La noche del crimen (3)

Published on:

La huella esquiva del asesino

Crimen y género, cuestión entrelazada, versión aclimatada a realidades sociales que, en tiempo de fetiches taquilleros y radicalizaciones feministas, resulta una sobria visión reflexiva sobre nuestra cultura. Desconcertante thriller, mantendrá al espectador atado a la butaca durante 1 hora y 14 minutos de duración, tiempo efectivo y suficiente para desarrollar un esquema que trasciende aspiraciones pasatistas.

Dominik Moll juega con conceptualizaciones varias, el peso de lo personal en la tarea, las relaciones entre hombres y mujeres, la investigación como suceso dependiente de la costumbre. Una identidad que, más allá del género, es cultura. Formas de proceder típicas aluden al «eterno retorno» de particularidades definitorias para problemas donde la solución incluye tradiciones de pasados tan remotos como inmediatos.

Una circularidad que fractura sin perder de vista la perspectiva; las modalidades involucran transformaciones solo aparentes; las indagatorias avalan ausencia de recursos técnicos. Es la consolidación de una visión implícita acorde a formulaciones de presentación: «Cada año la policía judicial inicia más de 800 investigaciones por homicidio. Casi el 20% quedan sin resolver».

El filme contiene muchas alusiones a la permanencia. Desde el comienzo, incita a una valoración del cambio que no es tal. Un jefe de policía en homenaje, su retiro abre paso a nuevas generaciones que continuarán las tradiciones de una experiencia para nada ajena al tránsito por un servicio habitual; los personajes permitirán entrever la impotencia propia del legado de una cultura policial siempre contaminada por lo previo.

Una chica es calcinada por alguien que la aborda en medio de la noche, la policía intentará descubrir al asesino; el desfile de sospechosos superará las expectativas, las pistas se desvanecen entre coartadas y prejuicios.

Manejo del tiempo que jamás apela a flashbacks, aun en momentos donde el efectismo podría ser pertinente, la renuncia dirime circunstancias abordando el momento con fotografías en blanco y negro, donde la ex esposa del principal sospechoso luce de pómulos inflamados. El sujeto golpeador se vuelve foco en la investigación por intermedio de una camiseta ensangrentada exhibida a modo de ofrenda tras auto incisión.

Supuesta «herida afectiva» por fuera del reconocimiento de su autor, simula ser homenaje a quien fuera su aventura sexual, algo frecuente en la víctima; aquí, es donde el filme establece el punto neurálgico generador de líneas de investigación típicamente culturales. Sospechas que articulan con prejuicios; hombres y mujeres demarcan comportamientos esperables en función de una coyuntura puntual que delinea perfiles.

La promiscuidad introduce a la víctima en zona de riesgo, el culpable se vuelve masa inidentificable, blanco móvil que sitúa al hombre en la línea de fuego; el responsable puede estar en cualquier parte. La prueba final será esquiva, eficiente en el engrosamiento de un 20% de desacierto judicial. La condición masculina es cultura hecha carne en el ejemplo consuetudinario.

La indagatoria opera desde la repetición de la experiencia y la lógica de tipologías asociadas al género. Condición de hombre que se vuelve regularidad en la consideración de lo posible, nadie piensa que una mujer pueda haber cometido el homicidio; los investigadores asumen un posible ajuste de cuentas por celos, los interrogatorios buscan amantes despechados, la pesquisa se estandariza en función de la cultura policial, fiel reflejo de características actuales en una sociedad descontrolada y abusiva.

Limitantes esbozadas en facetas que denotan movimiento direccionado, tanto en sentido circular como ascendente. El capitán Yohan Vivés (Bastien Bouillon), ciclista empedernido, optará por cambiar el rumbo, se apartará de la marcha habitual, el velódromo cede paso al trayecto unidireccional, combinación de lo conocido con lo nuevo. Ascenso a la montaña en busca de una «primera vez», se aleja del círculo vicioso, suerte de repetición que solo indaga en terreno de aventuras sexuales.

Luego de una secuela de frustraciones, la investigación es retomada 3 años después. Anouk Grinberg será la encargada de desenterrar el caso, en su aniversario, a la espera de un golpe de suerte. La reaparición, en clave de recordatorio, será la única esperanza. Resurrección que emerge, no precisamente bajo la óptica de un sistema que comienza a retacear recursos materiales, sino por la sensibilidad asentada en impulsos individuales, donde la identidad de género no es ajena al sistema legal: la jueza será protagonista.

La realidad adquiere matices, el «patriarcado» es puro cuento, pero sí, es cierto que «algo anda mal en las relaciones entre hombres y mujeres».

Se espera la «sensibilización» del victimario, algo que suele ocurrir en estas faenas; de nuevo, lo preestablecido enmarca la ausencia de creatividad apadrinada por un sistema aprisionado en operaciones estandarizadas, que obturan formas de pensar alternativas. La montaña del ciclista, «desafío», «como si» de una experiencia ya atravesada por otros, pero no por Bouillon, esa es la novedad, aunque su primera vez poco aporte en tal sentido.

La película juega con disposiciones morales solapadas en la combinación de experiencias personales. Actitudes profesionales, y testificaciones transitorias, afincan en presunciones y presuposiciones que, a su vez, arraigan en concepciones de género supuestas o reales.

Nani-Pauline Serieys detendrá la declaración ante el «respeto» a la memoria de su amiga; la persistencia de Bouillon podrá más, la información verá la luz. Al parecer, algunos amantes engrosarían demasiado la lista, el prontuario estaría a la altura de un modelo de «decencia» delator de tendencias de vida inclinadas hacia desviaciones censurables por la cultura. Las mujeres operan desde un modo de ser en anuencia a un sistema que protege al hombre. Nathalie (Camille Rutherford) actúa en conocimiento de causa, es coartada de apariencia fidedigna, acepta al golpeador en todas sus facetas, lo justifica y protege ante la ley.

Por otra parte, los hombres desarrollan la heterogeneidad en términos de múltiples implicancias. Marceau (Bouli Lanners) será el policía identificado con la protección femenina, proyecta el mal en las declaraciones de los amantes; además, ha sido abandonado por su esposa, situación crítica que viene anclada al embarazo alcanzado con otro hombre. Espectáculo deseado y efectivizado de manera declarada. Aquí tenemos otro modelo femenino, el que engaña y utiliza, en función de deseos y necesidades propias.

Todo se complejiza, la realidad adquiere matices, el «patriarcado» es puro cuento, pero sí, es cierto que «algo anda mal en las relaciones entre hombres y mujeres». El dilema remite a dos géneros; vinculaciones insertas en una cultura afincada en diversidades delimitadas por pautas. Afección a la interna de un sistema de relaciones con particularidades esbozadas. La diversidad ya no opera en términos de reivindicación, sino de heterogeneidades que responden a reglas aún por descubrir y comprender. Son las mismas que, quizá, permitan resolver el restante 20% de los crímenes, ni bien las metodologías aparten su atención de cómodas regularidades no necesariamente universalizables.

Bouillan discutirá posiciones de subordinados que cuestionan el comportamiento de la víctima y su convocatoria al acto criminal, mientras Nadia (Mouna Soualem), en su deseo de aventura policial, se unirá a la brigada.

A fin de cuentas, el gato negro, antes de caer en desgracia, también supo ser adorado. Todo es cuestión de contexto.

La realidad se matiza aún más con la aparición de casos patológicos que contaminan la simetría. Los individuos ofrecen particularidades que el sistema desconoce, afloran, a modo de aspiraciones, deseos, emociones y conflictos, para impactar en cuestiones criminales que, si bien se ofrecen a un tratamiento de rutina, permanecen ajenas al éxito de procedimientos derivados.

Película de rarezas, afloran a cada paso para dar cuenta de la complejidad de lo humano, inabordable más allá de ortodoxias metodológicas refugiadas en lo institucional. Representación en planos generales de la edificación que alberga a la división policial, lo instituido, fórmulas de alcance casuístico de eficacia disonante en relación con una inoperancia que contrasta con lo imponente de la organización estatal.

Todo esto condimentado con alusiones y apariciones de gatos negros, clara mención al mal augurio. La vinculación, con la muerte y el mal, signa ese remanente de casos difíciles resistente a un raciocinio que peca por reiteración. Otrora símbolo de buena fortuna —Antiguo Egipto—, el pelaje oscuro del animal admite la interpretación en sintonía con un relativismo propio de concepciones desmarcadas de fijezas y ortodoxias. En la actualidad, subsisten asociadas a lo políticamente correcto.

Comenzábamos este trabajo haciendo alusión a estrenos presentes que remiten a juguetes infantiles manipulados de acuerdo con contextos transitorios. Lógicas de consumo que aprovechan ideologías en boga, derivación hacia fines lucrativos; razón de ser para una subsistencia anclada en estudios de mercado. Modas que, asegurando récord de ventas, simplifican la comprensión de los problemas. En este contexto, la película de Moll cobra valor como llamado de atención ante la pérdida de vidas humanas y el abordaje del crimen desde la implicación de rutinas que operan sin necesario conocimiento de causa.

La impronta, desinteresada en lo humano y afincada en la ventaja del momento, es presencia delineada en marco de circunstancias comunes de afectación a los sospechosos; la muerte de Clara no interesa a ninguno de sus amantes, parejas o lo que fuese, de acuerdo con cada perspectiva declarativa. La investigación da cabida a un zoológico de rarezas que desfila ante el telón de fondo de la «desigualdad de género» para, finalmente, contrastar con realidades como las de Marceau o Nadia, donde el papel de lo femenino, lejos de padecer algún tipo de abuso, esgrime acciones en función de intereses propios, más allá de prejuicios o transgresiones que ofendan al género masculino o transgredan normas «grabadas a fuego en el imaginario social».

Dominik Moll nos ofrece una perspectiva problematizadora y compleja. A fin de cuentas, el gato negro, antes de caer en desgracia, también supo ser adorado. Todo es cuestión de contexto.

Escribe Álvaro Gonda Romano