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La política en clave de ópera rock
Escribe Juan de Pablos
Il Divo es una de las películas más interesantes de este año 2008 que está viviendo ya sus últimos días. Película impactante que aborda el retrato de uno de los políticos italianos más inquietantes del siglo XX, Giulio Andreotti. Personaje sombrío, sin carisma, de discurso monocorde, pero imbatible en la pelea por el poder. Líder de la Democracia Cristiana; hasta en veinticinco ocasiones ocupó carteras ministeriales, y por tres veces fue primer ministro de Italia. También senador. Fue juzgado por corrupción sin llegar a ser condenado.
Llevar al cine la biografía de este político ha sido sin duda un reto complicado para Paolo Sorrentino, cuya propuesta cabe enmarcar en el esfuerzo del cine italiano por reflexionar sobre su realidad política. Buen ejemplo de ello son filmes como Il Caimano de Nanni Moretti o La sonrisa de mi madre y Buenos días, noche de Marco Bellocchio.
Perteneciente a una época convulsa en Italia, Andreotti sucede a Aldo Moro, cuando éste es asesinado por las Brigadas Rojas en 1978, al frente de la Democracia Cristiana, un partido que se ha eternizado en el poder. Paolo Sorrentino decide mostrar el perfil de su personaje en clave de parodia, y bajo esta premisa el trabajo del actor Toni Servillo resulta fundamental. Su empeño por emular la voz, los gestos, las posturas, del personaje biografiado deviene en un trabajo perfeccionista. También sus actitudes, su manera de comportarse en las “distancias cortas”, su relación familiar. El actor, premiado en los recientes premios otorgados por la Academia Europea del Cine, conjuntamente por sus trabajos en Il Divo y Gomorra —el filme de Matteo Garrone que ha renovado los códigos del cine de gangsters—, interpreta de manera deslumbrante al político italiano.
Aportando un tratamiento caricaturesco, la puesta en escena de Toni Servillo permite canalizar el corrosivo sentido del humor que transpira toda la película, elemento sin el cual la biografía del personaje retratado sería insoportable para los espectadores. Las cloacas del poder y sus hacedores desfilan a lo largo de este filme lleno de hallazgos formales y con un mensaje durísimo sobre la corrupción del poder y sus consecuencias.
El filme está estructurado como una gran ópera bufa en la que todos los personajes de su excesiva y barroca puesta en escena son reales. De hecho aparecen sus fichas incluyendo hasta sus motes y alias. La música asume un papel central en la conducción de la narración, con el resultado de una representación teatralizada en base a escenas con una gran carga coreográfica.
La tendencia de Paolo Sorrentino al exceso y a trabajar de manera coral en sus propuestas cinematográficas puede aproximarle en principio al mundo de Fellini. Esto puede percibirse ya en su anterior filme L’amico di famiglia. Sin embargo, ese paralelismo debe considerarse como no adecuado, aunque en determinadas secuencias en Il Divo, como la de la fiesta, parecen acercarle a algunas concepciones visuales del gran Federico Fellini.
Sorrentino busca en la música, alternando a Vivaldi con The Veils, las cadencias y los ritmos de su propuesta narrativa en la que podemos encontrar elementos surrealistas, digresiones en torno a lo grotesco y el esperpento, que le permiten formar un fresco de múltiples vertientes de los años en el poder de la Democracia Cristiana, llenos de ferocidad y cainismo; pero quizás la presencia de propuestas formales tan extremas dirigidas al espectáculo audiovisual, le impide realizar una reflexión profunda sobre las causas que han movido ha esa generación de políticos que ha gobernado Italia durante la mayor parte del siglo XX.
Paolo Sorrentino logra con Il Divo proponer un registro caricaturizado en el territorio del biopic, reinventando los códigos del cine político mediante estrategias basadas en la deconstrucción de este género cinematográfico, dando pie a un espectáculo post-moderno. Se trata de una suerte de ópera-rock —tal y como la ha definido el propio cineasta— que funciona por acumulación de efectos y situaciones.
Aunque la propuesta puede llegar a descolocar al espectador, se trata de una de las películas políticas más audaces, radicales y cáusticas que es posible ver en el panorama cinematográfico actual.
