Derechitos al infierno vamos

Se estremecen el cielo y la tierra de la península bajo el calor de junio. La enésima ruptura de todos los récords de temperatura estival augura un mal otoño para la costa mediterránea, que ve cómo el Mare nostrum se calienta por encima de sus posibilidades y abre las compuertas de una nueva y devastadora gota fría.
La naturaleza es discreta cuando avisa, pero de sobra cruel cuando actúa; no atiende a razones ni excusas, ni hace distinciones a la hora de mostrar su hegemonía: los prudentes y los insensatos caen igualmente bajo su furia, y ella no necesita recordarnos que ya fuimos advertidos: la causalidad implacable de los eventos físicos es, según dicen, caótica, pero no imprevisible; la razón humana, parte también del entramado de la naturaleza, debería ser capaz de anticipar al menos las más evidentes consecuencias de una mecánica irrefrenable.
De hecho, la cinematografía ya especuló con la posibilidad de una catástrofe como la de la DANA en Valencia en la serie Respira, uno de cuyos episodios menciona la cifra de «400 litros en tres horas» que se cumplió con exactitud profética en varios puntos de la zona inundada.
Si bien la serie se centraba en las consecuencias de la catástrofe gestionadas desde un hospital, no es menos cierto que sus guionistas pudieron especular con tal posibilidad porque hechos parecidos habían sucedido antes: la película Olvido, de Inés París y Fermín Palacios, estrenada un año antes de la gota fría del fatídico octubre de 2024, rememoraba la tragedia de 1957 en Valencia, con el añadido inquietante de que la película comenzaba con una pregunta también profética: ¿Por qué se aviso tan tarde?
Y es que esa pregunta viene a mostrar que cuando se rompen los equilibrios de un sistema desbordante y complejo, ya sea por construir donde no se debe, ya por las propias intervenciones humanas que trastocan el clima, las consecuencias pueden ser incalculables, pero no inesperadamente devastadoras: muchos imaginan, si es que no saben, qué puede suceder ante circunstancias de tal calibre…pero no se sabe si por exceso de confianza o por miedo a equivocarse deciden no actuar o escurrir el bulto.
La ignorancia no siempre es culpable, pero desde luego sí es responsable: no hacer es tan peligroso como hacer mal. Y muchas cosas no se hicieron cuando se debía o se hicieron de modo incorrecto y cabe suponer que criminal.
Ahora la cuestión está en saber, en muchos sentidos, qué debe hacerse ante la evidencia de un calentamiento marino tan desmesurado.
… Sin poder evitarlo
Esto al menos sí lo sabemos, y no solo por las catástrofes naturales que puedan –o no– tener su origen en un cambio climático antropogénico: toquetear, manosear o manipular a tu antojo y en busca de un supuesto beneficio los sistemas de poderes y contrapoderes calibrados durante siglos, lubricados con la sangre, el sudor y las lágrimas de nuestros antepasados, en un ejercicio de adanismo –o más bien de cainismo– recalcitrante, ya sea mediante aranceles, vetos y prohibiciones o leyes con nombre propio, no puede traer más que dolor futuro.
Y es que no hay ideología buena o respetable que embride la también desbordante naturaleza humana; todas acabarán siendo conducidas hasta la abyección por los peores, en nombre de un supuesto bien. Solo leyes hechas con vistas a gobernar incluso un pueblo de demonios –y a fe mía que no es fácil encontrar un solo pueblo en que no anide una legión de demonios– pueden atemperar o ralentizar un poco la inevitable degradación.
Pero esas leyes no se construyen solo durante una generación, ni por un solo Gobierno y menos aún por un solo hombre; como dijo el desdichado y mendaz, pero al fin y al cabo dimisionario Boris Johnson, para lograr un Estado de Derecho lo más difícil son los primeros quinientos años.

… Bajo un sol de justicia
Quizá por eso también están calientes en la judicatura nacional: el día 28 salieron a la calle, bajo un sol de justicia, casi un millar de magistrados, fiscales y representantes del mester de abogacía para protestar por las constantes injerencias del poder político en el judicial. Como los calores de junio, tales injerencias no son nuevas ni exclusivas del (los) partido(s) que gobierna(n), pero sí es cierto que nunca habían sido tan numerosas, persistentes y cualitativamente relevantes.
Por el contrario, los miembros del Ejecutivo se quejan de Lawfare o guerra judicial, un elemento de corte totalitario según el cual los miembros del tercer poder se afanan en perseguir a los dos primeros para torpedear sus iniciativas cuando no encarcelar a sus integrantes, y que fue popularizado entre muchos otros por Oliver Stone, quien ya mostró sus mecanismos de acción en JFK o en su documental Lula, de 2024.
El Lawfare debería operar, en principio, al margen de la democracia representativa y en favor de ciertas élites, dando la idea de que cuando el pueblo «se equivoca» al votar, siempre cabe corregir sus errores desde el poder judicial; pero resulta difícil creer que tal uso espurio de la judicatura no pueda emplearse también desde los cenáculos del Ejecutivo. Ejemplos de esto también se muestran en películas como Todos los hombres del presidente, El juicio de los siete de Chicago o El informe pelícano.
Lo cierto es que en los tiempos de relato y propaganda todo parece muy confuso: lo abstruso de las resoluciones judiciales y lo alambicado de los pactos políticos «contra natura», hacen muy difícil entender qué está pasando realmente en los círculos de cualquier poder y quién persigue a quién: hay jueces cuyas resoluciones parecen escritas con ojeriza ideológica, y políticos que sin duda buscan amordazar a la Justicia con la misma venda que debería cubrir solo sus ojos. Todos parecen tener parte alícuota de responsabilidad en este desaguisado.
Lo único que parece guiarnos a todos en tal maraña de ataques y contraataques es el inequívoco olor a podredumbre: los casos de corrupción adquieren a diario una magnitud comparable a la de los calores y las injerencias, y las evidencias documentales en forma de correos electrónicos y audios de WhatsAppdejan muy poco lugar a dudas: la corrupción es sistémica y generalizada; no sabe de ética –compraventa de mascarillas en plena pandemia– ni de estética –prostitución y chabacanería machista nivel Torrente que hacen a Santiago Segura pensar en retomar su saga más famosa–, y amenaza la estabilidad de un Gobierno y de un país que cada día se desayuna con una filtración nueva o un escándalo mayor que implica a nuevos protagonistas. Si les parece que estamos haciendo una sinopsis de El reino, la película de Sorogoyen, no van desencaminados.
El nivel de indignación y degradación es tal que incluso cuando el Gobierno acierta deja la sensación de estar tapando sus vergüenzas.
Porque sí, el hecho de condenar con justeza la masacre que Netanyahu lleva a cabo sin ningún respaldo moral y de oponerse a Trump cuando pretende acabar con la soberanía económica de un país imponiendo gastos militares desorbitados, no acaba de disipar la sensación de cortina de humo, de truco de prestidigitador, de espantajo agitado con nerviosismo frente al acoso de una realidad tozuda y persistente.
El Gobierno de un país cuyos servicios básicos de energía, sanidad y transporte cada vez funcionan peor no puede fiarlo todo a la pelea con los indeseables extranjeros, como esperando gobernar por oposición y no por gestión.
Pero no seamos cenizos: por suerte aún tenemos en nuestro país gente que sabe hacer bien su trabajo y es recompensada por ello.

… De mano de Mefistófeles
Y es que Eduard Fernández acaba de recibir el Premio Nacional de Cinematografía. El actor catalán, con decenas de películas a sus espaldas, lleva tiempo mostrándose como un artista tan versátil que tan pronto clava un héroe como un villano.
Desde el Mefistófeles de Fausto 5.0 al Copons de Alatriste, del rescatista de Mediterráneo al fascista de El laberinto del fauno, del charnego del El 47 al nacionalista vasco de El misterio Galíndez… todos parecen papeles hechos a su medida por un guionista devoto que se figurase constantemente su rostro a la hora de escribirlos.
Pero creo que tal identificación del intérprete con sus personajes no es sino la manifiesta habilidad de un hombre con mil caras. Un premio merecido, sin duda, para un verdadero gigante de la interpretación. Uno de los mejores actores españoles vivos para quien esto suscribe, si me perdonan la frivolidad.
… Y con los perros de la guerra
Ustedes quizá no lo sepan, pero Eduard Fernández compartía onomástica con Frederick Forsyth. Ambos nacieron un 25 de agosto, aunque el escritor británico ya no cumplirá más años, pues nos dejó el pasado 9 de junio.
Forsyth era un gran constructor de tramas, pero su fuente de inspiración fue la cruda realidad del siglo XX y, en menor medida, del XXI. Supo aprovechar desde el nazismo hasta los estertores de la Guerra Fría, pasando por la sucia épica de los señores de la guerra y sus soldados de fortuna hasta desembocar en la mismísima Guerra del Golfo. Del siglo presente aprovechó los eventos de Nueva York en 2001 para escribir El afgano, y en su última novela, que como la primera –El día del Chacal– lleva nombre de alimaña, siguió las andanzas de un joven hacker llamado El zorro.
Forsyth curiosamente cursó estudios en Granada, y fue piloto de la fuerza aérea británica y periodista, lo que le abrió las puertas como corresponsal de guerra en múltiples conflictos. Si ustedes se preguntan por la presencia de Forsyth en un editorial de cine, yo les diré que es irrenunciable, pues sus obras han inspirado gran cantidad de películas de éxito, como Chacal, Odessa, Los perros de la guerra o El cuarto protocolo. Cine de espías típicamente británico que contó con grandes realizadores como Fred Zinnemann o Ronald Neame e intérpretes de primer orden como Michael Caine o John Voight.

… Para sentir en el rostro El aliento del diablo
Una semana después de Forsyth nos dejó Manolo Zarzo, actor de dicción perfecta y prolífico intérprete con más de 170 películas y numerosas obras de teatro, que fue uno de los rostros más conocidos de la gran pantalla durante casi cinco décadas y también de televisión en alguna de las más afamadas series de los años ochenta.
Entre sus películas destacan Los Golfos, La colmena, Los santos inocentes o Entre tinieblas. Las series en las que participó incluyen titulos como Fortunata y Jacinta; La huella del crimen; Lorca, muerte de un poeta; Juncal y, más tarde, en los noventa, La forja de un rebelde, Compañeros y El comisario, entre muchas otras.
Zarzo colaboró con destacados realizadores de nuestro cine, como Pedro Lazaga, Jaime de Armiñán, Juan Antonio Bardem, Carlos Saura, Pedro Almodóvar o José Luis Garci. Y compartió set de rodaje y escenarios con Fernando Rey, Paco Rabal, Pepe Isbert, José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Carmen Maura o Marisa Paredes.
Pero además consiguió hacer carrera fuera de nuestras fronteras, fundamentalmente en Francia e Italia, trabajando con Pierre Schoendoerffer, Ettore Escola, Monica Vitti y Marcello Mastroianni, pero también en EE. UU. ¡dirigido por Marty Feldman!
En fin, una carrera larga para una vida intensa.

… Y sentarnos a la diestra de Bogdanovich para ver una última película
Para acabar con este editorial, cabe decir que precisamente el último día de junio se emitió por À punt, la televisión pública valenciana, el episodio final del programa documental Informe.
Este episodio estaba dedicado a la Universidad Laboral de Cheste, de donde provenimos intelectualmente la mayor parte de los que elaboramos esta revista, surgida como complemento literario al Cineclub que se gestó entre aquellos muros. El documental, de 71 minutos, recoge testimonio de alguno de nuestros principales redactores, toda vez que se echa en falta la voz de Adolfo Bellido, fundador de ambas instituciones –el cineclub y la revista– que solo aparece por persona interpuesta o imagen fugaz.
Para los que crecimos allí, revisitar el santuario brutalista de Moreno Barberá a través de la pequeña pantalla supone un arrebato nostálgico. Para los que no tuvieron la suerte de vivirlo, debería y podría despertar una pequeña punzada de envidia: fue tal el sentimiento de hermandad, de descubrimiento, de despertar –magnífica la anécdota de Sabín y Adolfo a cuenta de The last picture show–, y están tan bien reflejadas en el documental esas pasiones, que nadie con un mínimo de sensibilidad puede dejar de desear haber participado en lo que muchos consideramos un paisaje iniciático, como un Woodstock de la enseñanza en el que todo el mundo hubiera querido estar.
Puedo decir que yo tuve el privilegio de vivirlo, y tengo ahora la satisfacción de contárselo, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar algo a mi juicio muy importante: el Cineclub de Cheste y su escuela de cine fueron –junto al decano Festival de cortometrajes de Elche– la semilla de festivales como el Cinema Jove de Valencia, un evento de gran prestigio internacional.
Pero también lo es de multitud de pequeños festivales que pueblan nuestra geografía: el festival de cortometrajes L’ Eliana cinema, cuya sección Cinema a l’escola para colegios e institutos recoge interesantes y muy talentosas aportaciones de jóvenes cineastas; el festival XS de Puçol, también con un apartado juvenil e incluso infantil; el ALMA de Almassora, el K-Lidoscopi de Cullera, que selecciona cortos para los Goya, el Festival de cine pequeño de Aspe o el Animalcoi de Alcoi.
Creo que este es el resultado de una historia de éxito educativo. Un proyecto que ha germinado en multitud de iniciativas que utilizan el cine como recurso didáctico, reivindicando su potencial hermenéutico y creativo. Una aventura en la que cabe imaginar lo posible y también lo improbable, dándonos la oportunidad de prever Lo imposible.
Que pasen un buen verano.
Escribe Ángel Vallejo
