Grietas y luces familiares

A Lola Cordón.
Tras estrenarse en la pasada Seminci de Valladolid, Verano en diciembre, de Carolina África, ha llegado a las salas de cine. Basada en una espléndida obra teatral, escrita y dirigida por la misma África hace más de una década, la película supone un estimable, aunque irregular, trabajo fílmico.
A su favor cuenta con unos magníficos y variados diálogos, unas logradas escenas colectivas, a menudo muy bien hilvanadas, y una interpretación sublime de Vicky Luengo en el papel de Paloma. Como puntos más endebles del largometraje, podemos indicar la falta de equilibrio entre los momentos humorísticos y dramáticos —ni logra hacernos reír mucho, como las grandes comedias, ni consigue la profundidad y la introspección psicológica de los potentes dramas—, y el desequilibrio interpretativo entre las hermanas, ya que Bárbara Lennie (Carmen) y Beatriz Grimaldos (Alicia), ofreciendo unas actuaciones dignas, no consiguen estar a la altura de exuberancia artística de Luengo.
A partir de una base dramática, donde es palpable la influencia de insignes piezas del teatro universal, como Las tres hermanas, de Chéjov, o La casa de Bernarda Alba, de Lorca, Verano en diciembre plantea las distintas personalidades de las componentes de una familia, que oscilan de la ternura al enfado, del cariño a la confrontación, y en cuyas problemáticas no sería descabellado ver algún referente cinematográfico como Gritos y susurros (1972), a pesar de que la obra de Bergman sea un drama enorme, de conflictividad existencial, y Verano en diciembre apueste más por un humor de tipo wilderiano, con ecos de Cuerda, Colomo o Trueba.
Si bien las diversas idiosincrasias de las hermanas no se plasman convincentemente, sobre todo porque Lennie y Grimaldos caen con frecuencia en arquetipos previsibles, el magnífico trabajo actoral de Luengo encuentra una réplica de peso en las secuencias con Carmen Machi, la madre, y con Lola Cordón, la abuela. Cordón, histórica actriz del cine y el teatro hispanos, que ya fue el eje de la pieza teatral homónima de África, brinda una emocionante última actuación ante las cámaras, y el propio largometraje sirve como entrañable tributo a esta colosal intérprete.
La película resulta notable a la hora captar los instantes cotidianos que forman parte del día a día de las mujeres de una peculiar familia, tan parecida al resto de familias y, a su vez, tan distinta. Una cena en el hogar, un partido de fútbol en un estadio, una exposición de pintura en una galería, una misa en la parroquia o el aperitivo en el bar son los múltiples espacios por donde transita la obra y constituyen una fuente de dinamismo creativo.
En ese acercamiento natural, sencillo, a las actividades más frecuentes de las hermanas percibimos las huellas de Truffaut o de Scola. Asimismo, los enlaces entre secuencias, realizados por medio de sobrios raccords, favorecen la fuerza discursiva del largometraje, que también viene potenciada por otras técnicas de indudable valía como el montaje paralelo.
Pese a la irregularidad del filme, hallamos secuencias maravillosas. Tal es el caso de la desarrollada en el parque, con las tres hermanas, y en la que, a través de los recuerdos de Carmen, Alicia y Paloma, se entrelazan con un diáfano humanismo su nostálgica infancia y su problemática madurez. Quizá sea en este pasaje donde, con unas pocas palabras verdaderas, se aprecia la comprensión y el afecto entre las tres mujeres, por encima de sus divergencias individuales.
Por otro lado, el personaje de Irene Escolar, la hermana más joven, que vive en Argentina, si bien apuntala el tono esperanzado del largometraje, resulta demasiado periférico y carece de la credibilidad necesaria.
Hacia 2011 o 2012, vi en una sala teatral de la zona de Acacias, en Madrid, Verano en diciembre. Llegué muy justo a la representación y, en un teatro prácticamente lleno, la propia Carolina África, que creo que también formaba parte del reparto, le pidió a la responsable de la taquilla que me vendiese una entrada, que aún me podía ubicar en la sala. Se lo agradecí, pidiendo disculpas por llegar tan apurado. En un espacio escénico muy humilde, pude disfrutar de una obra repleta de emociones, una pieza teatral de alta calidad, con unos diálogos prodigiosos, y en la que resplandeció Lola Cordón, verdadero epicentro de la dramaturgia.
Años más tarde, vi varias veces a Cordón en la cafetería del cine Doré. Por timidez, nunca me atreví a acercarme a su mesa y elogiarle la insigne interpretación que llevó a cabo en Verano en diciembre. Este otoño, en la versión cinematográfica de la obra de África, he visto a Cordón de nuevo, en pantalla grande. Era su despedida interpretativa. Y de la vida: falleció a mediados de noviembre. Sirva este artículo como homenaje a una actriz auténtica, que trabajó con figuras de la dimensión de Pilar Miró o Mario Gas.
«Me ha dado la risa y me ha dado el llanto».
(Violeta Parra)
Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Vértigo Films