Editorial septiembre 2023

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Vacas y cerdos

El once de septiembre del presente año se cumplieron cincuenta años del infame asesinato de Salvador Allende a manos de las tropas comandadas por Augusto Pinochet, en el golpe de estado impulsado por él mismo, Gustavo Leigh, José Toribio y César Mendoza. A tal evento le siguió una de las dictaduras más cruelmente represoras del pasado siglo.

Últimamente, algunos opinadores patrios se han atrevido a condescender con la tiranía de aquellos generales, aduciendo que la gestión del presidente electo –comunista para más señas– conducía al país andino al desastre entre arrebatos violentos de cada vez mayor intensidad.

Nadie con un mínimo de cultura económica e histórica puede negar que Chile acentuó con ello su deriva hacia el naufragio, pero del mismo modo, esos mimbres culturales deberían ser suficientes para asumir que ningún fin puede justificar tan bárbaros medios, que gran parte del perjuicio económico previo fue provocado por manejos foráneos (miremos al norte), y que siguiendo a Popper –un liberal muy sensato–, la democracia debería ser el único medio para cesar, falsándolos, a los malos dirigentes.

Pero hoy la memoria de algunos opinadores parece nublada por sus filias y fobias, y en su muy neoliberalísima –e incongruente– interpretación de la realidad histórica, el «golpe de timón» ejecutado por los almirantes del país austral no fue ni tan brusco ni tan oneroso.

He dicho incongruente porque un buen liberal, orgulloso de serlo, no pondría nunca la libertad individual por debajo de la de los mandos estatales. Tampoco debería soportar que los grandes poderes económicos transnacionales sometieran la libertad de mercado a sus intereses particulares. Menos aún el compadreo entre el Estado y estos últimos. Estoy hablando de la CIA y su supuesta implicación en el golpe, por si no se lo han figurado.

Y viene esto al caso porque si, en un oportuno homenaje a tan triste cincuentenario, decidimos recurrir a nuestro cronista histórico favorito –el cine–, podremos comprobar cómo algunas películas muestran con gran fidelidad cada uno de los ejemplos mencionados.

Así, para constatar la dureza de la represión podemos acudir a Missing (Desaparecido, 1982), de Costa Gavras, con Jack Lemmon y Sissy Spacek, o a la indeterminada pero perfectamente reconocible dictadura que refleja Roman Polanski en La muerte y la doncella (1994). Para la siempre supuesta –y bastante probable pero nunca probada– participación de los poderes norteamericanos en el golpe y la gestión económica del pinochetismo, La doctrina del shock, de 2009, el famoso documental de Michael Winterbottom basado en el libro homónimo de Naomi Klein, u Operación Cóndor, el estudio de Andrea Bello y Emiliano Serra de 2018 que nos habla de la intervención de la CIA en las dictaduras del cono sur.

Es lícito suponer, investigando la autoría las películas que he mencionado, que el cine chileno apenas parece haber tratado el asunto de la autocracia pinochetista.

Es en cierto modo normal: hasta 1988 la censura operó con mano de hierro, y más tarde pocos realizadores se han empleado a fondo en el tema, aunque hay dos nombres que brillan con luz propia: Perelman y Larraín.

Los dos Pablos han entregado películas notables; del primero señalaremos la censurada desde su producción en 1987 hasta su estreno en 1990 Imagen latente, y del segundo la muy esperanzadora NO (2012), que nos habla del plebiscito al que el propio Pinochet se sometió en 1988, quizá pretendiendo que el pueblo chileno lo absolvería.

No fue así, ya lo sabemos… aunque el viejo zorro se las apañó para engañar a casi todos durante muchísimo tiempo. También a sus captores, que intentaron juzgarlo por crímenes de lesa humanidad y acabaron dejándolo por no imputable debido a una supuesta demencia.

Las películas que debieran ver ustedes para conocer algo sobre este tema en concreto son El caso Pinochet (2001), de Patricio Guzman, o El juez y el general (2008), de Elizabeth Farnsworth y Patricio Lanfranco.

Por último, también hay lugar para el humor donde antes solo hubo terror: el propio Larraín acaba de estrenar en Netflix una comedia negra –El conde– en la que Pinochet es imaginado como un vampiro chupasangre. Estamos a un paso de hacer buena la ecuación de Twain, según la cual tragedia más tiempo da lugar a comedia.

Sea como fuere, la última película de Larraín deja claras dos cosas: que Pinochet es una criatura cuya maldad intrínseca lo condenará al infierno sin remisión posible, y que sobre todo será juzgado por la historia. Y no parece que esta vaya a absolverlo.    

No me llame Ternera, lo último de Jordi Évole.

Lo que no ha absuelto la justicia, que no lo absuelva el cine

Jordi Évole ha revolucionado el mundillo cinematográfico con la presentación en el Zinemaldia (Festival de Cine de Donostia, o San Sebastián, por si prefieren la versión de pinganillo) de su documental sobre Josu Urruticoetxea, No me llame Ternera.

La polémica ha surgido entre los defensores de su exhibición y los que solicitaban una censura preventiva de la misma. Los primeros sugieren que tener la oportunidad de entrevistar al monstruo es una manera de exhibir sus miserias; los segundos aducen que tal exhibición no solo constituye un agravio a las víctimas –dada la profusión de carteles en los que se exhiben el nombre y el rostro del asesino de los familiares de muchísimos ciudadanos donostiarras–, sino un intento de blanquear, si tal cosa fuera posible, los crímenes de quien no quiere ser llamado «Ternera».

Simpatizo en parte con ambas justificaciones, y no soy partidario de una censura previa absoluta. Me explicaré.

En mi opinión, hay mucho de marketing y menos de interés documental en el hecho de entrevistar a Ternera. En primer lugar, deberíamos hablar sobre la originalidad de la propuesta; no puede acusarse a Jordi Évole y Màrius Sánchez de pisar terreno desconocido, ni ellos pueden aducir –aunque lo han hecho– que nos faltaba el punto de vista de ETA: ya ambos entrevistaron a Iñaki Rekarte y a Arnaldo Otegui en Salvados, con mayor y menor fortuna, y a fe mía que al menos el primero de esos encuentros tiene un interés socio-antropológico innegable y el segundo un tanto, sí, de blanqueo político.

Aunque el hecho de sentarse frente al que durante tanto tiempo fuese jefe de ETA parece constituir –en la misma lógica de las entrevistas anteriores– un acto de caza mayor, según creo tampoco se trataría, como han sugerido los autores, de conseguir una entrevista con alguien como Hitler o Stalin –asesinos ideológicos masivos– para saber cómo funciona su mente o cuáles son sus oscuras motivaciones.

La respuesta es hábil, sí, y admitiendo que cualquier periodista, historiador, psiquiatra, o persona con un mínimo de interés en lo humano que diría Publio Terencio aceptaría el envite, la réplica a tal justificación no es menos certera: Urruticoetxea no llega a la suela del zapato, histórica ni carismáticamente, a estos dos individuos. Si acaso –y así parece mostrarlo el propio documental según quienes lo han visto– estaríamos frente a un Eichmann abertzale de banalidad patente, y cuyo mal no es más que el epifenómeno de la más burda simplicidad humana.

Entrevistar a Eichmann/Ternera es razón suficiente para hacer un documental. No hacen falta justificaciones altisonantes. Creo que tampoco puede acusarse a Évole de querer blanquear a la bestia bovina: el periodista acredita un número suficiente de entrevistas dispares –al Papa, a Maduro, a Múgica, a Villarejo, a Sánchez– como para hacerse merecedor de cierto grado de caridad epistemológica.

Si acaso lo que llama negativamente la atención es el revuelo social y mediático, quizá intencionadamente buscado por la perfecta puesta en escena: la exhibición en Donostia denota cierto mal gusto, sobre todo cuando el Festival, lamentablemente, no ha sido siempre ecuánime en el tratamiento del conflicto terrorista: aunque estrenó La pelota vasca,  Patria y Maixabel, retratos si bien no complacientes al menos sí soportables para los moderados por humanizar en cierta manera a los agresores, rechazó más de una vez proyectar documentales de otra índole, como Bajo el silencio (Iñaki Arteta, 2020) o Traidores (Jon Viar, 2020) más centrados en las víctimas y los disidentes, como haciendo bueno el pacto de silencio que durante tanto tiempo colmó de oprobio a la sociedad vasca.

Bajo el silencio (Iñaki Arteta, 2020)… no todo el cine sobre ETA se estrena en San Sebastián.

Sí; muchos siguen en Euskadi siendo «Hijos de Eichmann», según afortunada catalogación del filósofo Günther Anders, y mientras persista esa ignominiosa asimetría moral, otros tendrán pleno derecho a señalarla.

Por ello mismo también son dignos de caridad epistemológica –aunque yo no comparta su criterio–, Savater, Aramburu, Azúa o Trapiello, que junto a más de quinientas personas se han opuesto a la exhibición del documental sobre Ternera en el Zinemaldia. No habla en su favor, desde luego, el hecho de catalogarla sin verla y el de presuponer un blanqueamiento que no parece ser cierto… pero también hay que señalar que no piden una censura total, como han sugerido algunos, sino simplemente que no se dignifique la figura del asesino otorgándole voz en el mayor altar cultural de la ciudad donde cometió muchos de sus crímenes.

Yo creo que el documental es digno de interés, aunque también tengo reservas sobre la idoneidad de su proyección en Donostia. Creo que las advertencias de los renuentes son necesarias, terapéuticas… pero también, como la medicación, administrables según medida: no tiene sentido que le quiten a Évole un premio ya concedido y nunca entregado, como ha sucedido en Pedro Bernardo, provincia de Ávila. Se supone que el galardón premiaba toda una trayectoria vital, que yo creo coherente con la creación de este documental.

Si realmente el premio estuvo concedido por ella, lo justo es mantenerlo; no creo que este trabajo suponga un borrón en la misma.  

Porque sin duda hay cosas positivas que señalar con respecto al trabajo de Sánchez y Évole, empezando por el nombre: debe reconocerse que el título del documental es como mínimo finamente sarcástico. Quizá Urruticoetxea quiera huir del apelativo en un intento de que no se le recuerde que pasará a la historia universal de la infamia precisamente por los actos cometidos mientras llevó ese sobrenombre. Évole ha hecho, nada más empezar, al menos una cosa bien: no le ha dado ese gusto. 

Con respecto a la valoración del documental, prefiero esperar a verlo. Porque sí, voy a verlo. Solo habría una cosa que no podría perdonar a Sánchez y Évole cuando deba juzgar su obra, más allá del posible blanqueo o la idoneidad del protagonista: que hayan hecho una mala pieza cinematográfica que no justifique el interés y el revuelo causados.

Por lo demás, el palmarés del Zinemaldia no se ha hecho público a la hora del cierre de este editorial; sin embargo, el hecho de premiar a los maestros Miyazaki y Erice, ha sido suficiente como para disipar cualquier sombra que pueda cernirse sobre el mismo. El realizador japonés, además, ha presentado su último trabajo después de –supuestamente– jubilarse en Studio Ghibli, y parece ser que El chico y la garza, que así se denomina el filme, ha deslumbrado al respetable y la crítica, como no podía ser de otra manera.

El Cine con mayúsculas, al final, ha estado presente por encima de todo; es lo que tienen los clásicos indiscutibles: iluminan con su sola presencia.

El chico y la garza, nueva película de Miyazaki.

Todos ganan

La huelga de guionistas en Hollywood ha llegado a su fin: se alcanzaron acuerdos para aumentar los sueldos hasta un 12,5% en tres años, y para que las regalías por reproducción en streaming se incrementaran, bajo ciertas condiciones, hasta un 50%. Bien está si es un acuerdo común.

Pero lo que más importancia parece tener es la cuestión de las I.A. generativas. Si no están ustedes al corriente, mi deber es informarles de que estas «inteligencias» no trabajan sobre un vacío cultural, a pesar de lo que su calificativo parece dar a entender; no generan ex-nihilo: sus algoritmos trabajan sobre miles de textos preestablecidos, guiones clásicos o exitosos, y abstraen de ellos el supuesto secreto de su éxito.

El conflicto que generan es doble: por un lado, amenazan con dejar sin trabajo a muchos guionistas humanos; y por el otro, se constituyen en verdaderas máquinas de plagio discreto, que trabajan con guiones e historias previas, nunca reconocidas en sus derechos de autor, para componer sus libretos.

Ninguno de nosotros crea de la nada, está claro. Quizá sea trabajo de los filósofos el establecer cuál sea la diferencia entre la inspiración humana y el trabajo de minado y reconstrucción que hacen las I.A. Por mi parte, en mi muy modesta condición de profesor de filosofía de bachillerato, voy a ensayar una breve respuesta.

Creo que la diferencia estriba en que –plagios aparte– el trabajo humano fruto de la inspiración no es nunca unívoco; no bebe, por un lado, de una fuente exitosa solo en virtud de su éxito: hacer esto sería pura imitación, y normalmente las imitaciones carecen de valor en sí mismas. Del mismo modo, una operación así parece diseñada solo para fijarse en las consecuencias –el éxito–, y no en las causas: aquello que sentimos que nos toca interiormente, en los recodos insondables del alma, y que además es compartido por mor de su humanidad, y por ello mismo llamado a convertirse en un clásico, lo hace en la medida en que se refiere a lo original y originario. Algo que parecía oculto se ha desvelado, mostrándose en apariencia como nuevo, aunque sea perfectamente reconocible en su despertarnos emociones muy viejas.

La no univocidad del trabajo inspirado responde también a esto: es fruto de miles de influencias, generalmente indeterminables, y no de una sola que resuena como patrón: es la recepción, en un alma sensible –ya sea bella o atormentada– de la pluralidad de matices que conforma una vida rica en estímulos. El buen escritor es un crisol de experiencias que nos entrega aleaciones que resisten el paso del tiempo, no un filtro de ingredientes determinados que elabora un fármaco de efectos tan euforizantes como efímeros.

Nadie lo niega: hay imitadores humanos que no lo harán nunca tan bien como una I.A. Lo que yo estoy diciendo es que un creador no es, a pesar de trabajar con la misma materia que suministra la tradición cultural, un puro reproductor mimético. Hay síntesis superadora en su trabajo, y esa es una riqueza que, de momento, no parece estar al alcance de los becerros de silicio.

La industria cultural parece haber apostado por adorar a estos últimos; los creadores se han rebelado ante la idolatría. El tipo de cultura –y de sociedad– que tengamos en las próximas décadas, muy probablemente sea resultado de quién gane esta batalla.

La muerte, para terminar

Michael Gambon, que nos ha dejado hace pocos días.

Sí, otra vez la crónica luctuosa. No podíamos dejar de nombrar en este mes de septiembre a Michael Gambon, que nos ha dejado hace pocos días. El muy versátil actor de teatro, cine y televisión protagonizó decenas de películas, entre las que se cuentan El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Greenaway, o Mary Reilly, Gosford Park, The insider y Layer Cake. Y sí, también varias entregas de la saga de Harry Potter, por las que acabó siendo mundialmente conocido. Descanse en paz en la prístina terminal de trenes donde gusta de aparecerse a los vivos.

En el mismo ámbito artístico, cabe señalar la desaparición de la cantante María Jiménez. Si a alguien extraña la frase anterior es porque quizá ignora que Jiménez fue actriz en unas cuantas películas y series de televisión; junto con Charo López y Fernando Rey participó en Manuela, en 1976.  Probablemente su papel más destacado fue en Yo, puta, de María Lidón, en 2004. Más reciente fue su participación en Los managers, de Fernando Guillén Cuervo (2006) y en series como Hostal Royal Manzanares, Todos los hombres sois iguales y Amar en tiempos revueltos.

También nos dejaron María Teresa Campos y Pepe Domingo Castaño, rostro y voz de los más famosos programas televisivos y radiofónicos de los últimos decenios, cronistas de tiempos difíciles, pero que narraron con educación y profesionalidad sobre sus respectivos negociados, sin dejarse llevar por lo soez y lo belicoso.

Porque en sentido contrario, lo que también parece haber muerto es el parlamentarismo en nuestro país. La muy triste sesión de investidura fallida de 2023 pasará a la historia no por la –escasa– brillantez de sus oradores –algo que parece signo de tiempos presurosos y pragmáticos–, sino precisamente por la irrupción en el atrio de lo que Ortega y Gasset denominaba jabalíes parlamentarios. Animales con aspecto de sapiens que, hozando, destierran del necesariamente racional debate político las más elementales reglas del respeto mutuo entre representantes y representados.

Para esto han quedado la especie humana, asemejada cada vez más, por uno u otro motivo, a bestias de pezuña hendida, y el sueño de Popper de que la democracia fuese un proceso casi evolutivo, de selección racional, en el que acabasen por gobernar los mejores.

Uno no sabe si pronto quedará algo de nosotros que, muertas la creatividad y la delicadeza, pueda ser capaz de competir dignamente con las máquinas recreadoras.

Escribe Ángel Vallejo

María Jiménez, actriz y cantante.