Un mal día lo tiene cualquiera (2)

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La noche me confunde

El espacio temporal que discurre a lo largo de una noche se ha utilizado en numerosas ocasiones como instrumento para visibilizar una serie de acontecimientos que pueden transformar la vida de una persona. La referencia clásica sería Jo, ¡qué noche!, la película de 1985 dirigida por Martin Scorsese, aunque ese mismo año John Landis estrenaría Cuando llega la noche (mucho más interesante que la de Scorsese) con una temática parecida al asociar la nocturnidad con una serie de sucesos vertiginosos ajenos a la lógica diurna donde las cosas se ven de otro modo.

Son películas que transcurren en una noche y que se han convertido en una especie de subgénero donde el relato se aborda desde la comedia, el drama, el thriller o el terror. El cine español cuenta también con algunas películas planteadas con esta estructura; es el caso de No matarás (2020), una odisea nocturna convertida en thriller protagonizada por Mario Casas y Milena Smit o el caso de la reciente Una noche con Adela (2023).

La actriz, cómica y presentadora Eva Hache debuta en la dirección cinematográfica con Un mal día lo tiene cualquiera, una producción de Álex de la Iglesia y Carolina Bang, y que en cierto modo recuerda a ese universo de caos que está presente en la filmografía del director de Acción mutante (cuyo cartel aparece en una de las escenas de la película a modo de cita cinéfila).

Sonia (Ana Polvorosa) es una mujer metódica, ordenada, fiel seguidora de las normas establecidas. Una controladora de manual que al día siguiente tiene que exponer su tesis, el resultado final de un trabajo fruto de años de esfuerzo. Una concatenación de circunstancias (bajar la basura, la llamada de una amiga, salir a tomar una cerveza al lado de casa) termina haciendo que la vida rutinaria de Sonia se transforme en una pesadilla.

El guion de Jelen Morales (7 vidas, Aída, El embarcadero, La pequeña Suiza, Reyes contra Santa, etc.) funciona como una bola de nieve que comienza con una serie de pequeños detalles que terminan convirtiéndose en una avalancha que se lleva por delante a la protagonista. La película se mueve inicialmente en el terreno de la comedia, jugando con el carácter metódico de Sonia, a la que se contrapone una serie de circunstancias  –robo de la cazadora, el móvil cargando en casa, no lleva dinero– que provocan las situaciones divertidas al minar la supuesta capacidad de Sonia para controlar su vida.

Sobre esta base presidida por una comicidad que se va ennegreciendo conforme avanza la película, Un mal día lo tiene cualquiera comienza a introducir una serie de puntualizaciones que van modulando la historia. Son arquetipos, fácilmente reconocibles por el espectador, identificables como elementos que proceden del drama, el thriller o directamente del terror. Tendríamos como ejemplo el episodio de los policías que pasa de una situación cómica a una huida y persecución en toda regla o también la escena de la  performance donde una mera representación teatral adquiere un aire terrorífico.

Estos acentos, que van marcando la tensión a lo largo del relato, condimentan la comedia ortodoxa haciendo que el resultado final se aproxime a la visión de un universo de pesadilla. Las luces nocturnas, las calles solitarias, el efecto de la lluvia en el ambiente, los colores llamativos y chillones de las vestimentas y toda una serie de personajes que pueblan la noche madrileña, consiguen que aquello que hubiera debido quedarse en una simple anécdota termine convirtiéndose en un viaje alucinante repleto de encuentros inquietantes que terminan provocando la angustia y la zozobra en la protagonista.

Sonia, la antes fiel seguidora de las normas, se ve obligada a revertir sus creencias para centrarse en la mera supervivencia teniendo que mentir, robar y comportarse como una persona irascible.

Para esta conversión que efectúa la protagonista el guion funciona con una estructura episódica donde se acumulan las situaciones desgraciadas. Una especie de odisea donde los cantos de sirenas vienen de cualquier lado pues prácticamente todos los personajes con los que Sonia se va encontrando a lo largo de la noche son tóxicos y egoístas. De esta forma, dentro de cierta modernidad externa, en su interior estamos ante una película costumbrista con personajes muy anclados en la tradición de la comedia negra.

Sobre esta base presidida por una comicidad que se va ennegreciendo conforme avanza la película.

El problema para la película es que precisamente esa estructura basada en acumular un amasijo de situaciones termina lastrando el resultado final al no existir un hilo conductor que unifique el tono de lo que se nos está contando; son situaciones que funcionan como elementos estancos con su propia unidad interna independiente. Entendemos a dónde quiere llegar la película, el mensaje que pretende transmitir, que no es otro que la pelea entre orden y caos –el tema de su tesis– pero las piezas no terminan de encajar.

De Un mal día lo tiene cualquiera hay que quedarse con la recreación del personaje de Ana Polvorosa, capaz de asumir todo el protagonismo de la película moderando el instinto natural hacia la comedia de esta actriz para mostrar el aprendizaje de una mujer que debe asumir que si continúa por la senda del control absoluto de su vida se va a perder todas las oportunidades que puedan surgir en el camino.

Un mensaje de empoderamiento femenino pues en ese tránsito hacia una vida más libre e independiente de las reglas sociales que atenazan la espontaneidad, aquí no se recurre a la fórmula habitual de este tipo de películas donde ese aprendizaje incluye una historia de amor; Sonia recorrerá ese camino de forma solitaria, encontrándose con una serie de personajes hasta que finalmente surge una especie de Pepito Grillo capaz de provocar la reacción motivadora.

Eva Hache lleva la dirección del filme con normalidad, sin gran estridencia –entendible cuando se debuta en un medio desconocido, tal y como reconoce la propia autora–, manejando con soltura el amplio casting de personajes secundarios que acompañan a la protagonista, pero se echa en falta una mayor carga de profundidad –esa que vemos en el cine de Álex de la Iglesia– para convertir el viaje nocturno,  la noche de pesadilla, en el motor tractor del cambio de la personalidad Sonia.

Escribe Luis Tormo | Fotos Warner Bros.