Una noche con Adela (3)

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Descenso a los abismos

«Te sentirás acorralada…»
(José Agustín Goytisolo)

Una fría tarde otoñal en Madrid, entre semana, con la Navidad en el horizonte, he visto el primer largometraje de Hugo Ruiz: Una noche con Adela. Película de un realismo descarnado, potentísimo, que se adentra en las rutas tenebrosas del alma, en el interior de una barrendera en plena angustia existencial, apartada de todo y de todos, y a la que vamos a acompañar en un periplo nocturno repleto de terror, excesos y soledad.

Obra digna y valiente, pese a sus imperfecciones, a su discontinuidad. El filme se asienta en dos pilares: la valiosa interpretación, cargada de dificultad, de Laura Galán, que da vida a la protagonista de nombre lorquiano: Adela. Magnífica en numerosas secuencias, entre las que destaco aquellas en las que mantiene escalofriantes diálogos en directo con la periodista Gemma Nierga.

El carácter protagónico de Adela, además de por las notables dotes interpretativas de Galán, se refuerza con la herramienta cinematográfica que configura el estilo de la creación de Ruiz: el empleo de un plano secuencia constante, a lo largo de los 105 minutos de metraje.

Así, sin cortes o elipsis, viajamos con Adela por la madrugada madrileña. Viaje externo e interno, físico y anímico, un trayecto que tiene mucho de confesión. La cámara recoge a la joven limpiadora a lo largo de una noche que se establece como una espiral de violencia, drogas, sexo, venganza y desesperación. Cada zoom que logra aproximarnos a su rostro es un grito de agonía, tristeza, de cansancio vital, en un continuo intento de intentar paliar todo el dolor que ha sufrido desde niña.

Aunque el final de la película otorgue sentido al viaje desesperado de Adela, a su deseo de vengarse por las afrentas recibidas, considero que la obra fluye mejor en su primera media hora, con la presentación de la atormentada barrendera, su soledad en las calles oscuras, sola con su vehículo de limpieza, con la única compañía de las voces radiofónicas, y esos golpes que de cuando en cuando da al volante y que reflejan, sin necesidad de diálogo, toda su amargura, los demonios de su malestar. A nivel temático, aunque con una visión más sombría, la película conecta con Una palabra tuya (2008), de Ángeles González-Sinde, sobre la novela homónima de Elvira Lindo.

El largometraje a veces resulta reiterativo en mostrar las peligrosas adicciones de Adela, su desintegración espiritual, y que incluso cae en demasiados lugares comunes relacionados con la exclusión social y la carencia de autoestima, sí acierta en la recreación del lenguaje coloquial, espontáneo, duro, por parte de la protagonista que, en su encrucijada humana, puede recordar a Ramona (María Vázquez), de Matria (2023), el brillante filme de Álvaro Gago.

Por otra parte, el espacio de la acción, Madrid, un Madrid de basuras, de luces en la oscuridad, un Madrid de los márgenes y de los marginados, se erige en otra de las señas de identidad de Una noche con Adela.

Aunque Ruiz lo intenta, no consigue configurar una adecuada conexión entre un presente presidido por la misantropía y un pasado lleno de sufrimiento de Adela, donde la evocación de la ortodoxia de sus familiares y de la religión que profesan resultan demasiado esquemáticas para intentar comprender su manera de comportarse en la actualidad.

El último tramo de la película, donde esta adquiere una dimensión terrorífica, con las huellas apreciables de filmes como ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich, se rueda en interiores, cuando los dos primeros tercios del largometraje, más sólidos, se habían rodado en exteriores.

Cabe preguntarse cuántas Adelas habrá en Madrid y en otras ciudades del mundo, cuántas personas desesperadas por una vida amarga deambulan por la negrura de las noches, noches que la venganza hace más oscuras. Aun siendo una obra demasiado intermitente, la película de Ruiz posee el inmenso mérito de darnos a conocer arduas realidades que a menudo el cine y otras vertientes culturales no suelen abordar.

«Y no amanece…»
(Los Secretos)

Escribe Javier Herreros Martínez