Sin aire (1)

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Lecciones de vida bajo el mar

Primera media hora de un aburrimiento supremo que se extiende durante todo el metraje. Sin aire es una acumulación de lugares comunes que entorpece el desarrollo de un thriller totalmente carente de expectativa. Junto a un cúmulo de torpezas, anunciadas de antemano, encontramos el drama de dos hermanas que se disponen a bucear en la costa de Malta. Una de ellas quedará atrapada en las profundidades luego de un derrumbe submarino.

A partir de aquí, una carrera contra el tiempo condicionará las posibilidades de salvación de May; su hermana Drew, prototipo de la «niña» ilusionada bajo el lente de las bondades del habitual reencuentro, no vislumbrará el riesgo que se esconde bajo una tradición submarinista acostumbrada en la niñez.

Los flashbacks intentan introducir una segunda línea dramática que juega con la relación de ambas niñas; las memorias introducen una especie de estado delirante bajo los efectos de la narcosis por nitrógeno. Intercalación de recuerdos que no alcanza a sobrevivir en la intención, la escasa tensión es apenas acaparada por la trágica circunstancia submarina. El filme no funciona fuera de lo previsto, nada nuevo bajo el sol para un thriller vulgar y silvestre absolutamente carente de creatividad.

El océano se extiende desde una magnitud que expande la experiencia de lo insondable; 13 minutos son suficientes para desatar el poder de la naturaleza y su incierta expresión de fenómenos ajenos a la voluntad de cualquier ser vivo que se interponga. May y Drew representan dos características opuestas simplificadas y opacadas, quedan aprisionadas por desafíos, tanto de orden natural como psicológico. La profundidad se ciñe entre ambas solo sugerida por el desplazamiento a metros de la superficie.

Los problemas vinculados con el agua serán saldados por la angustia en los avatares de la inmersión; después de todo, el amor entre hermanas será más fuerte que los resentimientos afincados en sucesos de la infancia: los flashbacks son solo decorativos. Maximilian Erlenwein no pretende contaminar la esencia del filme con disquisiciones acerca de problemáticas familiares; los recuerdos ofician de condimento superficial que matiza la experiencia dramática, una simplificadora manera de espolvorear cuestiones que jamás serán desarrolladas.

El fin es rellenar la historia con elementos de identificación comunes al espectador promedio: ¿quién no fue alguna vez sometido a una exigencia que despertó una fuerte angustia en la infancia?

El resultado parece sugerir desavenencias familiares futuras que afectan de manera desigual. May es la muchacha seria que no tolera la liviandad despreocupada de su hermana; Drew, la contraparte que terminará experimentando la responsabilidad. Un camino que mueve a la ansiedad desde una realidad donde la vida está en peligro. La prueba terminará en un empate de doble riesgo, ambas tendrán la oportunidad de asistirse mutuamente.

La tarea será expresada en el vaivén de circunstancias amenazadoras para diferentes momentos. El sentimiento muto, por si alguna duda quedaba, es salvaguardado en la propia dinámica de sucesión de hechos combinados en ambos rescates. La relación que mantienen no se desarrolla más allá de superfluos indicadores acerca de un pasado infantil que solo opera con el fin señalizar problemas existentes. El agua será la oportunidad de un renacer que traerá la unidad en la transformación por la experiencia extrema.

Los problemas con el oxígeno introducen la idea de una situación asfixiante en todas sus dimensiones temporales. La presencia imaginaria de un padre, que observa y controla, sirve de instancia para accionar motivos que justifican la presencia ante el peligro compartido. Un pasado infantil incentivado hacia el buceo se articula con la necesidad presente de compartir una jornada en el océano.

Los hechos inesperados constituirán la oportunidad para subsanar diferencias del pasado mediante transformaciones propiciatorias en el surgimiento de nuevos comportamientos ante la situación límite: Drew ya no será la chica ilusa que no percibe el peligro, May tendrá la oportunidad de reconocer el cambio en su hermana, además de admitir y aceptar lo impropio de su resquemor.

El desenlace es convencional, nivela los personajes a soluciones compartidas que introducen  simetrías esperadas.

El miedo destruye la confianza; May revive la inmersión accidentada en asociación con episodios donde su padre no le permite emerger al hacer presión sobre su cabeza. Curiosamente, esto ocurre cuando las soluciones fracasan, y las posibilidades de supervivencia comienzan a agotarse; afloran, a modo de raíces, confusos episodios enquistados en la historia de los personajes que, sin embargo, carecen de un desarrollo significativo que permita potenciar el guion.

El relato adolece de la contundencia necesaria, se banaliza en el correr de los minutos con intermitencias alusivas a eventos del pasado de tratamiento simplificado. Breves planos familiares, intercalados con primeros planos del rostro de May, denotan una desesperación distorsionada en la memoria de sucesos asociados a los miedos del momento.

El recuerdo es ahogado en el grito contenido por la máscara acuática; resurgir de sufrimientos ocultos que pugnan por salir a flote; al igual que la protagonista, deben conformarse en el silencio de una máscara ocupada en contener la emoción en medio de la vastedad del océano. Recordar que la protagonista sugiere no pensar, reducir los niveles de ansiedad para aquietar el ritmo respiratorio con el objeto de conservar por más tiempo una mayor cantidad de oxígeno en el tanque.

El desenlace es convencional, nivela los personajes a soluciones compartidas que introducen simetrías esperadas, tanto en el vínculo emocional como en el desfasaje que propicia la participación inicial. May y Drew, heroínas a partes iguales; las hermanas logran zanjar un conflicto de carácter unilateral por medio de la experiencia extrema.

En suma, un filme minimalista que pierde pie al intentar fusionar el thriller a un drama insustancial; peca de elementales anécdotas visuales intercaladas para intensificar una tensión que nunca llega. Solo rescatamos fragmentos de vida adosados a momentos críticos donde se anuncia la pérdida de la cordura por las propias condiciones del accidente.

Una representación más de la catástrofe a pequeña escala nos recuerda la fragilidad de la vida en condiciones de riesgo asumidas por la costumbre.

Escribe Álvaro Gonda