El sol siempre brilla en Kentucky (The sun shines bright, 1953)

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Joya de John Ford, obra plena de humanidad

Es esta una película por la que Ford sentía orgullo y no dudaba en calificarla como su obra preferida. Una pequeña población de Kentucky de principios del siglo XX en la que Ford proclama un modelo de vida presidido por la tolerancia, la solidaridad, la sintonía y donde el amor triunfa por encima de la violencia, el racismo o el puritanismo. Todos estos valores aparecen encarnados en el viejo juez Priest (magnífico Charles Winninger), quien igual actúa como mediador expeditivo en un caso de linchamiento que como maestro de ceremonia en un funeral.

Llegó esta cinta a las salas de cine en 1953, un año después del estreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man). Pero a poco que se compare, reparamos que esta parece una película mucho más antigua, como si perteneciera a otra época del cine o de su autor, el celebérrimo John Ford.

Tiene una fotografía en blanco y negro, una temática añeja, un aire de melodrama e incluso algunos de sus actores interpretan afectadamente a sus personajes que son glosados manieristamente, con refinamiento, una pizca de artificiosidad y un deje de autocomplacencia. Parece que recrearan la atmósfera del cine mudo. Como apunta Narbona, puede que Ford quisiera dejar evidencia que con esta obra retomaba el mundo de su filme Judge Priest (1934), hoy prácticamente olvidado. Ambas películas se basan en relatos breves del escritor y humorista Irvin S. Cobb, cuyas tramas se desarrollan en un Sur amable y romántico. O sea, que hay una evidente continuidad temática.

Ford hace uso de la figura del juez Priest para expresar su visión de la justicia y del sueño americano. Ford siempre manifestó repulsa y menosprecio por la mojigatería, el rigorismo y el sectarismo. Del mismo modo que siempre mostró su simpatía por los más desprotegidos: los marginados, las prostitutas, los borrachines, los proscritos y los inadaptados.

Se ambienta en 1905 y cuenta la historia de un afable y popular juez de Kentucky que se presenta a la reelección contra un fiscal yanqui. Pero el juez Priest no es un magistrado pomposo o serio, contrariamente, es un pícaro de buen corazón cuya integridad nace de sus flaquezas, no de la severidad o la intransigencia.

Podemos ver que a lo largo del relato prescinde de formalidades e incluso comete pequeñas irregularidades, como leer alguna revista o tocar la trompeta en medio de una vista. No son extravagancias, sino más bien el reflejo de su criterio ético y humanista, que lo lleva a no prestar mucha atención a los fiscales solemnes y sí a escuchar pacientemente y con afecto a ladronzuelos de poca monta, pequeños pillos, holgazanes pacíficos o músicos ambulantes.

Hay en esta obra tradición y progreso, añoranza y reformismo, sentido comunitario y también individualismo. Nuestro juez en todo momento quiere ganar las elecciones que se avecinan y no pierde ocasión para captar votos y revalidar su mandato, pero esa legítima ambición no transige con ningún atropello a la justicia. Es muy emocionante el episodio en que el sheriff deja a su suerte a un pobre muchacho negro a quien acusa una turba de haber violado a una mujer blanca. El juez William «Billy» se enfrenta al grupo de exaltados que pretende lincharlo, empleando su locuacidad, pero también empuñando un revólver. Así es nuestro juez, pues aunque sabe que su acción le puede hacer perder votos, nada es para él más importante que preservar la vida de un inocente de un brutal linchamiento.

Es precisamente en estos momentos menos humorísticos donde la película gana. Es dramático este episodio contra el tumulto criminal que pretende tomarse la justicia por su mano contra el muchacho negro injuriado y calumniado, que tiene en el juez su único valedor. Esa tolerancia que aborda Ford, así como poner en juego la vida en pro de salvar a un inocente, son elementos que ensalzan esta película. Todo un mensaje de valentía moral, algo que se echa en falta en los tiempos que corren.

John Ford hace una gran dirección de un excelente y bien trabado guion de Laurence Stallings, basado en los cuentos The Sun Shines BrightThe Mob from Massac y The Lord Provides, de Irvin S. Cobb (1876-1944), conocido escritor nacido en Paducah (Kentucky), algunas de cuyas obras fueron llevadas al cine, tanto al mudo como al sonoro.

Charles Winninger interpreta de manera sensacional y brillante al juez William «Billy» Pitman Priest, dotándolo de una entrañable humanidad y sentimentalidad. Es aficionado al güisqui y el encargado de tenerle preparada su garrafita diariamente es su criado negro Jeff (pintoresco Stepin Fetchit). Sólo cuando se levanta de la cama se asoma a la ventana, toca su trompeta y pide su «medicina», no habla nunca de alcohol. Unos tragos de la pequeña garrafa le infunden ánimos y le facilita su visita diaria al baño.

Esta afición del juez choca frontalmente con la estricta liga de mujeres que lucha contra el vicio. Asociación dirigida por Mrs. Aurora Ratchitt (curiosa Jane Darwell) que considera que el güisqui cosa del mismo diablo y de todo punto repudiable. Aunque Priest intenta ser zalamero y bebe limonada cuando está delante de las damas en alguna recepción, en absoluto secunda la intransigencia de las señoras que piden marginar a los bebedores. De nuevo el juez contra la sectarismo.

Es precisamente en estos momentos menos humorísticos donde la película gana.

«Billy» Priest conduce a un grupo de excombatientes de la Confederación, representación local del Partido Demócrata. Tienen su rivalidad con el Partido Republicano, pero mantienen buenas relaciones con los excombatientes de la Unión. En realidad los de uno y otro bando son gente caballerosa y educada. A veces los demócratas le hacen alguna trastada a los de la Unión robando la bandera. Pero el mayor Joe D. Habersham (muy bien Henry O’Neill), jefe de los excombatientes republicanos, hace como que no sabe nada y acaba ofreciendo la bandera como regalo de confraternización.

Tiene su toque humorístico el aprecio y el respeto que se tienen Habersham y «Billy» Priest. El juez fue corneta durante la Guerra de Secesión, pero ya no es un enemigo, más bien un digno adversario. Unidos ambos por el amor y la fidelidad al país.

Hay un capítulo de esta historia, un episodio oculto, del que no se habla en el pueblo, que desencadenará las escenas más emotivas del filme. Este apartado continúa en sintonía con el pensar de Ford sobre asuntos sometidos a un estricto y severo juicio y demonización popular. Se trata de lo siguiente…

Ya avanzada la película llega al pueblo en muy mal estado de salud la madre (Dorothy Jordan) de Lucy Lee (bella y brillante trabajo de Arleen Whelan), bonita muchacha apadrinada por el médico. Justamente después de haber sido llevada urgente al doctor Lewt Lake (muy eficiente Russell Simpson), fallece la pobre señora.

La difunta había provocado años atrás la muerte de su marido, el único hijo del general confederado Fairfield (solvente James Kirkwood), marido que agraviado por la infidelidad de su mujer, había muerto en un duelo para defender su honor. Desde entonces, el pueblo y el mismo general repudiaron a la mujer que, cuando enviudó, confió el cuidado de su hija Lucy al doctor Lake, gran amigo por cierto de «Billy» Priest. La señorita Lucy ha crecido sin saber nada de lo sucedido, pero sospechando que le han ocultado un terrible secreto.

John Ford hace una gran dirección de un excelente y bien trabado guion de Laurence Stallings.

En este mismo tiempo, por cierto, la sensible y hermosa joven ha enamorado a Ashby Corwin (apuesto y bien John Russell), un galán elegante y de buena familia, que aunque con fama de juerguista y calavera, tiene un corazón noble y franco.

A renglón seguido vendrá el funeral de la señora. El mayor Habersham será el primero en desafiar los prejuicios de la comunidad, colocándose junto a Priest para seguir al carruaje con el féretro. Hasta ese momento, el juez había caminado solo. El joven Ashby también se une a la comitiva y acompaña a la joven, que también se ha añadido, por las calles del pueblo en dirección al templo.

El episodio del funeral es un momento cumbre del cine de Ford. La carroza fúnebre avanza lentamente tirada por caballos, portando un ataúd blanco. Detrás va Priest, con la Biblia en una mano, un paraguas bajo el brazo y su traje blanco. El carruaje descubierto lleva a varias prostitutas vestidas de negro. Entre ellas, Mallie Cramp (Eve March), que había pedido ayuda al juez Priest para celebrar el funeral, con la respuesta enigmática: «Dios proveerá».

La solitaria comitiva empieza a crecer hasta convertirse en un gran grupo mientras las señoronas locales miran tras los visillos. Lucy, que contempla la silenciosa y sorprendente marcha, ha salido, ha detenido el carruaje de las prostitutas y se ha colocado delante de los caballos. Luego, sube al pescante y se sienta con el cochero negro que no disimula su asombro. Ashby no tardará en aparecer, a pie, tras el carruaje. Al llegar a la iglesia, se sienta junto a Lucy. Priest hace las funciones de predicador.

La escena en la iglesia es antológica. En ella el juez decide dar el responso y hacer la oración, por la negativa miedosa y cobarde del pastor del pueblo. Para ello recurre a dos lecturas evangélicas. La primera de San Mateo: «El que acoge a un niño en mi nombre, me acoge a mí». Lo cual habla de los desamparados, como era el caso de la mujer que acababa de morir. Pero acaba por descartarla.

Un pueblo idílico y una visión del Juez Priest propia de una leyenda.

Finalmente, prefiere leerles el pasaje de la adúltera de San Juan (Jn 8: 1-11) (advierte que es el discípulo más amado de Jesús). Cuando Jesús fue al Monte de los Olivos a rezar y regresó al templo: «Los escribas y fariseos le llevaron a una mujer pecadora diciéndole: “Señor, esta mujer está en pecado. Según la ley de Moisés debe ser lapidada. ¿Qué dices tú?”. Y Jesús no dijo nada. Se puso a escribir en el suelo como si no los hubiera oído. Pero ellos insistían. Intentaban atraparlo».

Cuando está a punto de finalizar con las palabras de Cristo, aparece el general Fairfield y pide a Ashby que le ceda su asiento. Al fin ha comprendido que debe acompañar a su nieta, a la que había ignorado hasta entonces.

Priest continúa: «Al fin se irguió, y mirándolos a los ojos les dijo: Aquél de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y volvió a escribir en la tierra. Cuando se volvió a incorporar, vio que todos habían desaparecido. Y le dijo a la mujer: “Mujer, dónde están aquellos que te acusaban? ¿Es que nadie te acusa ya? Y ella le contestó: Nadie, Señor. Entonces tampoco yo te condeno, le respondió el Señor». Sensacionales y conmovedoras palabras del nuevo testamento, vibrante episodio para una difunta que al parecer fue también infiel.

Una vez acabado, el juez pregunta al joven: «Hermano Ashby Corwyn, ¿quieres decir una oración?» Ashby se adelanta y frente a los asistentes, se arrodilla y reza: «Oh Señor, mira a esta niña. Apiádate de su inocencia, protégela para que así pueda llegar a ti. Amén». Entonces, aquella herida abierta por una falta antigua se cierra: Dios realmente ha proveído.

Estamos ante una película deliciosa plagada de escenas inolvidables: la alocada interpretación de Dixie en mitad de un juicio; las palabras del general al corneta «Billy» («Siempre ocuparás un lugar en mis recuerdos»); la embriaguez permanente de Old Backwoodsman (Francis Ford); el baile en el porche de Herman Felsburg (Ludwig Stössel), un viejo tendero alemán que luchó con el Sur y que aún se emociona al escuchar un vals; el coraje del juez frente a la turba que pretende tomarse la justicia por su mano; o Priest votándose a sí mismo para deshacer el empate ante el engolado y pomposo candidato republicano Horace K. Maydew (perfecto Milburn Stone).

Siempre con un trasfondo ético, ensalzando por encima de todas las cosas ideales como la justicia, la tolerancia o el respeto.

Tras su victoria en las elecciones, el juez recibe el homenaje de la comunidad, que desfila delante de su casa: la orquesta municipal, los excombatientes del Sur, las mujeres, con Mrs. Aurora Ratchitt a la cabeza. Todos con banderas de la Confederación, pero orgullosos al mismo tiempo de ser ciudadanos estadounidenses.

Los vecinos que intentaron linchar a un inocente también desfilan con una pancarta donde se lee: «Gracias por salvarnos de nosotros mismos». Un grupo de negros canta góspel, agradecidos al juez. Entre ellos, Uncle Zack (Clarence Muse) y su sobrino, el joven al que salvó el juez, un pobre muchacho apasionado por el banjo.

Por último, aparecen Lucy Lee y Ashby. Están a punto de entrar en la vivienda, pero Lucy Lee contiene a Ashby. «Billy» se aleja por un largo pasillo, abriendo una puerta tras otra. Su silueta se distingue hasta que desaparece al doblar una esquina. Esta perspectiva destaca su grandeza, pero también su soledad. Sin esposa, ni hijos, tiene muchos amigos, pero en la intimidad de su hogar sólo está su criado Jeff. No era el caso de John Ford, pero resulta curioso que Woody Strode lo cuidara durante cuatro meses mientras se recuperaba de una grave enfermedad casi al final de su vida. A veces, la ficción se anticipa a la realidad.

La película acaba con un plano lateral de la casa de «Billy» Priest, con Jeff sentado en las escaleras del porche tocando su armónica. Podría objetarse que John Ford idealiza el Sur, pero yo creo que más bien profundiza en sus paradojas, mostrando que el hombre, pese a sus miserias, nunca es una causa perdida. Es una apuesta moral sin duda.

Cualquier género que caía en manos de John Ford se convertía en oro. Siempre con un trasfondo ético, ensalzando por encima de todas las cosas ideales como la justicia, la tolerancia o el respeto, frente al racismo y el puritanismo de la sociedad de principios del siglo XX, anclada en ocasiones en el XIX. Incluso cuando se aproximaba a la comedia dramática, estos valores estaban presentes, lo cual vemos en esta película, pues más allá de su tono socarrón, burlón y bobalicón por momentos, lo que late es una estela poética, de ricos mensajes sociales e importantes lecciones para quien las quiera ver y escuchar.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

Cualquier género que caía en manos de John Ford se convertía en oro.