Animales sin alma
Suele decirse del Islam que su profundo fundamentalismo y su fe ciega derivan de la insuficiente evolución histórica de su credo, puesto que lo primordial de su doctrina fue dictada hace apenas 1400 años y por lo tanto su “estadio evolutivo” se halla en lo que podría asimilarse a nuestra edad media, época de oscurantismo y sumisión religiosa que no vio la luz de la modernidad hasta casi trescientos años después.
Semejante despropósito evolucionista (y etnocéntrico) obvia varios hechos, el primero de los cuales refiere que el Islam no es sino una selección —ampliada por el Corán— de las religiones del Libro, y que cuenta por ello al menos con cuatro mil años de precedentes, entre los que se encuentra precisamente el Judaísmo, religión en la que se centra la presente película.
Consecuentemente, la interpretación antes mencionada debería poder explicar por qué los hebreos ultraortodoxos (una secta de poder dominante en Israel), a pesar de contar con semejante bagaje, no han “evolucionado” hasta una prédica religiosa tolerante y abierta, del mismo modo que podría hacer notar cómo su machismo recalcitrante no ha desaparecido de la sociedad hebraica.
David Volach muestra en su ópera prima las interioridades de ese mundo tan antiguo y cerrado de un modo cadencioso y silente, apenas quebrado por el murmullo de la oración y una música discreta y notable. La falta de diálogo es quizá la más sutil de las parábolas que trufan su realización minimalista, y quiere sugerir precisamente la ausencia de comunicación racional, en un mundo mediatizado por
Abraham, el padre de Menahem, el chico protagonista, es uno de ellos: inflexible y devoto, no permite la más mínima desviación de la regla y de la oración, aunque no pueda considerarse un tirano; el amor por su hijo es sincero, pero su vida gira en torno al estudio de las escrituras y la interpretación del mundo real no es sino una extensión de aquéllas.

Abraham es como el patriarca de los judíos, dispuesto a sacrificar a su hijo para servir a Yahvé, y en esto el realizador se permite de nuevo plasmar su reflexión mediante sentencias talmúdicas, algunas de las cuales son singularmente afortunadas: apartar a la madre del nido, negar alma a todos aquellos que no profesen el Judaísmo, o hablar de la providencia sólo para el hombre recto. Tales sentencias van desgranándose en forma de parábolas, cuya concreción en el mundo real de las secuencias del filme, muestra cómo todo creyente puede encontrar en él sobrados ejemplos para poner en práctica las enseñanzas de la fe, a poco que se esfuerce en saber verlas.
Sin embargo, tales enseñanzas apenas pueden aportar lo más necesario: el consuelo y la piedad en los momentos difíciles. Cuando la realidad se empeña en ponernos frente a una verdadera prueba, alzar los ojos al cielo en busca de una señal puede resultar tremendamente frustrante, aunque es obvio que para alguien lo bastante devoto, esto también tiene respuesta en los sagrados escritos. El problema es que aquéllos que no están lo suficientemente cegados por la luz divina, pueden tener muchas preguntas que hacerse.
Un retrato sereno, pero mordaz. Sin grandilocuencias ni efusiones sentimentales, con un pulso quizá exasperante, pero no exento de intencionalidad, puesto que mostrar la apatía, la planicie emocional y la renuncia a lo humano quizá necesita de letanías tediosas.
Escribe Ángel Vallejo
| Título | My father, my lord |
| Título original | Hofshat Kaits |
| Director | David Volach |
| País y año | Israel, 2007 |
| Duración | 72 minutos |
| Guión | David Volach |
| Fotografía | Boaz Yehonatan Yaacov |
| Distribución | Karma Films |
| Intérpretes | Roni Aharon, Nitsam Bar, Yonathan Bashayev, Idit Ben abu, Baruch Bernshtain |
| Fecha estreno | 19/11/2010 |
| Página web | http://www.karmafilms.es/ficha_cine.php?ID=17 |