El último verano (3)

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El equipaje vital

Catherine Breillat (Bressuire, 1948) parte de la película danesa Reina de corazones (2019, May el-Tourky) para reescribir su versión del mito de Fedra.

Si la versión de el-Tourky  buceaba y se abismaba en las profundidades de un matrimonio sacudido por el incesto (político, esto es, cultural, antes que biológico), esforzándose por la obscenidad, por el desnudamiento de los aspectos más soterrados de una relación a priori prohibida —prueba de ellos es la secuencia de la felación explícita entre los amantes—-; la directora francesa, en cambio, apuesta por el distanciamiento, por la sugerencia, por la mirada entomológica, consiguiendo adentrarse con mayor éxito en las entrañas de uno de los tabúes constitutivos de la civilización occidental.

La suma de anécdotas de la historia danesa, la acumulación de hechos, entorpecía el acceso al núcleo temático. Breillat, sin embargo, con su minimalismo y su gélida puesta en escena logra trascender, sublimar lo trivial para alcanzar el corazón de la tragedia. Sin alharacas, sin aspavientos, silenciosa y casi subrepticiamente, instando a que sea el espectador el que se erija en juez integrante del areópago moderno, arconte de una sociedad y unos tiempos en que la inquisición moralizadora impregna todos los resortes e instituciones sociales, leyes incluidas.

Y son los planos sostenidos, estáticos; la quietud de la mirada de la narración, su imperturbabilidad ante aquello que encuadran, ante un contenido que se barrunta lava hirviente a punto de la erupción, del estallido emocional que la cámara represa y reprime  tanto en los planos  generales como en los  primerísimos o incluso en los de detalle; es la sostenida lejanía de la mirada narradora la causa de la incomodidad que se adueña del espectador, incapaz de identificarse con nada ni nadie del triángulo —¿amoroso?— que se le ofrece, especialmente de la protagonista Anne (Lèa Drucker), una tan atractiva como escurridiza mujer renuente a dejarse asir por un guion que huye de lo maniqueo como de la peste y cuyo comportamiento aboca a la zozobra espectatorial.

Anne ocupa, avasalla la pantalla del principio al fin de esta áspera historia, omnipresente en todos y cada uno de los planos. Una mujer adulta, espléndida en su madurez, segura de sí misma y de su horizonte vital; felizmente establecida en la nave sosegada de un matrimonio burgués de triunfadores, de clase media-alta dominante y reinante.

Imbuida en unos ceñidos trajes que realzan su escultural figura, de igual modo que constantemente calzada y elevada en unos sttiletos que remarcan su aura exitosa, su halo monárquico. Es tal la firmeza con la que el personaje pisa el suelo por donde anda que llega a intimidar al espectador, expectante por poder asir algún fleco con el que empatizar con Anna. Inútil. Cualquier atisbo de acercamiento resulta estéril.

Ya la secuencia inicial, una serie correlativa y tensa de planos y contraplanos entre Anna, que ejerce de abogada de jóvenes adolescentes con problema intrafamiliares, y sus interlocutores: una joven que ha sufrido abusos sexuales y cuyo rostro muestra la dificultad de verbalizar el dolor que la atenaza, posiblemente debido también a la ambigua actitud de Anna (¿la está ayudando, cobijando, o sus inquisitivas preguntas desmienten los abusos infligidos, los cuestionan?), cuyo interrogatorio persigue blindar a la víctima ante la estrategia incriminatoria y calumniadora a la que se verán sometida delante del tribunal.

Su faceta de excelsa profesional tiene su correspondencia con la vertiente de hacendosa ama de casa, amorosa y atenta madre, amén de amorosa esposa. Todo un ejemplo inequívoco de superwoman, de mujer capaz de ocupar y desempeñar brillantemente todas las facetas que le han sido reservadas. Valga resaltar la sutileza con que la directora nos desgrana, paulatinamente, los entresijos del carácter de la protagonista, a través de unas elipsis tan suaves como eficaces, pertinentes para hacer avanzar la acción sin que nos percatemos de ello en un primer momento.

La piedra que estallará contra estas plácidas aguas del aura mediocritas, la excusa para refutar esta ejemplarizante felicidad burguesa será la presencia sobrevenida de un fleco apartado y orillado desde hace tiempo. Pierre (Oliver Rabourdin), el marido emprendedor al que no le tiembla el pulso si ha de despedir a setecientos empleados, ha de hacerse cargo del hijo adolescente del que prácticamente ha abjurado, abdicado de su crianza.

La intención de la directora francesa no es retratar el malestar de una mujer burguesa, o no solo eso.

La aparición de Thèo (Samuel Kircher), un adolescente problemático de diecisiete años, removerá las tranquilas aguas conyugales y familiares. La belleza andrógina del muchacho (al estilo del carismático y últimamente omnipresente Timothée Chalamet, el cual se ha atrevido a posicionarse contra Woody Allen por lo de siempre) es el MacGuffin para que Anne se deje arrastrar por el deseo, por la pasión. Para que su perfecta y estructurada existencia sufra los embates de una insatisfacción férreamente enclaustrada en su alma.

La intención de la directora francesa no es retratar el malestar de una mujer burguesa, o no solo eso. Aquí se pretende conseguir una onda expansiva de mayor alcance. Una enmienda a la totalidad a esa escenografía de aparente felicidad mesocrática, al tiempo que también se pone de manifiesto la necesidad de la familia como institución necesaria y fundamental en donde se conforma la personalidad, el carácter, la lábil felicidad.

Ciertas conversaciones aparentemente cotidianas y livianas nos han ido dando información sobre la protagonista. Cuando hace el amor con su esposo, ella no para de hablar. Relata su primer enamoramiento a los trece años de un amigo mayor de su madre, cuya piel arrugada aún recuerda. Con ello, verbaliza su gerontofilia, su admiración por aquellas personas que tienen tatuada, esculpida en su cuerpo, su trayectoria vital, los surcos del tiempo, de la vida.

La primera aparición de Thèo nos lo muestra semidesnudo, recién salido de la ducha. Es obvio lo siguiente. Como también será obvio que los encuentros amorosos con su hijastro serán más placenteros que con el marido. De hecho, su primer contacto carnal entre ambos consistirá en un largo y apasionado beso, en primer plano, casi hitchcockiano. El cunnilingus será posterior, así como los jadeos sustitutivos de las palabras cuando hagan el amor.

Para Anne, estos encuentros han de ser una anécdota, una casualidad sobrevenida que no puede ni debe enturbiar la situación familiar; que no pueden quebrar esa estabilidad conquistada a lo largo de los años y de mucho esfuerzo. Frente a su actitud fría y controladora, el adolescente Thèo responde como tal, de manera pueril, dispuesto a llevarse por delante la red de mentiras de la que él mismo es obligado a participar.

Pero debe haber algo más en el placer para alcanzar la felicidad, es necesario la emoción y el sentimiento.

Pero la directora nos depara un análisis más profundo de su personaje. En su lucidez, Anne es consciente de la tentación que siente por la caída en el abismo, por el vértigo de este; también es consciente de que no se dejará arrastrar por él. Anne es hija de una mujer promiscua, perteneciente a la generación del sesenta y ocho. En cambio, ella y su hermana (una peluquera-esteticien que deviene su única amiga y confidente, su único nexo biológico) pertenecen a la generación del SIDA, lo cual les cerró muchas oportunidades para la liberación sexual, conformándolas para una regresión en dicho terreno con respecto a sus antecesores.

Es determinante que sobre el cabecero de la cama matrimonial no aparezca un crucifijo —imposible, hoy en día—, sino un cuadro realista de una mujer desnuda en posición extática. Esta representación del placer en lugar del crucifijo cristiano muestra la nueva religión hedonista de nuestra sociedad, entregada sin remisión al goce y a la dicha inmediatos.

Pero debe haber algo más en el placer para alcanzar la felicidad, es necesario la emoción y el sentimiento que Anne parece negarse y que Thèo se empeña en su atolondrada juventud en evidenciar. Sí, nada más y nada menos que el amor, en minúsculas, sin algarabía, pero con lágrimas calientes y con dolor junto al placer.

Y eso representa la insistencia del muchacho, la pureza todavía virginal de alguien que no ha firmado el pacto fáustico con la existencia, que ha decidido llevar hasta las últimas consecuencias sus sentimientos. La primera reacción de Anne será mentir, encastillarse en su posición dominante y prevalerse de su experiencia profesional con los jóvenes para amedrentar y derrotar a su díscolo amante-hijastro.

Pero este no se arredra y consigue ganarle el pulso judicial, pues en un primer momento se recurrirá a la justicia para dirimir lo que no es una desavenencia legal, aunque nuestros códigos legislativos así lo consideren. El arma de Thèo para derrotar a su contrincante-amante desechada-madrastra es blandir su minoría de edad. Se acabó. Final de la disputa. Thèo gana el pleito, pero pierde a su amante.

Nada nuevo desde Esquilo, Sófocles o Eurípides. La tensa dialéctica entre cultura y naturaleza, entre ley y deseo.

No obstante, en otra de las secuencias labradas sobre imperceptibles elipsis, el muchacho se presenta borracho, en mitad de la noche, en la acomodada residencia familiar. Golpea la puerta en mitad del silencio de la noche. Anne bajará, sigilosa, a abrir. El encuentro devendrá reencuentro y culminará con el acto amoroso. Nueva elipsis. Anne se reincorpora al lecho conyugal. Pierre la cobija y pregunta. Anne expone la visita de Thèo. Cuando se dispone a… ¿qué? ¿explicitar su deseo, su amor, la verdad?, Pierre la obliga a callar. El embozo los cubre. Fundido a negro paulatino. Sólo se destaca en la creciente oscuridad el brillo, el fulgor de la alianza matrimonial de Pierre…

Los títulos de crédito vienen acompañados de otra rúbrica musical: suena la voz inconfundible e insobornable de Leo Ferré interpretando su tema Ving anns: «Pour tout bagage on a ving ans». Toda una declaración de intenciones de la directora por si a alguien no le había quedado claro de qué va su película. De la osadía de la juventud a la que Anne se ve arrastrada por el amor, el deseo de su joven amante, que le insufla vida y le hace superar un trauma juvenil (¿una violación?) de funestas consecuencias: un aborto mal practicado la incapacitó para tener hijos.

De ahí las dos niñas de origen asiático que el matrimonio ha adoptado y cuya vida regalada (hípica, cumpleaños, Navidades con regalos) es la que se le ha hurtado a Thèo, cuya llamada desesperada en mitad de la noche no sólo responde al amor que siente por Anne, sino a la necesidad vital de sentirse arropado en una familia. De igual modo que el imperativo de su padre Pierre exigiendo silencio responde a su acérrima defensa de la familia que ha constituido, aunque sea a expensas de su propio hijo biológico.

Nada nuevo desde Esquilo, Sófocles o Eurípides. La tensa dialéctica entre cultura y naturaleza, entre ley y deseo. Por entremedias, los tabúes del incesto, del parricidio… Las tretas o la fuerza del destino.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Adso Films