The creator (1)

Published on:

Una IA lo haría mejor

Es casi paradójico el conflicto entre el planteamiento creativo de The creator y sus resultados reales, puesto que pretendiendo revolucionar la cartelera merced al tirón de su temática (la IA) y el carisma de su director –el muy sobrevalorado Gareth Edwards– no ha conseguido sino presentar un pastiche carente de originalidad, emoción y valor cinematográfico.

The creator viene a formar parte de ese tipo de películas que intenta hacer de la síntesis entre nostalgia cinematográfica y actualidad sociopolítica un género en sí mismo; este se edifica sobre referencias más o menos explícitas a filmes clásicos y sobre la analogía con eventos presentes que le den una pátina de compromiso social. Lo doloroso es que muy pocas de las películas que lo intentan consiguen equilibrar la dupla y los resultados suelen ser pésimos para crítica y público.

Muy lamentablemente, la ciencia ficción ha sido uno de los laboratorios de tan nefasta idea; ejemplos de esto fueron, por ejemplo, Moon, Oblivion y del propio Edwards la también sobrevaloradísima Rogue One, que consiguió encandilar a los fans de una saga, la de Star Wars, que ha decaído hasta un punto en que sus propios acólitos –antaño tan puristas– llegaron a ensalzar un producto poco más que normalito.

Antes hablaba de paradoja, y ahora quisiera concretar a qué me refería: resulta que The creator es una película sobre Inteligencia Artificial que parece haber sido hecha por una inteligencia artificial, así, con minúsculas: una versión gratuita de Chat GPT que realiza collages por encargo y que tan pronto crea un paisaje onírico deslumbrante como te pone seis dedos en una mano.

Este nada virtuoso bucle se ha construido, como sugerimos antes, en torno a una serie de clichés obtenidos de un modo casi grosero del planteamiento de otros filmes –son casi explícitas las referencias a Blade Runner, Terminator, Aliens, Matrix, Yo Robot, Elysium o Avatar– para luego combinarlas a veces de la peor manera posible, quedándose en la superficie y en el tópico interpretativo de algunas de estas obras, sin hacer ningún intento de revisión, adaptación, profundización o crítica: no encontrará el espectador una sola reflexión estimable, original, o simplemente bien traída, sobre los conflictos emocionales entre los seres humanos y las máquinas sintientes que, como reflejos especulares, les devolviesen la posibilidad de pensar sobre sí mismos.

Pero, por otro lado y para acabar de estropear el planteamiento, Edwards no deja de incidir en su particular y cansina visión ideológica: si en Rogue One un asmático Forest Whitaker emulaba a un Ché Guevara limpio del polvo y la paja místico-purgatoria del personaje real,  ahora todo en la ambientación orientalista recuerda a la Guerra de Vietnam y a las muy «loables» aspiraciones de un Vietcong enfrentado a los EEUU de la doctrina Truman y Teoría del dominó.

Pareciera que el realizador estadounidense aprovechase que el Pisuerga del flujo de datos pasa por el Silicon Valley del Mekong para colocar un sermón que apenas viene a cuento en una película sobre el ser humano y la máquina. La distorsión cognitiva del realizador se aprecia todavía más si somos consecuentes con la analogía que nos plantea, y asumimos que los «invadidos» son simples émulos de los seres humanos, incapaces de toda maldad intrínseca, epítomes de la bondad. Es decir, menores de edad cuya conciencia racional se halla sometida a puros impulsos místicos, incapaces de matar siquiera por compasión cuando la ocasión lo requiere. Nada que ver con HAL 9000.

Nada de esto es lo peor, o ni siquiera criticable en sí mismo: lo que de verdad indigna es la inconsistencia de los planteamientos, lo absurdo del guion, la ausencia de tensión dramática, suspense o emotividad; recursos cinematográficos que han de mantener un cierto nivel de calidad en cualquier obra que aspire a algo más que la irrelevancia, que no suenen impostados hasta la náusea o directamente contradictorios: en el caso antes mencionado, la eutanasia compasiva vetada a los «simulantes»–nuevo apelativo para las IA que suena tanto al de los «replicantes» de Blade runner que uno no sabe si congratularse por el homenaje o escandalizarse por la mancillación– contradice la facilidad con la que estos aprietan el gatillo o incluso accionan bombas al peor estilo terrorista a lo largo de numerosas escenas de acción.

Continuemos: resulta particularmente absurdo el hecho de que los robots lleven un botón de stand-by que los apaga pero no los resetea; eso le sirve a Edwards para realizar un truco de prestidigitación argumental barato, pero que no se congratula con la inteligencia de los villanos ni con la del espectador: el mismo mecanismo que podría haber servido a los que quieren la destrucción de la IA para haber acabado con todos su problemas, es el que resuelve mágicamente los de unos héroes que, por supuesto, son muchísimo más listos y saben aprovecharlo en su favor.

Abundando en los recursos baratos de guion, hay que decir que la IA protagonista es un Deus ex machina andante; toda dificultad con que se encuentran los protagonistas queda resuelta con un gesto de namasté que parece actuar a distancia sobre cualquier aparato, por grande o complejo que sea; basta que en su grosero arco de desarrollo, el místico humanoide aprenda a controlar su magnífico poder.  Si antes no mencioné al Magneto de X-Men, aquí lo tienen remozado y refrito para la ocasión.

Las soluciones de guion son tan simples que uno duda de la inteligencia que ha escrito el libreto.

Pero quizá lo que más duele es que una película llamada a pulsar y evidenciar nuestros miedos sobre la irrupción de las IA generativas de un modo crítico-estético, se haya conformado con tan poco a la hora de caracterizarlas: apenas unas intempestivas pinceladas sobre el miedo a la muerte y la pervivencia del alma como tópico de su incipiente humanidad y una personalidad rousseauniana que se congratula tanto con la idealización del buen salvaje que los etnocéntricos biempensantes de Hollywood atribuyen a las espiritualísimas culturas orientales. 

Con respecto a la relación con los humanos, poco más que una frase para explicar su fuerte implicación emocional con estos ingenios y la distorsión cognitiva que aquella produce: «es solo código», reiteran y se repiten a sí mismos los personajes para romper los lazos de fraternidad o amor que hayan podido tejer con las máquinas.

En este sentido, Kubrick y el memorable «asesinato» de HAL 9000 se alzan como un monumento técnico y dramático inalcanzable para el realizador Edwards; la secuencia cumbre de Blade Runner con Roy Batty es un horizonte creativo tan lejano como lo puedan ser La Odisea o La Ilíada para los artífices del guion. Lo llamativo es que las mencionadas películas tienen 55 y 40 años respectivamente, y pertenecen a una época en que el surgimiento de la Inteligencia Artificial era todavía un sueño –o pesadilla– en verdad ficcional; aún así fueron capaces de profundizar en los elementos paradigmáticos del conflicto de un modo mucho más certero que el de los que se hallan inmersos en una problemática que se les supone coetánea. 

Nadie sabe si es que los árboles cibernéticos ya no dejan ver el bosque o es que la imaginación ya no les alcanza a nuestros creadores para proponer nuevos y despejados horizontes desde los que pensar los desafíos de este tiempo. Ya lo dije en alguna ocasión: hay dos maneras en que podemos alcanzar la paridad intelectual con las máquinas: o bien estas se asemejan cada vez más a los humanos, o bien los humanos, por dejación creativa, acaban por parecerse a ellas.

Este último parecería haber sido el caso en The creator, de no ser porque hay evidencias de que en muchos aspectos, las máquinas empiezan a hacerlo mejor que nosotros.

Ver para creer. 

Escribe Ángel Vallejo | Fotos Twenty Century Studios