Dogman (3)

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Un Besson libre, provocador y excesivo

Al principio de la cinta se lee la frase de Alphonse De Lamartine: «Cuando un hombre tiene problemas, Dios le envía un perro». Y aquí arrancan casi dos horas de metraje de un Luc Besson que vuelve tras cuatro años de ausencia, después de haber sorteado varias denuncias en su contra en estos difíciles tiempos.

Aforismo que une a la persona desgraciada y vencida con un perro, y resulta que no será uno, sino docenas de perros los que acompañen a Douglas Munrow en su particular existencia lastrada. Una miríada de canes que son sus ángeles, incondicionales, sus salvadores y que le sirven de apoyo en todo, hasta para cocinar le ayudan.

Perros que incluso entienden las palabras de Douglas; más aún, entienden y anticipan sus deseos e intenciones, adelantándose a ellos y dando cumplida cuenta de sus planes, desde robar joyas hasta obtener las llaves de la celda donde lo han encerrado. Los perros constituyen todo un ejército disciplinado y fiel, a su servicio. A cambio, Douglas los ama, los alimenta y los cuida.

La película se constituye a partir de entrevistas del protagonista Douglas (Caleb Landry Jones) con la psiquiatra Evelyn (Jojo T. Gibbs), una mujer que también carga con sus problemas personales. Douglas va a ir recordando su pasado infantil tortuoso, las razones de algunos robos de alhajas, las agresiones de sus perros pedidas por él, y sus dificultades físicas y emocionales.

Esos momentos clave son rodados recurriendo a diversos flashbacks y un permanente uso del montaje paralelo. Un relato que oscila entre el humor negro, la solemnidad, la religiosidad y cierto sentido trágico.

Un relato imaginativo y delirante

En esta obra, Luc Besson indaga con toda la imaginación y todo el delirio posible, cómo un niño maltratado, puteado hasta el límite por su padre y su hermano mayor, abandonado por su madre, golpeado, encerrado en un jaulón con docenas de perros, pues bien, cómo ese pobre niño puede emerger después de haber sido sometido a tamaño infierno, del cual sale en silla de ruedas después de haber sido, por último, tiroteado por un padre loco y furibundo.

Padre y hermano son encarcelados y el niño, paralítico y en silla de ruedas por el disparo, pasa inicialmente por un colegio de acogida donde conoce a una bonita mujer que le enseña el teatro de Shakespeare, el oficio de la interpretación, la lectura de los clásicos y el amor por el arte en general. Mujer que es mayor que él y de la cual, silenciosamente, se enamora perdidamente.

Desde mi manera de ver es una película que hay que visionarla con la audacia de una mente abierta a la metáfora, a ejercitar la asociación libre, y dispuestos a entender que, como la cinta carece de lógica social o visos de realidad, hay que buscar el sentido en otras fuentes y por otros derroteros.

Lo primero que se me ocurre es que muchos espectadores pueden, una vez metidos en la tintura súper dramática de la historia, imaginar razones fantaseadas, que engarzan con el onirismo e incluso con lo que conocemos como cuentos de hadas. Es decir, el filme construye una salida «extraordinaria» a tanto castigo injusto y malestar, como padece Douglas. Así, la peli hay que tomarla como una fábula.

Preguntas: ¿Qué es Douglas sino una anomalía social, la consecuencia terrible de un mundo despiadado? Primera idea, ese niño-muchacho, tras haber sido tan brutal y arbitrariamente vejado y violentado, necesariamente ha generado en su interior un insobornable sentido de la firmeza. Acabará siendo, entre otras, un justiciero en el mejor y en el peor sentido del término. Justiciero indómito e imperturbable.

Está también, como tema sensible para el espectador, el de los colectivos marginados. Prácticamente toda la película es una defensa de estos colectivos que han sufrido vejámenes, que son insultados o humillados a diario. Esta es la razón de que salgan travestis, mujeres negras de tercera, trabajadoras en espectáculos en precario o animales maltratados.

Estos colectivos acaban generando espacios seguros y se protegen de un mundo exterior hostil, aunque a veces para ello quebranten la ley, lo cual me ha recordado, con sus evidentes diferencias pero con sus equivalencias también, el icónico filme de Tod Browning La parada de los monstruos (1932), donde un conjunto de personajes «raros», tullidos o deformes que trabajan en un circo, se unen para defenderse de los «malos», que son los «normales» (el trapecista, etc.), que pretenden robarles y someterlos.

Desde mi manera de ver es una película que hay que visionarla con la audacia de una mente abierta a la metáfora.

La fuerza de los perros

De otro lado, imaginaba mientras visionaba la película, cuántas mentes inocentes y cándidas no van a anticiparse y predecir fantaseando que los perros de la historia, que son muchos, seres incondicionales para el personaje, van a acabar poco menos que organizándose cual ejército de almas buenas, para ejercer una defensa sólida y eficiente de su amo impedido y de cuantos Douglas quieran defender. O sea, el artilugio animalista como base de salvación.

Es curioso en este sentido el ataque de los canes, mandados por Douglas, contra unos sicarios mafiosos que están extorsionando a los vecinos del barrio, para que dejen de hacerlo; cuan ingenioso es este episodio (hay que verlo); y cómo, en la parte final de la película, estos gánsteres atacan la mansión donde vive nuestro protagonista con sus tusos, y estos acaban en todos los casos venciendo por goleada a los maléficos sicarios. Unas hechos de violencia perruna interesantes.

Sin olvidar las escenas de acción canina cuidadosamente coreografiadas, sorprendentes e hilarantes. Pero que nunca acaban siendo parodia o chiste pues lo que resalta es el «dolor», una palabra que se pronuncia en más de una ocasión a lo largo del metraje.

Digno de mención es cuando los perros, instados por Douglas, se dedican a robar joyas a gente rica, robos que le sirven a Douglas para lucir esas alhajas en sus actuaciones como cantante y como manera de redistribución social de la riqueza. Me ha recordado a una obrita menor que vi hace años titulada El clan de los doberman (1972), de Byron Chudnow, sin duda una peli malita, donde igualmente se utiliza un grupo de perros para robar un banco.

Hay dolor y arrepentimiento que el libreto de Besson subraya y que interpreta con notable magisterio un sensacional Caleb Landry Jones.

Una víctima que necesita compensaciones

También a un niño o mente abierta se le habría podido pasar por sus mientes que el pobre protagonista, nuestro maltrecho y machacado Douglas, necesita compensar sus privaciones de crianza y sus menoscabos físicos y afectivos convirtiéndose en alguien capaz de celebrar la vida con maneras compensatorias, como ser alguien importante, un personaje en el terreno artístico o incluso científico.

Porque Douglas acabará convertido en todo un licenciado en Biología (por ese amor que tiene a los perros) y, además, triunfa en el mundo del espectáculo haciendo brillantes imitaciones de Edith Piaf, Marilyn Monroe o Marlene Dietrich. Lo que consigue con sucesivos cambios de identidad: pelucas, maquillajes, o indumentaria de sofisticada dragqueen, con lo que va apropiando y a la vez imponiendo una llamativa y seductora presencia por cada baldosa que recorre.

Destaca el momento en que Douglas debuta en un espectáculo, manteniéndose en pie en el escenario (recuerdo que es un hombre que va en silla de ruedas), representando a la Piaf y cantando el clásico Non, je ne regrette rien (No me arrepiento de nada) que es el leit motiv musical de la película y puede que una declaración de principios del propio Besson, que tampoco se arrepiente de nada.

En algunos momentos la locura del personaje recuerda a Joaquin Phoenix en Joker (2018), dado que Douglas también suele usar maquillaje.

Reparto

Hay dolor y arrepentimiento que el libreto de Besson subraya y que interpreta con notable magisterio un sensacional Caleb Landry Jones que habla tanto con los perros como con Dios; y, además, recita a Shakespeare con la misma intensidad con que es capaz de transitar la locura, la tristeza, la ironía, la violencia y hasta el espectáculo, convirtiéndose en Dietrich o Piaf en un cabaret.

Jones lo hace tan bien y resulta tan hipnótica y cautivadora su presencia que apenas nos damos cuenta de su disfraz de Marilyn Monroe desaliñado durante gran parte de la película. Jones consigue que todo el tumulto peludo que le acompaña sea casi creíble y más profundo de lo que podría parecer al principio.

En el reparto sobresale también una sembrada Jonica T. Gibbs, la psiquiatra de color que resulta ser la única persona que le muestra a nuestro solitario y extravagante personaje un poco de amabilidad y diálogo empático; a ambos les une el dolor, como él recalca en la escena en que ella se despide tras haberle dedicado tiempo a hablar, a escuchar y a comprender al complejo e inteligente Douglas, detenido en una comisaría.

Junto a ellos, un largo listado de nombres que acompañan al relato más que mejor: Christopher Denham, Clement Schik, Michael Garza, Grace Palma, Coline Delacour, John Charles Aguilar, Lincoln Powell, Marisa Berenson, James Payton y otros.

Obra que por momentos conmueve y a ratos produce inquietud, lo cual es fruto de una meritoria dirección de Besson.

Por concluir

Correcto thriller hecho con amor, donde hay interesantes y alocadas escenas de violencia, donde no falta el amor en la profesora que le enseña a Douglas la obra de Shakespeare si puedes interpretar a Shakespeare, puedes interpretar cualquier cosa», le dice).

Película que tiene un ritmo ágil, y también sus ratos de descanso. Obra que por momentos conmueve y a ratos produce inquietud, lo cual es fruto de una meritoria dirección de Besson, un guion bien construido y trabajos actorales loables.

Especial mención merece la música de Eric Serra, pieza clave y sugerente para el filme con una colección de conocidas canciones que acompañan muy bien la historia. Bien igualmente la fotografía de Colin Wandersman, amén del manejo de los perros y el montaje.

Es interesante y da que pensar esta historia de un ser que es mártir y es también ángel vengador, interpretado con convicción y método por Caleb Laundry, personaje que acierta a superar su triste y siniestro historial de abusos infantiles apoyado en el amor a los canes y viceversa. Lo que puede recordar a una especie de San Francisco de Asís de perros callejeros y sin collar.

Besson consigue convertir la biografía de un antihéroe en la bizarra reivindicación de una vida vista y practicada desde los márgenes. Besson no parece temer los excesos, una cinta que es compendio de muchas cosas: especie de parábola religiosa, intenso melodrama social, thriller de vengador, una confesión sincera y cruda, y una fábula animalista. Su excentricidad es un soplo de aire fresco y entretiene, de igual modo que llega a chocar un tanto.

Empero todo lo dicho, podría ser que echemos en falta una mayor solidez narrativa, una mayor profundidad en el análisis psicológico e incluso no le habría venido mal una mayor tensión dramática. Pero a mí me ha entretenido, me ha llamado la atención y me ha gustado.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Diamond Films