En lo alto (4)

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Puertas cerradas

Se puede insistir tantas veces como se quiera en que Hong Sangsoo repite una y otra vez la misma película. La recurrencia a los mismos actores para interpretar personajes similares, casi indistinguibles de una obra a otra, y la enorme productividad de la que es capaz (tres películas estrenadas en España el pasado año, y dos más pendientes, además de esta que nos ocupa), contribuyen a avalar lo que la mayoría de las veces se utiliza con intención de menoscabar el trabajo del coreano.

No es del todo inapropiado señalar la reiteración en las distintas entregas que nos van llegando (porque no todas llegan; problemas de distribución, pero sobre todo de exhibición, porque, no nos engañemos, el público de un cineasta como Sangsoo es muy limitado), pero detenerse ahí es quedarse en lo superficial. Las constantes temáticas y la peculiar mirada de este autor (algo, por otra parte, presente en casi todos los grandes cineastas), no pueden ocultar la indagación constante que lleva a cabo en los mecanismos de los que ha de servirse para ofrecernos sus historias, ni la evolución, absolutamente coherente, que su trabajo va experimentando.

El cine de Sangsoo se construye sobre dos pilares irrenunciables: un guion en el que los protagonistas van definiéndose a través de largas conversaciones, en las que expresan mucho más de lo que dicen, donde lo que no se dice aflora a través de gestos, miradas y actitudes; y una milimétrica puesta en escena que se alza como una voz más (privilegiada) en el diálogo que esos personajes mantienen.

El marco en el que se desarrolla esta entrega es un edificio de varias plantas en las que van a tener lugar sucesivos encuentros entre los personajes, y que sirven de base, al mismo tiempo, para construir las diversas elipsis que enlazan las escenas. La figura sobre la que pivota todo el relato es un ya maduro director de cine cuyo éxito parece ir quedando atrás, al mismo tiempo que va mostrando sus estragos personales; difíciles de confesar, pero imposibles de ocultar.

Lo que se esconde detrás de la apariencia es una de las líneas que recorren la película. Los personajes no son lo que parecen. Ni el cineasta, ni su hija, voluble en lo que respecta a sus intereses y sus decisiones, ni la propietaria del inmueble, interesada y a la vez desengañada por su visitante, y de quien su inquilino, en la conversación que mantiene frente al edificio con la joven, mostrará una cara oculta. La manera más gráfica para mostrar las barreras que hurtan lo esencial, la encuentra Sangsoo en el sencillo recurso a los códigos electrónicos que bloquean las puertas del inmueble. Códigos que se olvidan en ocasiones, y que en otras son modificados, haciendo, en definitiva, que el espacio interior quede protegido de la mirada externa, sean las viviendas o las personas.

El desconocimiento se muestra de otras maneras. Entendemos que la señora Kim es una vieja conocida de su ilustre visitante, pero eso no impide que ignore aspectos tan importantes como el tiempo que lleva divorciado, u otros tan íntimos como su afición a tocar la guitarra. Una guitarra, por cierto, que permanece en escena, o en manos del director, como una especie de promesa, la de ser tañida, pero que nunca llega a serlo, por mucho que se insista en la afición y capacidad del potencial intérprete. Otra sutil manera de referirse a las ilusiones no realizadas.

El hermetismo de los personajes tiene su correlación en la vida social. Curiosamente, en las películas de Sangsoo, la gente habla y habla, pero en el fondo se encuentran aislados. No es que traten de romper ese aislamiento a través de los encuentros con los demás, sino que esos encuentros, integrados en su vida cotidiana, delatan la imposibilidad de construir sólidos puentes entre ellos.

En lo alto acentúa esta situación. No se pone el énfasis en las relaciones de pareja, sino en las separaciones. Los personajes están separados, y el protagonista, que también lo está cuando la película comienza, mantendrá otras relaciones que también acabarán. No se trata por tanto de un aislamiento buscado, sino de un fracaso, el cual es vivido dolorosamente por quienes lo experimentan.

Como siempre, Sangsoo va colocando minas en el relato que contribuyen, sin apenas hacer ruido, a construir la atmósfera en la que esta idea se desarrolla. Es el caso de vino, recurso artificial para que los personajes rompan la costra que los oprime. La cámara, quieta, observa. Y los espectadores asistimos al esfuerzo que realizan para establecer un contacto que vaya más allá de lo protocolario, y que intuimos que se malogrará.

Otro elemento, brillante, se repite por toda la película: la tardanza de los personajes en regresar, lo que provoca incomodidad y hasta preocupación en quien espera. Más aún cuando, como ocurre en uno de los casos, quien se ha ido ha olvidado su teléfono móvil y es imposible establecer contacto. Esa sensación que se produce lleva por una parte a la inseguridad (¿qué estará haciendo?), y por otra acentúa la soledad de quien espera.

Soledad y fragilidad. Inconsistencia en las convicciones, en los deseos. Pocas veces los personajes de Sangsoo se han mostrado menos sólidos.

Soledad y fragilidad. Inconsistencia en las convicciones, en los deseos. Pocas veces los personajes de Sangsoo se han mostrado menos sólidos. Sus intereses son volátiles, como los de la hija, como las convicciones dietéticas del protagonista, de casi vegano a amante de la carne, o su relación con Dios, pasando de un ateísmo a lo Feuerbach, a rezar y recibir las visitas de la revelación, que le encarga realizar sus próximas películas. Una forma de mostrar la indecisión y la duda que lo habitan.

La puesta en escena ayuda a plasmar estas sensaciones. Abunda el fuera de campo: muchas veces oímos a los personajes hablar mientras vemos un espacio vacío. Por otra parte, asistimos a las miradas esquivas, que no resisten los ojos del interlocutor, o los planos de espaldas, como buscando refugio ante la intromisión de la intimidad. Otra vez la coraza.

Hasta llegar a la escena en la que el director de cine conversa con su pareja mientras lo vemos acostado y sin pronunciar ninguna palabra, como si estuviera imaginando lo que ocurre. Un recurso atrevido de Sangsoo, sorprendente en ese momento, que incide en la distancia que media entre el hombre y la mujer, en el desinterés que él ya experimenta, en la rutina en la que se ha convertido la relación.

El cine del director de El hotel a orillas del río puede calificarse de realista. Las largas conversaciones, los intereses, los miedos de los personajes… En todo ello nos podemos reconocer. Sin embargo, acostumbra a dar giros en la narración que abren puertas a nuevas interpretaciones. Es el caso de la escena señalada, y también el del final de la película, esa especie de broche circular en el que reaparece la hija que había ido —y tardaba— a comprar vino, y que nos permite considerar la posibilidad de que todo lo visto no sea más que un reflejo de las ansias y los temores de su padre, lo cual no contradice lo dicho hasta ahora, sino que en todo caso lo reforzaría.

Estamos ante la película quizá más sombría del autor coreano. Aunque sus temas son recurrentes, como su estilo, y en eso no hay cambios apreciables, hasta ahora siempre había una vía de escape, fuera alguno de los personajes, introduciendo una visión positiva, fuera el recurso al humor que destensaba en un momento dado la acción, y que aquí está ausente por completo.

No sabemos cómo serán las películas que ya están acabadas y esperan su turno para ser exhibidas; no sabemos si esa impresión se mantendrá o incluso se acentuará, pero considerando el conjunto de su obra, no es algo que sorprenda. Más bien se trata de un paso necesario en una filmografía dotada de una gran coherencia. El tiempo, la edad…

Escribe Marcial Moreno | Fotos Atalante Cinema