La hecatombe social

Queda claro que Ari Aster, ahora ya con su cuarta película estrenada en nuestras pantallas, está escogiendo un camino ortodoxo para proseguir con su cinefilia expuesta al público.
A estas alturas, su primera obra, Hereditary (2018), se considera ya un referente del cine de terror moderno y una de las más impactantes obras de la pasada década. Toda una joya de la plasmación de los miedos más primarios.
A este primer trabajo, Aster siguió con los códigos del terror en Midsommar (2019), que, si bien no alcanzó las resonancias de su trabajo novel, también consiguió alzarse con unas notables críticas y una buena recepción del público.
Después de este tratado-binomio del terror, Aster deicidio virar levemente su rumbo para arrojarnos a la cara una tragicomedia profundamente psicológica, con no pocas escapadas al surrealismo más exacerbado, así como también diríamos que cultivaba una especie de terror soterrado basado en el subconsciente de su personaje principal.
Beau tiene miedo (2023) fue su tercer artefacto para demostrarle al mundo que no sólo de terror vive el hombre, sino que sus aspiraciones iban mucho más allá, aunque aquello no acabara de cuajar entre la mayoría de sus adeptos logrados hasta ese momento. Joaquin Phoenix se subió al tren de la bruja de Aster en una obra histérica, lisérgica y profundamente incómoda que, para más inri, suponía una caída libre de tres horas de duración.
Pues bien, Aster quiere seguir sorprendiéndonos, y quiere seguir con la experimentación narrativa. O al menos eso parece, por lo que vuelve a unir a Phoenix para su última rareza, Eddington, una especie de burla negrísima en clave de western paródico a la que suma grandes nombres. No en vano se ha ganado la condición de director sui generis con mucho que decir para lograr un reparto estelar.
Además de Phoenix, tenemos a Pedro Pascal, Emma Stone o Austin Butler. Todos ellos actores que no ocultan sus voluntades de trabajar con realizadores que tengan algo o mucho que decir. Y desde luego, con directores que pertenezcan a esa categoría de genios extraños dispuestos a reinventar el cine. Así las cosas, Eddington se revela como otro trabajo inesperado, irritante y desquiciado.
Los entresijos de un pueblo cualquiera
Eddington sigue la estela de Beau tiene miedo. Se trata otro viaje alucinógeno y bizarro, pero esta vez en vez de adentrarse en la psique de un personaje protagonista, se adentra en todas las enfermedades de la sociedad norteamericana, o de la sociedad a secas. Para ello, se centra —en un principio— en el enfrentamiento entre dos hombres por la alcaldía de la localidad que da nombre al filme. Pero decir esto es quedarse en la superficie. No destriparemos todo el devenir de los acontecimientos, pero la pugna de ambos personajes por el poder sirve para desplegar todo un torrente de artillería pesada.
Estamos en plena pandemia, en mayo de 2020 para ser exactos, y las teorías conspiranoicas, la desinformación, las fake news, la obsesión por los contenidos en redes y la paranoia más absoluta campan a sus anchas por la vidas de los habitantes de Eddington, y del mundo entero cabe entender. Pero esto sólo es el punto de partida anunciado en los primeros cinco minutos de metraje. Aun nos quedan unas dos horas y media por delante dedicadas a observar muchas otras peroratas enloquecedoras en las que las escaladas de violencia irán en aumento hasta convertirse en una cinta sanguinaria, absurda y de lo más marciana posible.
Ari Aster parece querer diferenciar, dentro de la propia dilucidación de los hechos, dos partes diferenciadas dentro de la duración del filme. Podemos decir que la primera hora se inclina hacia un ritmo pausado, seco, casi sin banda sonora. Se toma su tiempo para la presentación de caracteres, desarrolla sus debates y satiriza todo lo que le pone por delante para explicarnos las miserias alegóricas en Eddington.

Pero una canción de Katy Perry a todo volumen será el detonante de la segunda mitad de la cinta, en la que Aster nos describe algo cercano al apocalipsis social y súbitamente empieza la gran traca, mucho más propia del autor.
Sin embargo, lo que más sorprende es, que pese a tratarse de una obra profundamente personal, el realizador filma a sus personajes con distancia, con juicio y con absoluta frialdad. Phoenix hace un trabajo soberbio —como siempre— y el resto de su admirable elenco también hace su buena labor. Pero hay una ausencia de emoción, de empatía o de implicación que hace que los personajes interesen bien poco, aunque bien es cierto que su despliegue de ideas y despiece de temáticas y polémicas hacen que la cinta adquiera una ambición que traspasa la pantalla.
También es cierto que parece moverse entre estilos, mezclarlos, girarlos y hasta convulsionarlos: pasa de los momentos satíricos a los absurdos, a los dramáticos o a los paroxísticos, con una extraña ligereza. Y ninguno de estos momentos parece tener estabilidad o solvencia.
Sin embargo, a la vez, todo parece funcionar a modo de hecatombe física, social y cinematográfica. Visto desde esta perspectiva, aunque la obra sea demasiado escurridiza, estamos delante de un trabajo admirable, repleto de desesperanza y verdades como puños.
Con tamañas contradicciones, no es de extrañar que Eddington no se revele como un vehículo particularmente entretenido, ni divertido, ni envolvente, aunque lo que cuenta, a su vez, la convierta en una película importante. De ahí, la contradicción de que estamos delante de una de las cintas más notorias de este año.
Escribe Ferran Ramírez | Fotos Universal Pictures
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