Estructuras quebradizas, porciones de realidad
Escribe Daniela T. Montoya
Una vez convertidos todos los acreditados en “ciudadanos” de Gijón (cosas de los convenios con las instituciones municipales), llega el momento de entrar en el cine.
La ciudad de Gijón ha engalanado sus calles con ese hombre-máquina que se abalanza para ver con pasión. Los cartelones colorados con el logotipo de la 46 edición advierten y recuerdan la cita anual. Este encuentro de cine al que los gijonenses, como una festividad más en el calendario de la localidad, acuden con entusiasmo, curiosidad y, sorprendentemente (con los tiempos que corren de hastío cultural), con ganas de hablar sobre cine.
Asimismo, como nos recuerda Adolfo en un inciso desde Huelva, son numerosos los jóvenes que, peregrinando desde diversos puntos de la península, inundan la ciudad con la esperanza de poder ver esa película tan inaccesible por los designios de la distribución. Pero lo tienen difícil porque, con el programa en mano, la constricción de tiempo hace imposible abarcar la amplitud de perlas que brillan en el conjunto de estos diez días sin tregua. El objetivo, escrutar (o, al menos, tantear) esos francotiradores que buscan nuevas formas muy alejadas a la narración convencional. Y, como ya advertimos en el avance anterior, este año los focos calientes están en el continente americano y Europa y Oriente Próximo.
Las emociones no se han hecho esperar. Durante los dos primeros días la renombrada sección La utopía yanqui ha abierto la veda a las no-ficciones de tinte político.
Stuart Levy transgrede en Chicago 10 (2007) los códigos genéricos para usar a su antojo documento y animación, mientras que Garrett Scout y Ian Olds acompañan en Occupation: Dreamland (2005) a los primerizos soldados estadounidenses enviados a Falluja, en la guerra/invasión de Irak. Aunque, con posterioridad a este filme, Brian De Palma con Redacted (2007) haya construido la mejor película sobre este tema, no es menospreciable la labor documental de Garret y Olds, recogiendo los reveladores testimonios de la población autóctona, y documentando con tanta prontitud las dudas que algunos soldados exponen sobre la misión (¿liberar?, ¿asegurar la exportación de petróleo?, ¿simplemente, defenderse?) y la incipiente resistencia que mina los utópicos planes estadounidenses de hacerse rápido con el control de la zona.
El ciclo dedicado a algunas de las directoras que resuenan en este principio de milenio ha comenzado, curiosamente, con una película con la que comparten título: Une part du ciel (2002), de Bénedicte Liénard. En esta coproducción europea se hace evidente esa enriquecedora mirada que aportan las mujeres sobre una realidad que desconocemos o, a lo sumo, se nos ha contado desde otro punto de vista, normalmente, más distante. Así, Liénard retrata las experiencias laborales de dos grupos de mujeres privadas de derechos (presas unas, obreras manuales otras), y los vínculos emocionales que establecen entre ellas. También sobre el trabajo, pero esta vez sobre la dificultad de realizar una escena de sexo para una película, versa Sex is Comedy (2002), de Catherine Breillat.
En la dinámica de las proyecciones este año echamos de menos la conjunción de cortometraje más largometraje de la sección competitiva. Relegados los primeros a un par de pases-compendios, una vez finalizado el festival sabremos si esta disgregación ha sido perjudicial (o no).
Entretanto, prosiguen los “encuentros” totalmente abiertos (con entrada gratuita) en los que, antes de salir de copas por los conciertos organizados en la ciudad, los directores se aproximan al público exponiéndose a sus preguntas y dudas sobre la correspondiente proyección. Este fue el caso de Khalil Joreige, quien comentó con los asistentes la extrañeza de Catherine Deneuve en Je veux voir (2008), un filme que muestra cómo el cine se incrusta en una realidad que se construye deconstruyéndose.
Y entre tanta algarabía cinéfila, la Sección oficial de largometrajes sigue su curso. Por ahora, Three monkeys, Nowhere man y, fuera de concurso, Asfixia (Choke). Con protagonistas quebrados, la mentira será el motor de sus tramas.
Asfixia (Choke)
Dirigida por Clark Gregg
La apertura del certamen corrió oficialmente a cargo de la película estadounidense Asfixia (Choke). Dirigida por el veterano actor Clark Gregg (CSI, Sexo en Nueva York, Magnolia), quien por primera vez se pone tras la cámara para relatar las tribulaciones existenciales de Víctor, un adicto al sexo.
Si bien conocemos a Víctor también por otras características de su vida, como su trabajo en un parque temático del siglo XVIII encarnando con desgana a un campesino, o su relación frustrante con una madre enferma que no le reconocerle cuando la visita, o su afición por extraer el lado solidario (y económico) de aquellos desconocidos que le “salvan la vida” cuando simula asfixiarse con un trozo de comida. Pero estos rasgos de su carácter se ven constantemente supeditados por su incapacidad de controlar su obsesión por el sexo opuesto. Por ello, lo que en un principio era pura irreverencia jocosa, se vuelve tediosa por su reiteración.
El delirio surrealista del que se empapa Asfixia remite al Todd Solondz (director fetiche de la dirección del festival) de Bienvenido a la casa de muñecas (Wellcome to the Dollhouse, 1995) y al Tom DiCillo de Caja de luz de luna (Box of Moonlight, 1997), en la que coincide el mismo actor protagonista Sam Rockwell.
Y es que parece que, en el cine estadounidense de autor, los sujetos que no encajan en el modelo estándar de americano feliz y/o exitoso, se ven arrojados a un mundo entre hilaridad surreal o dulce fantasía. Así ocurre en las películas mencionadas más arriba, como también en Las vírgenes suicidas (The Virgen Suicides, de Sofia Coppola, 1999), American Splendor (de Shari Springuer y Robert Pulcini, 2005), o Tú y yo y todos los demás (Me and You and Everyone We Know, de Miranda July, 2005), por poner unos ejemplos.
Pero en el caso de Asfixia la confusión entre realidad y ficción en la que se divaga Víctor parece más justificada a causa de su trabajo de actor, sus timos representando asfixias, y la enfermedad de su madre quien, desde su infancia y en el presente, le ha hecho literalmente vivir sus delirios. Dada tal confusión, es normal que al Gregg se le escape el guión por cúmulo de excesos. Sin embargo, se notan sus tablas como actor logrando extraer unas interpretaciones fantásticas, como la del susodicho protagonista Sam Rockwell y Angélica Huston, en el papel de madre de Víctor.
Nowehere Man
Dirigida por Patrice Toye
Coproducción europea, dirigida por la belga Patrice Toye y caracterizada por la gelidez de la estética nórdica, Nowhere Man versa sobre la historia de el treintañero impertinente (¿o asocial?) Tomas, quien sueña con dar un giro a su vida, acomodada a la vez que carente de emociones. La casualidad le abrirá las puertas a desprenderse de su vida y apropiarse del paradisíaco recuerdo que quedó archivado entre las hojas de un libro. Pero una bella foto-postal de una isla paradisíaca no suele coincidir exactamente con la realidad.
Tras unos años en los que va sumando adversidades, Tomas decide, sin más, regresar a su país para recuperar su anterior vida, la misma que le hastiaba pero le aportaba comodidad (y cuidados médicos). Su mayor conflicto será enfrentarse a Sara, la esposa a la que abandonó y que, tras llorar su traumática pérdida, ha rehecho su vida con otro hombre.
La historia resulta interesante a priori. Y la realización es muy esmerada. Pero la excesiva impavidez que se atribuye a los personajes va en perjuicio de la trama. Las heridas de las respectivas pérdidas de Tomas y Sara, no se solucionan con un guante o controlando un nicho secreto de amor. Las actitudes altivas y gélidas son contraproducentes, ya que son inverosímiles y generan desapego.
Tres monos (Three Monkeys)
Dirigida por Nuri Bilge Ceylan
El turco Nuri Bilge Ceylan dio el campanazo en el año 2002 con Lejano (Uzak). Ahora, tras la olvidable Los climas (Iklimier, 2006) retorna a retratar esas convivencias silenciosas con mar al fondo. Pero, en Tres monos, con fotografía e hilo argumental próximo al cine negro.
El detonante es el atropello (por somnolencia) provocado por el político Server. Éste, para que su carrera electoral no pueda verse alterada, trama que su chofer Eyüp, a cambio de una jugosa recompensa económica, asuma la culpabilidad del accidente y pase casi un año en prisión. Pero, mientras Eyüp está encarcelado, su familia no cobra la prometida paga. Ante la precariedad de recursos, y la apatía de su hijo, su mujer Hacer decide ir personalmente a ver a Server para reclamarle el dinero, lo cual dará lugar a una serie de acontecimientos imprevistos.
Sorprende el uso que en esta cinta hace Ceylan del sonido, unas veces seleccionando y acentuando sólo unos ruidos determinados, otras alterando la continuidad con la imagen. Se justifica aludiendo a la metáfora oriental de la sabiduría, donde la representación de tres monos en que uno no ve, otro no oye y otro no habla coincide con este núcleo familiar en que cada miembro reconstruye la realidad a trozos.
Así, adquieren sentido las intencionadas escenas en que hay falta de sincronización entre imagen y sonido (para luego volver a coincidir), aquellas en que los personajes se convierten totalmente en sombras ante la contraluz del paisaje marítimo. Datos parciales, inconexos, a los que Eyüp quiere dar sentido una vez que ha salido de la cárcel. Pero no hay diálogo, solo sensaciones. Meras impresiones, carentes de sentido gnoseológico que puedan articular un discurso lógico. Ceylan nos obliga a movernos en lo puramente perceptual, como el traqueteo del tren, que aumenta su retumbar a medida que se acrecienta la furia contenida; o como ese politono tan estridente como reiterativo, que llora al amor no correspondido.