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Sin duda alguna
Escribe Juan Ramón Gabriel
La carga polisémica de la palabra que intitula esta película es la munición sobre la que se entabla una polémica que sirve de basamento al armazón dramático y narrativo de un guión elaborado para propiciar una batalla entre dos titanes de la interpretación hollywoodiense, Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman. Por un lado, la duda como vacilación, inseguridad y falta de convicción o firmeza en la fe religiosa, la católica concretamente; por otro, su acepción de sospecha, recelo y desconfianza.
Ambos significados lidian a lo largo de la historia en busca de un sentido que resuelva la ambigüedad, tarea que corresponde a la sintaxis de un relato que consigue disipar la confusión que ha intentado sembrar al precio, demasiado elevado, de orillar los aspectos más insoportables y escabrosos que, impunemente, ha utilizado para generar tensión, aparcándolos en aras del enfrentamiento interpretativo entre los dos colosos protagonistas.
Ambientada en 1964, cuando la sociedad norteamericana aún sufre los efectos traumáticos del magnicidio presidencial de Kennedy, generadores de un sentimiento de inseguridad y desorientación; en un colegio católico nutrido, principalmente, de jóvenes irlandeses e italianos a los que se les ha añadido un estudiante negro; en una etapa de luchas intestinas en el seno de la Iglesia a raíz del “aggiornamento” que impulsó el Concilio Vaticano II, la recreación cronológica está lograda eficazmente, sin necesidad de llevar a cabo una estilización de los años sesenta mediante un diseño de producción que hubiera acaparado protagonismo, hecho éste que sí afecta a una de sus competidoras por los premios de la Academia (Revolutionary Road).
Asimismo, la planificación y los movimientos de cámara persiguen la transparencia propia del modelo de representación clásico, sin ningún alarde de modalización que perturbe el desarrollo de la narración, a excepción de algunos planos oblicuos y picados y contrapicados, con un cierto afán de énfasis y subrayado, totalmente innecesarios.
Ante los dos personajes protagonistas, se sitúa la joven hermana James, que aúna en su personalidad una fuerte convicción religiosa y los aires frescos y renovadores de los nuevos tiempos que corren. No es baladí que en las secuencias en las que aparece impartiendo clase de historia los temas tratados sean el New Deal de Roosevelt y la alianza fascista entre Alemania e Italia, del mismo modo que acepta a regañadientes el retrato de Pío XII en el aula, pues ella hubiese preferido otro Papa (obviamente, Juan XXIII).
Ella representa una inocencia y juventud que va a ser instrumentalizada en la pugna que se desata entre el Padre Brendan (Hoffman) y la directora del colegio, la hermana Aloysius (Streep). De hecho, una delación suya, de buena fe aunque mediatizada, será la excusa para el inicio de las hostilidades que se mantenían soterradas entre los dos grandes pesos pesados, cada uno de ellos representante de un particular y antitético modo de ver la religión y, por ende, la propia vida: el carácter alegre, vital, expansivo y de proximidad humana (kennedyano y postconciliar) del padre Brendan, frente al carácter hirsuto, rígido, inflexible y contrario a cualquier efluvio sentimental de la hermana Aloysius.
Sorprendentemente, la hermana James desaparece de escena en el fragor de la batalla, con la excusa de tener que visitar a un familiar enfermo, lo cual propicia el enfrentamiento directo entre sus dos mentores sin testigos incómodos, aunque deje al espectador sin el punto de identificación que la película había utilizado hasta entonces.
Esta ausencia perjudica al guión, pues lo ostentoso de la batalla moral entre aquéllos se queda en una lucha dialéctica que no alcanza la intensidad dramática que los nubarrones esparcidos por el director-guionista presagiaban.
De igual modo, resulta inmoral el tratamiento que recibe el espinoso tema de los abusos sexuales por parte de los sacerdotes, puesto que el destinatario concreto de los mismos se convierte en una víctima propiciatoria de las situaciones que lo rodean, tanto la familiar (su padre biológico no lo soporta, amén de maltratarlo con saña, según confesión de la propia madre), la escolar (ha sido expulsado de un instituto público porque sus compañeros lo querían matar) como la personal, en tanto en cuanto sus propios inclinaciones sexuales actúan como posible acicate y desencadenante de la actuación de su mentor-depredador religioso.
De esta manera se le convierte en un chivo expiatorio y en una mera excusa para que el dispositivo argumental alcance cierto dramatismo, a costa de su humillación y dolor que son soslayados y eclipsados.
Cuando su propia madre acepta el sacrificio de su hijo con tal de que pueda continuar estudiando y subiendo en el escalafón social, la hermana Aloysius se arroga el papel de salvadora y redentora del cordero inmolado, aunque en el fondo es el pretexto que necesita en su particular lucha contra la jerarquía superior y masculina, pues este ingrediente, la dominación patriarcal de la institución Iglesia frente a la situación subsidiaria de la mujer-monja, también se añade, como un fleco temático más de los muchos que se esbozan como gruesos brochazos, al variado soporte ideológico.
La caracterización física de las monjas las convierte en anacrónicas figuras extraídas del imaginario oscurantista del Salem del siglo XVII, animalizándolas cual cuervos negros prestos a devorar cualquier atisbo de vida. Aún así, la Streep dota a su personaje de entidad, dentro de los férreos límites que le impone un papel por el que su exceso gestual y cierto histrionismo emergen, minando el hieratismo inicial.
La secuencia de la cena pantagruélica entre el padre Brendan y sus superiores, el obispo y Monseñor, desambigua con antelación la sombra de la sospecha. Tampoco se aviene con la estructura de la incertidumbre ética la escena en que la metáfora del sermón se visualiza en las calles que rodean al colegio, mediante la lluvia de plumas.
La transferencia dubitativa que se opera al final en el berroqueño –hasta entonces– espíritu de la hermana Aloysius, muestra un desmoronamiento sobrevenido y extemporáneo, producto de su “humanización” al transgredir uno de los diez mandamientos para expulsar de su redil a la feroz alimaña, aun a costa de utilizar los mismos medios que ha combatido.
En fin, demasiada poca sustancia nuclear y demasiados hilos periféricos para un asunto intolerable moralmente al que se ha querido acercar el director con una ambigüedad impropia e inadecuada, con una superficialidad y desorientación sobre la cuestión básica que le interesaba exponer y el modo de exponerla, a medio camino entre el cine de denuncia, el drama y el análisis psicológico; sin atreverse a escarbar en el cenagal del alma humana. Todo lo cual es comprensible desde los parámetros de la industria de la que parte (una filial de Disney es la productora) y de la que espera obtener reconocimiento.
