Pobres criaturas (3)

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La libertad de ser uno mismo

Podríamos decir que Poor things, o Pobres criaturas como se ha traducido al español, es el nuevo artefacto explosivo que se ha sacado de la manga Yorgos Lanthimos con la ayuda del guionista Tony McNamara. Con este último ya unió fuerzas para su penúltima elaboración estrenada en pantallas, La favorita. Esto es especialmente importante porque es la colaboración con McNamara la que parece haber acercado a Lanthimos a las grandes audiencias y a los premios populares desde la antedicha última obra. Eso y, claro está, la participación de Emma Stone.

Recordemos que Lanthimos siempre firmaba el guion a cuatro manos junto con su cómplice Efthymis Filippou hasta que llegó La favorita, cuyo libreto era del citado McNamara y Deborah Davis. Todo un reto debió de ser para Lanthimos dirigir algo que de entrada él no había gestado en su mente. Ahora, para ir más lejos en la propuesta, adapta la novela homónima de Alasdair Gray, aunque acaba volviendo de algún modo a las raíces cinematográficas del realizador. Porque bien se podría leer esta Pobres criaturas como una puesta al día, ultraestilizada y fabulística, de aquella Canino, que descubrimos allá por 2009.

Si en Canino veíamos a tres hermanos adolescentes cuyo mundo eran las dependencias de una casa de campo y no salían nunca al exterior de las mismas, aquí es la heroína del relato la que vive consentida en un palacio de cristal que le aplaca las necesidades hasta que el punto disruptivo de querer más nace en ella. Y si en Canino la salida a lo desconocido hacia apresurar su desenlace, aquí es el descubrimiento del mundo lo que hace arrancar la acción.

Bella Baxter es una mujer joven y atractiva que ha sido revivida por una especie de científico-genio loco, el doctor Godwin Baxter, quien la educa como si de una hija se tratase. Bella vive, como ya hemos dicho, en el interior de una enorme mansión, pero anhela conocer lo que observa desde su tejado. Su condición biológica hace que su educación y socialización se acumulen en su cerebro de una forma completamente diferente de la del resto de mortales, por lo que Bella no tendrá concepción alguna sobre el prejuicio, el pudor o la moralidad de su tiempo. Esta libertad de pensamiento será la que le otorgue un absoluto libre albedrío para vivir la vida según sus propias reglas.

Animada por el descubrimiento del sexo, el ansia de conocer mundo y el señor Duncan Wedderburn, un galán mujeriego que sólo pretende disfrutar del cuerpo de la joven, emprende un viaje a través de diferentes ciudades europeas. En este viaje no sólo se forjará una personalidad arrolladora, sino que se convertirá en una mujer culta y brillante que le permitirá desarrollar una vida escogida por sus designios, y no por lo que los demás quieren para ella. O lo que viene a ser lo mismo, el realizador griego nos planta delante una sinfonía abigarrada sobre la emancipación femenina enmarcada a finales del siglo XIX.

El universo de Bella

Todo este entuerto es para Lanthimos la excusa perfecta para erigir un universo enloquecido y alucinógeno que supone todo un desafío para los sentidos. Los paisajes son absolutamente surrealistas, los animales son curiosos híbridos, los espacios parecen gabinetes de curiosidades y el uso de la cámara tira de recursos extravagantes. 

Pobres criaturas es una fábula, un cuento moral que deconstruye y condensa el tránsito de la niñez a la madurez y, de paso, escupe sobre la mayoría de varones que pretenden proteger al género femenino y llevarlo a su terreno.

Lanthimos, además, lleva toda esta temática al esperpento más absoluto para que nos estallen las cabezas. Porque Pobres criaturas rehúye del melodrama para zambullirse en lo grotesco, lo cómico, lo zafio, lo exuberante, y crear una obra igual de libre y salvaje que su propia protagonista.

Nunca su director había pretendido ser tan sumamente divertido, tan vivaz y ensoñador como lo es en esta cinta.

Nunca su director había pretendido ser tan sumamente divertido, tan vivaz y ensoñador como lo es en esta cinta. Lo que de alguna manera parece que haya hecho que esta sea su película más del gusto de todos los públicos, aunque esto parezca una contradicción.

Bella es la respuesta femenina al monstruo creado por el doctor Frankenstein, quien a su vez sería aquí Godwin Baxter, padre de esta pobre criatura. Pero a Lanthimos no le interesa el ambiente de una novela gótica, sino que lo que quiere es ser el demiurgo del propio mundo en el que Bella debe vivir. Aquí el realizador quiere abrazar a su personaje central y no arrastrarlo por los lodos de las miserias humanas como había hecho hasta ahora en sus obras previas. Quiere salvarlo, elevarlo y glorificarlo. Porque cree en su poder y en su destino.

Y aquí es donde entra esa fuerza de la naturaleza llamada Emma Stone. Después de haberla atendido en este sublime invento, ya no se la podrán sacar de la cabeza. Porque su modo de dar vida a este personaje devora todo lo que se halla a su paso y rompe con toda interpretación armoniosa, cabal o segura. Es más, la locura que desprende cada parte de su cuerpo hace que estemos ante una de esas interpretaciones que serán profundamente analizadas en años venideros.

Y, quizás, es aquí donde la obra aún va a mayores, porque ese terreno de creación libre e iconoclasta que nos ofrece el binomio Stone-Lanthimos es de lo más sugerente que hemos podido ver este año.

Dicen por ahí que ambos seguirán colaborando en futuros proyectos. Bien, esperamos que así sea.

Escribe Ferran Ramírez | Fotos 20th Century Studios

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