Bill, qué grande eres (When Willie comes marching home, 1950), de John Ford

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La necesidad de tener héroes

He aquí una de las películas menos conocidas de Ford, realizada entre dos de sus grandes westerns, La legión invencible y Wagonmaster, y no demasiado fordiana. La historia puede recordar la muy interesante y divertida película de Preston Sturges Salve, héroe victorioso (1944), en cuanto nos habla de un pueblo americano que desea que sean héroes todos los jóvenes que van la guerra. En el caso de Sturges el personaje inventa una historia, en la de Ford el héroe lo es sin enterarse del acto heroico realizado, al estar borracho desde el momento que recibe el informe secreto de parte de la resistencia francesa hasta que sea, ya en su pueblo, llamado por Eisenhower. En ambos filmes hay una clara crítica a la actitud de un pueblecito que necesita tener héroes. Un algo unido a la historia de América.

El comienzo de la película (no tiene mucho sentido el estar narrada por el protagonista) es auténticamente fordiano: la descripción de ese pueblecito pequeño americano con sus casas iguales (la casa de la familia del protagonista está pegada a la de su novia), su iglesia, su sala de fiestas. Divertida es la escena que abre la película donde el padre de Bill, en la iglesia, es quien recolecta el dinero. Se desespera al llegar a su mujer y ver que no lo tiene preparado. Los primeros planos de ambos son significativos de su personalidad (una de las grandes características de Ford consiste en definir a los personajes por un solo gesto) y cuando al fin echa la moneda, al darse cuenta de que ha puesto más de lo necesario, coge una cantidad y deja sólo lo que pensaba.

Esta secuencia, magnífica, ya señala el carácter de estos personajes, como ha definido también a la novia de Bill, cuando va a la iglesia. Lo sorprendente del guión es que ambos Mage (Colleen Townsend) y Bill (Dan Dailley) son novios, se despiden apartándose de los padres antes de que él coja el tren que le llevará al campo de instrucción, y, naturalmente se besan siendo observados por todos los reclutas asomados a las ventanas cercanas del tren.

Pues bien, no se entiende que, en una escena posterior, cuando, por primera vez Bill llega a su pueblo sin saber lo que le espera, se declare a Marge. No tiene ese instante el más mínimo sentido, como tampoco lo tienen otros momentos: Bill dormido en el avión, a punto de estrellarse, se da cuenta que debe tirarse en paracaídas (en el avión ya no hay nadie pues el resto se ha lanzado ya, pero Bill no se ha enterado porque estaba dormido), para inmediatamente estrellarse el avión; o los ataques, por tierra y aire, del barco, al parecer una torpedera, que ha recogido en Francia a Bill, sin que acierten a hundirla.

El llegar a tierra en paracaídas (cae sobre las ramas altas de un árbol) le lleva a la última parte del film, por la que será luego agasajado en su pueblo: es recibido con precaución por miembros de la resistencia francesa, que le detienen y le llevan a su cuartel general, donde se encuentra la jefa. Su presentación define lo que debe ser una francesa: guapa, con un vestido airoso más propio de su actuación como bailarina en un teatro o cabaret que como jefa del grupo resistente. De ahí que Billy, al verla, se queda, digamos, no sólo sorprendido sino encandilado por la mujer.

Aquí el filme muestra la diferencia (claro tópico) de Marge, una americana seria con Ivonne (Corina Calvet), la jefa de los resistentes. Un plano sirve también para mostrar la atracción que surge en ella hacia el americano, representados perfectamente en el saludo de ella, desde la colina, hacia el barco donde se encuentra a Bill ya rumbo a Inglaterra. Un plano el de Ivonne excelente, enmarcado en un conjunto de sombras creadas por el anochecer y un gesto que indica todo un sentimiento.

Al menos un plano que muestra a alguien con sentimiento y no exclusivamente a actores puestos allí para desarrollar un papel sin la menor representación. La parte en la que los alemanes llegan al pueblo para capturar a los resistentes posee una buena idea: el pueblo hará como si celebra una boda para que los alemanes no den sobre todo con el falso novio, Bill, al que se le emborracha. Pues bien, los alemanes llegan al bar, echan una ojeada. Se pasa el plano a un alemán (¿de los servicios secretos?) sin uniforme, que mira un cuaderno y señala a uno de los que se encuentran en el bar. Simplemente le detienen, no buscan más, los jefes beben un vaso de vino que…además pagan.

Y de esa manera Bill, de cuya existencia nada saben los alemanes, sigue bebiendo con la falsa novia (Ivonne) hasta coger una borrachera impresionante. Hecho que ocupará la última parte del filme con Bill borracho perdido y al que se intenta reanimar dándole más y más vino. Su explicación, una y otra vez, a los distintos mandos del ejército empieza con un vaso que se le ordena beber, y que concluye con su madre (al llegar a su casa, en el pueblo) dándole un vaso de leche… con ron.

La despedida en el tren, una escena ambigua porque parece que entonces ya son novios.

Bill ha vuelto al pueblo convertido en un héroe sin que él haya hecho nada para serlo (el secreto alemán consiste en la filmación de los cohetes probados por los alemanes con una cámara casera, que quien graba afirma estar tomada como si la hubieran hecho los hermanos Lumiére) y el pueblo lo aclama. Banda de música para Bill, lo mismo que cuando fue el primer hombre apuntado al reclutamiento por lo que fue merecedor de una de una fotografía en el periódico local en primera plana, o la fiesta dada en su honor por marcharse al frente.

Es su héroe que debe haber estado en grandes batallas. Todo en su honor. Antes era criticado porque Bill, después de probar la aviación y cargarse un avión (condenado por ello a pelar patatas y patatas: otro tópico), demostró ser un gran tirador y pasó a instruir a reclutas. Lo malo es que el campo de tiro está en su propio pueblo. Todos los que antes le habían aplaudido le vuelven la espalda. Bill, lo tienen claro, no es un héroe sino un caradura.

Dos escenas contrapuestas demuestran la ascensión y caída de Bill. En la primera se agasaja a Bill pues será, sin duda, el primer héroe, como ha sido el primero en alistarse. Una fiesta que es punteada por unos soldados que están en el baile y no entienden la razón de esta exaltación. Frente a esta escena, posteriormente, asistimos en otra fiesta en honor del hermano de Marge (casi un crío) que ha vuelto al pueblo después de haber participado en un combate. Todos aíslan a Bill, huyen de él. Es un don nadie. Ya no es aquel futuro héroe sino un enchufado, que pasa toda la guerra sin haber salido de su casa. Los héroes son otra cosa. Esta segunda secuencia termina con un perro que ladra y ladra siguiendo a Bill cuando se marcha de la fiesta. Hasta el taxista que dijo que no cobraba a una persona que iba a la guerra (cuando se alistó) ahora le cobra.

Dos secuencias contrapuestas en las que se dibuja perfectamente a una sociedad que ha vivido diferentes guerras, que, por tanto, para ellos no es más que un juego. Y el que gana es quien cae herido o muere en el combate.

Y frente a este pueblo que exige heroicidad aparecen unos mandos militares ridículos.

Y frente a este pueblo que exige heroicidad aparecen unos mandos militares ridículos. Cada uno de ellos está en oficinas, y hasta el de más alta graduación, durmiendo, tranquilamente, sin hacer caso a ese soldado que pide ir al combate. Deciden ascenderle y proponerle para una medalla por su buena conducta. Esta repetición va más allá, ya que el intento es ridiculizar a esos mandos ineptos. Al final de la película, también esa crítica engloba a la resistencia, con esa jefa que hace a Bill preguntas tontas sobre América, para saber si es americano.  

Hay algo sorprendente en esta película y es el saber cuál fue la intención del guionista y de Ford, al hacerla, sobre todo por el año en que se realizó. Desde que terminó la II Guerra Mundial se realizaron diversas películas que ponían en entredicho los valores de la guerra. Más bien se centraban en su brutalidad, en su sinsentido, caso de Fuego en la nieve, Los mejores años de nuestra vida, Encrucijada de odios…

¿Qué sentido tenía realizarla en 1950, algo que sí lo tenía el filme de Sturges de 1944? ¿Acaso hacía alusión al comienzo de una nueva guerra: la de Corea? Que sepa, Ford nada o muy poco habló de este filme, ha sido poco estudiado, incluso se ha pasado por alto. Y eso que tiene cosa fordianas, aunque estén ausentes incluso actores de la familia cinematográfica del director. ¿Por qué lo realizó? ¿Qué motivo le impulsó a hacer esa crítica contra el ejército y los habitantes de los pequeños y grandes pueblos americanos? Para remate el filme está hecho con poco dinero.

No es la única rareza en su cine. Ahí está por ejemplo Un crimen por hora. Un misterio más de la figura del realizador de grandes filmes de todo tipo y no sólo westerns. Eso sí, en el oeste o en cualquiera de sus películas no falta la música; aquí nos obsequia con un tema de la orquesta de Bill y con un baile, en la fiesta, al estilo de una (pobre) película musical.

Por supuesto, todo bien filmado. Oficio nunca le faltó, aún en sus peores películas, a John Ford.

Escribe Adolfo Bellido López

Hay algo sorprendente en esta película y es el saber cuál fue la intención del guionista y de Ford, al hacerla en 1950.