Editorial marzo 2024

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Cuídate de los idus de marzo

«Cuídate de los idus de marzo», le dijo el vidente al dictador, y ese mismo día en que se dirigía altivo y muy seguro de sí mismo hacia el senado, entreviendo al augur entre la multitud, alcanzó a decirle, con sorna, que el día había llegado y él seguía indemne. Casi en la lejanía, quién sabe si para sí mismo, uno de los más tristemente prestigiados adivinos de la historia acabó por murmurar: «Sí, pero el día aún no ha acabado».

No ha acabado este triste marzo que empezó con la gloria de los Oscar y ha finalizado con muy negras tragedias. Una de ellas, la del asalto terrorista al teatro Crocus City Hall en Moscú, sacude el ánimo impetuoso del más señalado dictador de nuestra época, que igualmente se reviste ufano de los ropajes republicanos y se ha hecho investir por el pueblo en unas muy cuestionables elecciones, pervirtiendo el nombre de la democracia. Igualmente despreciativo, no quiso hacer caso de las señales y creyó situarse por encima del bien y del mal, dándose de bruces con una realidad cruda e histórica –quien siembra vientos recoge tempestades–, y quizá olvidando otra: «memento mori», recuerda que eres mortal.

Aunque aquí no ha sido él dañado, sino su pueblo: ese mismo que se desangra en una guerra absurda que para el dictador ni siquiera parece digna de tal nombre.  

Y no es, por cierto, la primera vez que su país recibe el golpe del terrorismo: se dice que Putin ganó prestigio y posiblemente accedió al poder tras la serie de atentados que padeció Rusia en Daguestán, Rostov y Moscú en 1999, a los que respondió con mano dura y una guerra en Chechenia. A esto siguió la accidentada liberación del teatro Dubrovka y el posterior recrudecimiento de la represión bélica contra los chechenos, acusados del ataque. Aquel suceso, por cierto, sirvió sin duda de inspiración para la primera escena de Tenet, puesto que en la operación de liberación y asalto del teatro de la ópera que muestra la película de Nolan –que en realidad se rodó en Estonia– se usó un gas sedante, el mismo modus operandi que los Spetsnaz llevaron a cabo en Moscú, aunque con un resultado menos limpio:  unas 130 personas murieron a causa del aerosol, que probablemente contenía fentanilo, la droga que ahora arrasa las Streets of Philadelphia.

Dos años después le llegaría el turno a Beslán, donde los damnificados fueron los estudiantes y profesores de la principal escuela de la ciudad; un secuestro con rehenes dejó 381 muertos y casi 800 heridos.

El elemento común a todas estas tragedias es claro: nada puede cuestionar el poder del tirano, y las vidas de inocentes que se queden en el camino no importan. Pero muchos saben, porque lo cuentan la historia y la cinematografía, pero sobre todo la miseria cíclica que antecede a toda revolución, que cuando lo que se pierde tiene más importancia que la misma vida, también se pierde el miedo al tirano y hasta sus propios hijos putativos pueden procurar su muerte.

Memento mori.

Que veinte años no es nada

El terrorismo islamista también sacudió España hace este marzo veinte años. Pero parece como si fuera ayer, porque nuestra infame clase política –y periodística, no lo olvidemos, con las recurrentes teorías de la conspiración– se empeña en revivirla con la nobilísima intención de echársela a la cara al contrario y así, encanallándonos, arañar unos cuantos votos en la sempiterna lucha electoral.

Pero como las bajezas no resultan interesantes, señalemos que con ocasión de la efeméride Disney+ ha lanzado una miniserie en seis capítulos que parece de lo más notable a raíz de las valoraciones de crítica y público: Nos vemos en otra vida narra aquellos hechos desde el punto de vista de Gabriel Montoya, el primer detenido tras los atentados de Madrid que ayudó a trasladar los explosivos desde Asturias hasta la capital del reino.

Algunos lo han calificado de thriller fincheriano, y tengo que decir que, vistos los primeros capítulos, la serie promete. Es, al menos, un buen ejemplo de perfecta comunión entre literatura y cine, pues no olvidemos que la serie se inspira en un libro de Manuel Jabois, que entrevistó al malhadado joven.

Robert de Niro, un mal enemigo para atravesar «El puente de San Luis Rey».

Varios puentes lejanos

La, de nuevo, desgraciada ocasión de una tragedia nos sirve de excusa para traer a colación la relación entre cine, literatura y augures. El reciente colapso de un puente en Baltimore, tras el impacto recibido en uno de sus pilares maestros por parte de un carguero, recuerda demasiado vivamente a la tragedia de Point Pleasant, cuando por exceso de peso un puente se desplomó sobre el río Ohio causando 46 víctimas.

La tragedia dio pie a que John Ander Keel compusiera una novela llamada Mothman, basada –supuestamente– en hechos reales que van más allá del colapso de la estructura: según Keel, la aparición de una especie de «hombre polilla» precede a las más diversas tragedias, y siguiendo el rastro de tan ominoso ser estas podrían anticiparse o incluso evitarse. La novela de Keel se convirtió en una obra de culto, y quizá por ello se llevó al cine de manos de Mark Pellington y con el protagonismo principal de Richard Gere y Laura Linney. El título en español es Mothman, la última profecía, y a pesar de las crueles críticas que recibió, no deja de ser un entretenimiento más o menos digno y que arranca algún buen susto al respetable.

De hecho a mí me fascinó tanto que acabé por comprarme el libro, dado que por entonces me hallaba inmerso en el estudio de los hechos forteanos y Keel presumía de ser un investigador de los mismos. Estos hechos son, por si no lo saben, eventos recurrentes sin explicación clara, entre los que se encuentran, por supuesto, el avistamiento de OVNIS o criaturas extrañas cuando está a punto de suceder una tragedia.

Diríase que tenemos turistas interdimensionales que vienen a ver catástrofes como si de vídeos de Jackass se tratara.  

La cuestión de la implicación de las criaturas de otras dimensiones en nuestras desgracias cotidianas cobra especial relevancia si estas tienen la categoría de dioses: un evento relacionado con cine, literatura y puentes –que les recuerdo es el tema que nos ocupaba – es el del desplome de la pasarela colgante de San Luis Rey. De nuevo una obra literaria alumbra una película menor –toda vez que estuviera protagonizada por Robert de Niro, Harvey Keitel, Kathy Bates o Pilar López de Ayala–, aunque en esta ocasión los relatos no están basados –a no ser muy lejanamente– en hechos reales.

Y digo que acaso lejanamente porque se trata de un caso teológicamente parecido al del terremoto de Lisboa de 1755: ¿Es posible que Dios permita una desgracia tal como un terremoto devastador en el día de Todos los Santos? ¿Acaso es la divinidad responsable del mal en el mundo?

Según la novela, el caso del puente de San Luis Rey inquietó sobremanera, y en los mismos términos, al fraile franciscano Junípero: quizá espoleado por las teorías de Leibniz sobre el mejor de los mundos posibles y el principio de razón suficiente, nuestro fraile se aprestó a buscar una causa que justificase la divina acción –o inacción– que acabó por precipitar al vacío a cinco personas, no encontrándola y concluyendo por ello que no hay razón para creer en la divina providencia.

Naturalmente esto supuso su perdición, y acabó con sus huesos en la hoguera.

Junípero fue víctima propiciatoria de la imaginación de Thornton, el autor de la novela: en realidad la Inquisición no tenía la mano muy dura por aquellos virreinatos y además no se preocupaba por el tema de la predestinación o la voluntad divina, temas de raigambre calvinista. Fiel a su espíritu, la Inquisición española era más bien un brazo político: le preocupaban herejes o judaizantes que descarriaran o corrompiesen a los fieles y supusieran un contrapoder a la Iglesia.

No obstante el Junípero de la novela no entendió algo que sí parecía escrito: topar con la Iglesia es sumamente peligroso, y más si está encarnada por el muy oscarizado y siempre desafiante Robert de Niro. No hace falta ser adivino para verlo.

Oppenheimer arrasa en los Oscar.

Oppenheimer arrasa

Me perdonarán el chiste fácil, espero… pero es que la película de Nolan lo ha hecho en la entrega de los Oscar. Se ha cumplido, esta vez también, el vaticinio de los augures, y la más seria de las películas de la dupla que reventó las taquillas en agosto ha barrido a Barbie en los apartados más relevantes desde un punto de vista estrictamente cinematográfico: Oppenheimer consiguió siete galardones frente al único de la película de Greta Gerwig, que por otro lado fue a la mejor canción original, obra de Billie Eilish.

La polémica a raíz de una absurda guerra de sexos no parece haber llevado la sangre al río, y es que la gente parece haberse dado cuenta de que, en realidad, lo que se debe valorar a la hora de premiar una película no es tanto su carácter moral y reivindicativo como su calidad cinematográfica. Creo que nadie lo ha expresado tan claramente como María Bastarós en un artículo de El país llamado Barbie y la falsa construcción de una justicia feminista: viene a decirnos la escritora en el artículo que tal polémica puede distraernos de los problemas reales en torno a la necesaria y deseable igualdad entre hombres y mujeres, y que además no pone el foco en el reconocido talento de gente como Justine Triet, Emma Stone, Da’Vine Joy Randolph, Jennifer Lame o casi todo el apartado técnico de Pobres criaturas, compuesto en su mayor parte por mujeres, que ha sido premiado en los mismos galardones sin necesidad de hacer profesión de un relato feminista artificioso que muchas veces solo sirve para hacer un lavado de cara a la industria y desvirtuar las verdaderas reivindicaciones del movimiento.  

Sobre si los Oscar premian siempre la calidad cinematográfica frente a la exhibición de virtuosismo moral, ya discutiremos en otra ocasión, puesto que muchas veces hay motivos para pensar lo contrario.

Así que centrémonos en esta edición para señalar que, finalmente, La sociedad de la nieve no recibió la estatuilla a la mejor película en lengua no inglesa, que fue a parar a La zona de interés, una película que competía también en el apartado de mejor película a secas; que Robert Downey Jr. cosechó su primer Oscar y Miyazaki el segundo; que la guerra de Ucrania estuvo presente gracias sobre todo a que el documental 20 días en Mariúpol ganó en su categoría, y que John Cena hizo un involuntario homenaje al destape para presentar el premio al mejor vestuario.

Silvia Tortosa que estás en los cielos    

Por cierto, alguien con poca delicadeza y quizá menos cultura no tuvo mejor ocurrencia que catalogar a la actriz catalana Silvia Tortosa como musa del destape. La cosa no tendría mayor importancia si no fuese porque la actriz nos ha dejado muy recientemente, y las palabras entraron dentro de lo que podría considerarse un obituario.

Resumir la carrera de Silvia Tortosa a su aparición en dos o tres películas de aquel estilo, cuando su carrera cinematográfica cuenta con más de veinticinco filmes –alguno como directora– resulta como mínimo simplificador. Tortosa fue además una estupenda y prolífica actriz de teatro, y tuvo una aparición sostenida en innumerables series televisivas. Ni que decir tiene que también fue cantante, pintora y escultora.

Un cáncer de pecho se la llevó el día 23 de marzo, privándola del ejercicio de una madurez artística de la que muchos podríamos todavía haber disfrutado.

Silvia Tortosa entre Christopher Lee y Peter Cushing en «Pánico en el Transiberiano».

El algoritmo de La Parca      

No quisiera dejar de mencionar al también desaparecido Louis Gosset Jr, actor de muy dilatada carrera cinematográfica y televisiva desde 1958 hasta 2023, y que obtuvo un Oscar en 1982 por Oficial y caballero. Igualmente, el eterno secundario M. Emmet Walsh, el comisario bigotudo de Blade Runner que participó en más de 100 películas y que se mantuvo en escena a la manera de Moliere hasta el mismísimo 2024, nos dejó el día de San José.

Pero ya que hablamos del padre por excelencia, he dejado para el final el apartado nostálgico: Akira Toriyama, progenitor de Arale y sobre todo de Son Goku, creador de sus respectivas series Dr. Slump y Dragon Ball, falleció el 1 de marzo en Japón, a la edad de 68 años. Otro ejemplo de madurez truncada que deja huérfanos no solo al niño-mono y a la niña androide, sino a miles de adolescentes eternos que crecimos –y aprendimos valencià, por cierto– con sus dibujos animados.

He bromeado últimamente con mis amigos sobre el extraño algoritmo de La Parca: pareciera que se lleva a la gente joven y creativa y nos deja a los autócratas vetustos. Putin es tres años mayor que lo era Toriyama y ahí sigue, dando morcilla. La contribución al mundo del tirano no puede ser más nefasta: allá donde Toriyama dejó felicidad, el ruso solo siembra desgracias. Creo que el Gran Hacedor debiera revisar la programación de su súbdita, si lo que quiere es –como sugería Leibniz– componer el mejor de los mundos posibles.

Pero quizá la muerte sea la CEO de la más democrática y longeva empresa del planeta, y Putin y demás son simplemente sus más hábiles ejecutivos. Mientras siga llenando el cielo hasta los topes de almas –en afortunada sentencia del instructor Hartmann en La chaqueta metálica– parece que el ex agente del KGB seguirá conservando su puesto a la cabeza de la segunda potencia nuclear del globo.

Solo espero, como consuelo metafísico, que si toda esta mitología es cierta, al final –memento mori– su sitio sea el más cálido infierno.  

Escribe Ángel Vallejo

Louis Gossett Jr ganó el Oscar por «Oficial y caballero».