Cine pausado, profundo y bello

Road movie plena de belleza, de emoción, también de misterio, de interés a cada paso del viaje-metraje. Una película que me atrevo a calificar de maravillosa, humana, mística también, un filme de acompañamiento pausado a un hombre joven que vuelve a su pueblo natal para enterrar a su cuñada y hacerse cargo de su sobrino. Que debe buscar al padre del niño, su hermano, desaparecido hace años.
Película escrita y dirigida por el vietnamita Pham Thiên Ân, fue una de las revelaciones del último Festival de Cannes, en el cual esta ópera prima logró la Cámara de Oro, que premia al mejor debut en el cine.
Toda la vida, incluida la muerte, está en el largo y continuado plano que abre el filme de Thiên Ân. Comienza al margen de un partido de fútbol local en el centro de la ciudad de Saigón, observando la jugada a distancia antes de seguir a alguien con un traje de lobo. Luego un bar donde la gente ve un partido de la Copa del Mundo de 2018 y un grupo de jóvenes, al margen, beben y hablan temas de fe, existencia y en clave de hastío.
Thien (Le Phong Vu) es un hombre joven callado y taciturno, ajeno a la conversación sobre espiritualidad. Continúa la larga escena con una repentina tormenta de verano, y un golpe metálico y sombrío, mientras la cámara enfoca un accidente fatal de motocicleta. Pequeño alboroto de los preocupados transeúntes y Thien que se queda quieto.
No hay cortes en esta límpida toma larga cuya coreografía no es sólo un recurso técnico, sino el reflejo de la presencia desapegada de Thien en un mundo que le resbala como las gotas de lluvia que le mojan sin inmutarse.
Será más tarde cuando, en un SPA, en pleno masaje erótico, se entera que la víctima del accidente de moto es su cuñada Hanh y el sobreviviente, su sobrino de cinco años, Dao (Nguyen Thinh).
Manera ácida y a la vez sarcástica de entrar en una tragedia que señala desde el comienzo una búsqueda psíquica y trascendente con cambios de tono deslumbrantes y la perspectiva de un largo camino, manejado todo desde una confianza firme como un noray y una invención formal, por parte de su joven director.
La zona nuclear del filme está compuesta por una historia conmovedora y cálida, historia de pérdida y de dolor por los muertos, pero también por vidas alternativas, existencias paralelas, oportunidades perdidas y revelaciones emocionales sutiles y sinuosas.
Tras la muerte de su cuñada, Thien será quien cuide y guarde a su sobrino, el pequeño Dao, cuyo padre está ausente desde años atrás. El joven y el niño dejan la ciudad acompañando el cadáver de Hanh a su aldea natal. En ese lugar remoto, dentro de una comunidad cristiana, los rituales de entierro y duelo se observan con un sentido profundo, reverente detalle y gran fervor.
Nuestro protagonista no es creyente y cuando su sobrino le pregunta qué es la fe no sabe bien qué responder, salvo compararla con la confianza; es decir, que Thien no acierta a tener palabras de seguridad o consuelo para el pequeño niño. Pero, aunque no es sensible a las creencias religiosas o a las maravillas de Dios, adopta y cuida a un pajarito abandonado, antes que pueda morir por falta de alimento y cuidado.
También, tiene una reunión con un antiguo amor, una muchacha que ahora es monja en la escuela de su convento. Allí acaba matriculando a Dao. Aunque sus ideas sobre lo divino son dispares con la monjita.
El director Pham tiene reservado para el protagonista, más que asuntos de redención y renovación espirituales, una compleja búsqueda de significación vital y propósito.

El entorno para esta aventura es la frondosidad de los paisajes rurales vietnamitas, donde cumplen su papel crucial las composiciones maravillosas del director de fotografía Dinh Duy Hung, que sabe pintar la verde espesura de unas florestas pujantes, los ricos humedales del bosque, y el azul mineral de un cielo que pesa por el clima y la densa niebla omnipresente.
La cinta elige sobre todo tomas largas. Aunque algunas son estáticas y de gran angular, a veces se transforman dentro de una secuencia, desarrollada en tiempo real; puede seguir a un personaje a otro lugar fuera del punto de vista inicial, o lo acompaña en un viaje a otro destino antes de que este y la cámara se queden quietos unos minutos más.
Hay algo muy llamativo para una película que dura 182 minutos, con un tempo muy lento, como que fuéramos siguiendo al personaje, sus contados pero sustanciosos diálogos, pues bien, puedo asegurar que en ningún momento resulta tediosa ni aburrida. Todo lo contrario, cautiva la historia, que es una historia en la que, a poco atento que se esté, uno se da cuenta de que nada hay librado a su azar. La abundancia de detalles sensoriales provoca un sólido hechizo.
Los pocos personajes que salen en pantalla, como un viejo excombatiente de la guerra de Vietnam (que es quien se encarga de amortajar a la cuñada), la monja, los familiares de la fallecida, y también el paisaje como otro protagonista más, todo tiene un sentido preciso y envuelve el relato en un «todo» que cierra y cautiva.
Hay igualmente un extraordinario sonido estratificado y un rumor febril (no hay música, salvando alguna escena de karaoke) que garantiza que incluso las escenas tranquilas y reflexivas se sientan habitadas bulliciosamente por un ecosistema que acompaña.

Igualmente, los ritmos calmosos y cuasi estáticos sirven para permitir que las imágenes, los sonidos que las acompañan y la serenidad natural de los paisajes, las tierras de cultivo y los espacios de ciudades y pueblos, en gran parte filmados con luz natural, sean absorbidos más profundamente por el espectador.
Más que diálogos humanos, hay un diálogo tejido por la participación del ganado, el canto de los pájaros, el viento, el goteo de agua o la charla de la radio. Estas fuentes tangibles conectan con la tierra, incluso cuando el sentido del tiempo de la película transcurre y se derrumba, a medida que el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, los espacios terrenales y etéreos comienzan a deslizarse entre sí y la búsqueda de Thien da vueltas inútilmente antes de llegar a una especie de estado de gracia, cuando al final yace en un río boca arriba y mirando el cielo.
Una novia de Thiem, en un encuentro con él, tras apasionado abrazo y sentido beso, se aparta, permanece pensativa y le dice: «No puedo existir simultáneamente en la luz y en la oscuridad». Y parece una concepción fragmentada y elástica de una identidad espiritual, fuera de las reglas de cualquier doctrina religiosa.
Hay en la película misas católicas muy interesantes y devotas, parecen cantadas. El oficiante y los feligreses, separados mujeres de hombres, se entregan a un fervor absoluto y pleno. Y es que este debut de Pham Thiên Ân es condensación de un relato realista en otro más misterioso, fantasmagórico y extático.
Hay que pensar que el sinsentido de la muerte mueve la historia: la muerte de la cuñada, la del pajarillo que criaba en su casa Thiem o la muerte que rodea la vida del anciano que amortaja a los cadáveres.

Están los encuentros del protagonista con diversos personajes, como una anciana a la que le pregunta por su hermano y con la que tiene un sustancioso y breve diálogo en el cual ella le habla de la insignificancia temporal del dolor frente al sentimiento de eternidad y de los caminos que permiten un reencuentro con las propias almas.
La mujer le pregunta: «Dime Thien ¿Acaso has abandonado tu alma? Soportas demasiadas cargas, y a veces sólo hace falta una cosa». Y, tras hablarle de la fugacidad de la vida, añade la mujer: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». Momento en el cual se van poniendo en valor los rituales, el encuentro consigo mismo, el significado de la fe, la irracionalidad de la guerra, el amor o el destino del alma.
A propósito del vector religioso, la cinta tiene un registro documental. Para empezar, está protagonizada por actores no profesionales (Nguyen Thi Truc Quynh, Le Phong Vu, Vu Ngoc Manh y Nguyen Thinh), y nos muestra la realidad social y antropológica de una minoría católica, la misma de la que proviene el propio cineasta, y que reconectará Thien en su particular regreso a sus orígenes.
Delicada película que tiene un intenso sentido de la belleza plástica y apuesta por un cine sentimental y de la imagen, un tipo de cine que cada vez lo tiene más difícil en las salas comerciales. Pero también, un cine que es el último vestigio de una cinematografía sencilla, esencial, pura. Como escribió Juan Ramón Jiménez: «¡No le toques ya más, / que así es la rosa!».
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin