tiempo sirviendo a los dos poderes, y será la pieza perfecta para desmontar cualquier intento de cambio.

Es un filme con grandes actores, con sólidos personajes, con una trama bien construida y con una puesta en escena brillante, que para nada se parece al cine que habitualmente en nuestro país, donde el trabajo con todos los aspectos técnicos está muy por encima del cine que se exhibe hoy en día, destacando la música de Roque Baños (a base de percusiones tribales, con ritmos frenéticos, carentes de melodía, que transmiten perfectamente la inquietud y el salvajismo del interior de la cárcel), la fotografía de Carles Gusi (uno de esos técnicos que nunca llaman la atención, pero se ajustan perfectamente a la historia que cuenta en cada título) y, para este cronista, el uso del sonido, algo olvidado habitualmente en el cine español, donde cuesta hasta entender los diálogos, por lo que el resto de elementos de la pista sonora apenas tienen presencia: aquí no, Monzón trabaja a fondo todas las posibilidades (incluido los silencios y los ruidos de ambiente) para meternos de lleno en una cárcel auténtica, la antigua de Zamora, donde se ha rodado el filme. Un gran ejemplo de la importancia de la banda sonora en su conjunto.

Daniel Monzón, un director con un universo propio

Por ello sorprende que, dentro de un engranaje tan perfecto, el personaje de Marta Etura (la mujer embarazada de Juan) pueda moverse a su aire por el exterior de la cárcel, durante el motín, y sea foco de una brutal paliza que dé un nuevo giro a la situación en el interior. Es necesario, sin duda, para poder dar el twist final a la historia. Como también son necesarios los flashbacks referidos a la vida anterior de Juan. Necesarios sí, pero mientras el recurso a los saltos en el tiempo nos proporcionan información adicional con elegancia y un indudable sentido cinematográfico, la presencia de la mujer embarazada resulta por momentos increíble. Es, probablemente, el único problema de un guión como los que amaba Rossellini, «de hierro», donde todo está justificado.

Un guión en el que colabora nuevamente Jorge Guerricaechevarría, como ya sucediera en la anterior La caja Kovak, dos títulos con más de un parecido en su estructura y en el diseño de personajes, donde el protagonista se ve enfrentado a una espiral de violencia que le sobrepasa, y en la que tiene que aprender a convivir con un entorno hostil si quiere sobrevivir. No es difícil rastrear en ese tema, que de alguna manera también aparecía en El corazón del guerrero, uno de los elementos para pensar que Daniel Monzón es un autor, con un universo propio, aunque en este caso haya partido de una novela previa, de la que ha cambiado todo lo necesario (sobre todo en su parte final) para adaptarla a su discurso.

El hombre metido en una trama bigger than life ya lo había narrado magistralmente gente como Martin Scorsese y su paseo por los entresijos de la Mafia norteamericana en Uno de los nuestros. Daniel Monzón lo ha adaptado al thriller con apuntes terroríficos con un nivel más que notable. El cine español tiene un nuevo autor, en el más amplio sentido de la palabra.

Daniel Monzón