Los pequeños amores (4)

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La emoción de lo cotidiano

«Tiempos que fueron llantos y risas…»
(Rosalía de Castro)

Después de su esplendorosa ópera prima, Viaje al cuarto de una madre (2018), Celia Rico Clavellino nos ofrece un segundo largometraje de enjundia, Los pequeños amores (2024), donde vuelve a tratar con humanismo y un enfoque amplio las relaciones maternofiliales y que, si bien no alcanza la redondez de su primera película, constituye un trabajo valioso, lleno de numerosos aciertos.

Si en Viaje al cuarto de una madre brillaban con una luz inmensa Lola Dueñas y Anna Castillo, en Los pequeños amores sobresalen unas magníficas Adriana Ozores, en el papel de madre, y María Vázquez, como hija, Teresa. En el fondo, se puede estimar la nueva película de Rico Clavellino como una serie de variantes sobre su debut cinematográfico. Ambas creaciones se basan en unas excelentes interpretaciones femeninas, y a través de las miradas y diálogos en bastantes momentos cotidianos, la cineasta levanta otra vez un universo verdadero, especial, íntimo, pero con una proyección universal.

Adriana Ozores, en su contención actoral, en la potencia de sus ojos, que hablan sin pronunciar palabra, nos recuerda a Terele Pávez (Régula) en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, esto es, una actriz veterana con pleno dominio de sus dotes interpretativas y que, en mi opinión, se sitúa al nivel de sus mejores actuaciones en La hora de los valientes (1997), de Antonio Mercero, y Heroína (2005), de Gerardo Herrero. Por su parte, María Vázquez, una Magnani gallega, una actriz destinada a una carrera enorme, confirma la maestría con la que nos cautivó en Matria (2023), de Álvaro Gago.

Varias escenas de Vázquez y Ozores, con sus extraordinarios primeros planos, en su día a día compartido en la casa rural de un pueblecito, que con tino la directora no nombra porque podría ser cualquier pueblo alejado de las grandes urbes, resultan prodigiosas por toda la verdad artística y humana (si estos adjetivos pueden ser distintos) que contienen. Los espectadores nos creemos a esa madre inmovilizada por una lesión en la pierna, la madre viuda, que bajo un carácter fuerte va progresivamente en el filme abriéndose hacia la ternura y el amor hacia su hija. Y nos creemos a Teresa, una cuarentona en plena encrucijada existencial, angustiada por las dudas y la tristeza por no encontrar su lugar en el mundo, y que en ese estío descubrirá algo clave: la voluntad de vivir, de apreciar toda la luminosidad de la vida, pese a las adversidades, lo oscuro que nos carcome.

En Los pequeños amores no asistimos al dramatismo creciente, a la tensión imperante, a la lucha de egos que existen en Sonata de otoño (1978), de Bergman. Por el contrario, en el largometraje de Rico Clavellino se imponen la comprensión, los puntos de entendimiento, la primacía del amor de madre a hija y de hija a madre, amores superiores a las diferencias generacionales e idiosincráticas.

Con todo, la película no despega en el arranque, sino con la aparición de un tercer intérprete de calado, un sublime Aimar Vega, que encarna a Jonás, un muchacho humilde, de pueblo, que en esas semanas estivales pintará la casa de la madre, ubicada en plena naturaleza, en las afueras del pequeño municipio. Con genialidad, Rico Clavellino, irá otorgando mayor peso en el filme a Vega, potenciando el realismo y la profundidad del mismo. El joven, en su bondad natural, en su sencillez intrínseca, se adapta a las mil maravillas a la atmósfera realista de la película, levanta el ánimo decaído de Teresa y apacigua la melancolía de la madre. Es Jonás un rayo luminoso en las vidas de madre e hija.

El triángulo interpretativo que forman se establece como la principal diferencia con la dualidad de Viaje al cuarto de una madre. Las secuencias de las lecturas de Madame Bovary, de Flaubert, o las que cantan bellas canciones, con una clara impronta del cine de Nanni Moretti, se alzan como algunos de los puntos cimeros de la película. También sobresalen las escenas rodadas en los bosques y junto al río, con una genial fotografía, y que potencian el vitalismo del filme y donde notamos la ascendencia de Truffaut y obras de la trascendencia de Jules y Jim (1962). En el fondo, la Nouvelle Vague alienta este filme, como también influyó en los primeros trabajos de Trueba, Colomo o Cuerda.

El final del largometraje, sin ser flojo, no está a la altura del conjunto de Los pequeños amores. No obstante, la sensación que tenemos al salir de la sala de cine es la de haber asistido a una película repleta de autenticidad, hermosa en su dureza, donde esencialmente no sólo se habla de los miedos y las esperanzas de una madre y una hija, sino de las esperanzas y los miedos de todos nosotros.

Celia Rico Clavellino se coloca merecidamente junto a otras talentosas cineastas como Carla Simón, Pilar Palomero o Itsaso Arana, que en los últimos años han creado espléndidos filmes, y que evidencian en cada película que la magia del cine, su latido inacabable, no estriba en efectos especiales y en piruetas técnicas, que su fulgor lo encontramos en el acercamiento sencillo y hondo a los vericuetos del corazón humano.

«Tienes el alma llena de lluvia…».
(Ángeles Mora)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos BTeam Pictures