Fariseísmo social
El polisémico sintagma la caza ha sido utilizado repetida y periódicamente en la historia del cine como alegoría de persecución del individuo inerme por parte del contexto social en el que se desenvuelve. La ominosa caza de brujas es el epítome de hasta qué punto una sociedad puede verse arrastrada por los paranoicos demonios interiores que están agazapados en ella, prestos para desatarse en busca de víctimas inocentes.
Thomas Vinterberg, hacedor de la premiada La celebración (1998) y uno de los cofundadores junto a Lars von Trier del movimiento Dogma 95, parte de esta tradición asentada en la metáfora cinegética para llevar a cabo su último proyecto: una radiografía crítica de los citados demonios crónicos incardinados en el espíritu de las sociedades y su repercusión sobre el chivo expiatorio de turno, la presa sobre la que se desatará la vorágine persecutoria e inquisitoria.
El director de Submarino (2010), y próximo presidente del jurado de la sección Un Certain Regard del festival de Cannes, aplica la crítica de su mirada cinematográfica a uno de los tótems de los numerosos protocolos sociales instituidos por las biempensantes, avanzadas y auto-satisfechas sociedades occidentales: la protección de la infancia frente a la proliferación de aberrantes abusos sexuales por parte de alimañas que acechan en su propio entorno.
El resultado es un filme repleto de moralina, pues la crítica de la mirada no deviene en una mirada crítica, ya que la intención-presuposición se antepone al análisis, cayendo en cierta tosquedad reduccionista por su afán de destacar la denuncia sobre la narración denunciada. El prejuicio mata, por muy oportuno y ajustado que sea el impulso desacralizador, iconoclasta, el juicio.
Una calumnia desata la jauría social. No obstante, el guión, que fue premiado en el 2012 como el mejor del Cine Europeo (¿?) no permite el más mínimo atisbo de ambigüedad respecto a la acusación formulada, pues es patente que en ningún momento el profesor ha cometido estupro sobre su alumna y vecina, hija de su mejor amigo. Todo el proceso que lleva a verbalizar en la pequeña unas palabras de cuya implicación futura ella no es consciente se nos muestra en toda su amplitud y causalidad, con lo cual queda patente que el objetivo del director no es mantener cierto suspense sobre el supuesto atroz hecho y sobre la catadura moral del acusado.
No, sus objetivos son otros: arremeter contra un entramado social que parece ávido de poner en marcha, con la más mínima sospecha, todos sus mecanismos para protegerse de la bestialidad e insania que puede habitar entre sus integrantes. La tesis está clara: el engranaje social ha asimilado los métodos inquisitoriales en aras de de su pureza moral, aunque para ello haya de pervertir su propio funcionamiento, objetivando sus propios temores en una serie de chivos expiatorios que los cepos institucionalizados por el estado de bienestar más tarde o más pronto apresarán.
Vinterberg sacrificará la verosimilitud interna de la narración, forzará la máquina de su discurso en aras de evidenciar este estado de cosas, esta inquisición orquestada por los servicios sociales como reflejo defensivo de una sociedad atemorizada que prefiere poner la carreta delante de los bueyes.
La identificación con el vía crucis del protagonista es total, perjudicando y ahogando la historia. Se intenta disimular la tesis con una enunciación fría, propia del discurso documentalista: secuencias grabadas a distancia, con tele-objetivo; hieratismo de los personajes, aunque el director no es coherente con su propia enunciación, pues carga las tintas y descuida las causas cuando a la proliferación de la denuncia lo antepone todo.
Frente a la parquedad inicial de la información sobre el protagonista Lucas (recién separado-divorciado, disputas telefónicas con la mujer por la custodia del hijo, degradación profesional sin explicación: de profesor de instituto pasa a trabajar con los niños de primaria), cuyo retrato ocupa casi la primera parte de la película, el relato va cubriendo los vacíos generados por sí mismo intensificando lo dramático, en busca de un crescendo que a medida que se desarrolla muestra sus carencias y sus trampas, y que debe culminar con un estallido de violencia redentor por parte del protagonista frente a sus acosadores, meros perros de paja.

La degradación de Lucas y el ostracismo al que es condenado por su comunidad ocupa el espacio central. El impasse generado una vez se está a la espera de la decisión judicial se rellena con la presencia de Marcus, el hijo del protagonista, que aparece para respaldar a su padre, saltándose a la torera los límites que había impuesto la ausente (y ahora desaparecida del mapa) madre.
Con la aparición filial, la película parece abrir otras vías de sentido. Ahora la crítica de la cámara busca mostrar un relato de iniciación masculina, donde lo literario del título da paso a lo literal. Marcus asume la defensa a ultranza de su padre, violentamente si es preciso, peleando con los vecinos y antiguos amigos. El hijo aparece, desaparece y vuelve a aparecer a conveniencia. Su padre es el venado, el trofeo, que se está cobrando la comunidad, pues el grupo de amigos de su padre basaba su camaradería en la caza del ciervo.
Una secuencia en la que el protagonista Lucas aparece situado debajo de la cabeza de un ciervo subraya esta metáfora, de igual modo que varias secuencias en las que se proyecta su imagen sobre un espejo nos advierten sobre su pusilanimidad, sobre su falta de carácter, que no sobre su falsedad. Secuencias creadas ad hoc para marcar el camino del calvario del apestado protagonista remarcan la inconsistencia cuando no el descuido de la trama. Lucas está durmiendo con una compañera de la guardería con la que acaba de hacer el amor y entablar una relación, cuando recibe una llamada de su hijo en mitad de la noche, roto emocionalmente por la acusación vertida contra su padre, mientras que su amante dormida, que ese día ha trabajado en la guardería no sabe nada del asunto.
La secuencia del supermercado, en donde culmina el desprecio sobre el propio Lucas, resulta inverosímil: allí es agredido por los empleados, a instancias del encargado que le ha prohibido la entrada; cuando regresa para desquitarse y exhibir la transformación interior que le insta a devolver la violencia que se le ha infligido, lo dejan en paz y le devuelven su compra, sin volverlo a agredir.
La directora de la guardería aparece como un personaje intransigente, sin ningún tipo de dudas respecto a las palabras de la niña Clara. Sin ton ni son desaparece. Eso sí: nos deja una perla que es exhibida como un mantra: los niños nunca mienten, mantra contra el cual el director arremete pero cuya arremetida resulta inconsistente por el carácter falaz de lo arremetido.

La relación con Clara, la niña, también parece querer ofrecer otra vía de sentido, pero dado que no hay ambigüedad posible, bascula entre una especie de complejo de Electra o de posible maldad-perversión intrínseca que no se desarrolla. La relación con el padre de la niña, el mejor amigo de Lucas, también carece de consistencia. Da la impresión que actúa unas veces motivado por el influjo de su mujer, otras por su propio desprecio.
La eclosión visceral del protagonista, bien regada de alcohol, convertido en un ecce homo, se producirá en mitad de la iglesia, en Nochebuena, en una especie de acto redentor que persigue contrastar las buenas y farisaicas intenciones navideñas con las intenciones reales.
Después de esta secuencia se produce una elipsis de casi un año. Las aguas parecen haber vuelto al cauce de una cierta normalidad, en la que Lucas ha rehecho su vida, siendo readmitido en su entorno. Una coda final, un giro del guión bastante previsible, nos muestran una cacería en la que, después del ritual de iniciación varonil, padre e hijo y el resto de amigos se disponen a cazar ciervos. Lucas sufrirá una sorpresa desagradable, cuyo sentido el espectador ha de rellenar.
Así pues, siguiendo las pautas de la novela negra escandinava que tanto éxito ha cosechado últimamente, nada es lo que parece en los bucólicos paisajes boreales. O como decía el ínclito habitante de Elsinore, algo huele a podrido en Dinamarca.
Escribe Juan Ramón Gabriel
