LA GRAN MENTIRA (películas alabadas por la crítica y ensalzadas por el público que no son más que auténticos camelos envueltos en un -falso- cine de calidad)
Los amantes del Círculo Polar de Medem.
Un realizador, que a pesar de sus fans, va cada vez peor. Falsa poesía, transcendencia de andar por casa, incapacidad de mostrar puntos de vista, espacios y tiempos, de forma coherente. Un guión dislocado con diálogos que parecen escritos por un principiante, una inexistente dirección de actores y una dirección equivocada de arriba a abajo. Está dando mucho dinero. En este mundo donde lo que prima es lo falso (la incultura) es lo natural.
Una pena de película. Lastima de historias circulares. Por cierto el tema de las casualidades (¿del destino?) no es una invención de Medem. Un tal señor Lang, por ejemplo, y que por casualidad también (y tan bien) hacia cine hablaba de cosas tales como el destino y su influencia sobre los seres. Su nombre no era circular. Lo divertido de estos amantes eternos (¡que secuencia más "chulesca", por eso de estar rodada en la Plaza Mayor de Madrid, la del no-encuentro de Ana y Otto u Otto y Ana en aquel lugar) es que según palabras del director no deben, al menos en ciertas cosas, ser tenidas en cuenta las casualidades. Por ejemplo, según contó en un coloquio en directo, el Otto alemán no tenía porque ser el Otto alemán que saltó en paracaídas y quedo atrapado en un árbol durante la guerra civil española. No, eso, había que entenderlo según lo que Ana quería que fuese. Con esas palabras Medem utilizaba un nuevo lenguaje directorial. Buñuel opinaba que las películas están ahí para verlas y ver de que van, y que por eso él no tenía porque explicar sus películas. Medem más moderno decide que sí, que hay que explicarlas. Habría que decirle que una cosa es lo que él quiere decir y otra lo que muestran las imágenes. Un poquito de humildad no le vendría mal ni a él ni a la mayoría de los jóvenes (por edad) que hacen cine por estos lares. (En el número cero de EN CADENA DOS apareció un largo análisis del film).
Salvar al soldado Ryan de Spielberg.
Exaltación de valores patrióticos, un belicismo disfrazado de antibelicismo, una reiterada palabrería... ¿Y qué más? Pues que el original Spielberg, el creador, con su varita mágica, de todos los géneros, de todas las películas, confunde el hambre con las ganas de comer y se destapa con unos despropósitos capaz de (en caso de que pudieran oírlos) hacer volver a sus tumbas a gentes como Walsh, Hawks, Fuller, Mann, Wellman y al mismísimo Ford, sobre todo cuando escucharán que "esta cosa" filmada por Spielberg, es la primera película donde se llaman (en la guerra) las cosas por su nombre. Lo que ocurre realmente es que se nombran (se copian) en vano uno detrás de otro diversos títulos de películas, incluso el propio Spielberg es capaz de copiarse a si mismo. El autor de cuentos no hace sino contar uno más y seguir rentabilizando su poderío técnico. Eso, la técnica, no es el cine. Debía aprenderlo. Un día ya lejano con escasos medios rodó un film, su primera obra, importante, titulado El diablo sobre ruedas. Sobre la guerra, sin duda, preferimos, con todos sus defectos, uno de sus films anteriores (y no el antipático 1941 más en cuanto se empeña en ser gracioso, que en cuanto lo es), titulado El imperio del Sol. Su último film es humillante donde además, como queda dicho, cohabitan varias películas distintas. SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: DESEMBARCO DE NORMANDÍA. Apareció un análisis más extenso en el número cero de esta publicación