(Missing)
Octubre de 1982. Se celebra en Valencia la Mostra de Cinema del Mediterraneo. Hace años que ha muerto nuestro dictador. Desde entonces, y hasta esa fecha, día a día, con dolor y muchas veces con rabia hemos asistido al espectáculo de dos Españas enfrentadas. El Ejercito, en parte, parece no haberse resignado a ser (esa es la razón de su existencia) unos meros servidores de los ciudadanos, del Ejecutivo. En general han estado acostumbrados a ser protagonistas de la Historia, a ser ellos los obedecidos y no los obedientes servidores y guardadores (en caso necesario) de las Constituciones democráticas. Unos meses antes de la fecha citada (febrero de 1981) un alto mando con tricornio había metido el miedo en el cuerpo a muchos españoles que comenzábamos a soñar con la libertad. Aquel individuo había querido jugar, al igual que otros, a un extraño juego por el que se convertiría en salvador de patrias, en salvaguarda de los valores eternos de pureza (¿de sangre, de cuna?), y de Imperio. Nada menos que había intentado aquel personaje de opereta (¿alguna vez alguien nos contará la verdad de aquel embrollo?) poner de rodillas a todos los representantes del pueblo impidiendo que se moviesen, irrumpiendo por la fuerza en el Sacrosanto Recinto del Congreso de los Diputados. La televisión (el golpista que aún soñaba en glorias de siglos pasados no era consciente que los nuevos medios le "espiaban", que grababan para el mundo un testimonio inapelable) era (aunque no en directo) un testigo de excepción de aquellos instantes. Dos personas no se doblegaron a aquellas exigencias Suarez y Gutiérrez Mellado. Ambos dieron la noble lección de "saber estar", como antes habían sabido evolucionar (A. Mann contó muy bien la evolución de un individuo en la maravillosa Horizontes lejanos: los hombres no son como las manzanas, no se pudren para siempre, pueden volverse resplandecientes, curar sus heridas, diría más o menos el ex-pistolero Stewart). Fue aquel intento de proclama, el más duro desatino en unos años marcados por la esperanza y la barbarie. De ayer mismo, en esos momentos, eran también los ecos de muertes, de gritos, de una policía que seguía actuando duramente, como en los peores años del franquismo, para reprimir cualquier manifestación. En el horizonte aparecía la esperanza de una nueva época, pero que "sonaba" aun lejana. Eso si, en aquellos primeros días de octubre de 1982, por primera vez desde hacía años, un partido, que creímos era izquierda, estaba a punto de gobernar el país. ¿Qué pasaría cuando esto ocurriera? La ilusión y el miedo se repartían por igual desde nuestras expectativas.Y en aquel octubre esperanzado (después descafeinado y desencantado comienzo de una etapa), mientras tenía lugar la Mostra de Cinema del Mediteraneo en un cine (también "desaparecido") del centro de la ciudad se estrenaba Missing de Costa Gavras. Una forma, la de ese director-luchador contra las injusticias e injerencias políticas, de acercarse al hombre y al cine. Su punto de vista siempre es muy parecido: identificar al protagonista con el espectador. Era el caso de Missing como también sería, por ejemplo, años después el caso de La caja de música. Aquí una mujer abogado que adora a su padre cree en su inocencia, le ve como un "buen" padre. ¿Cómo es posible que detrás del amor hacia su hija se esconda el terror o la barbarie? El espectador como la extraordinaria Jessica Lange va concienciándose poco a poco con la terrible realidad. En Missing ocurría lo mismo. Un padre va a buscar a su hijo al Chile barbárico del General traicionero y verdugo. Pero el personaje (el film se inspira en un hecho, una desaparición, real) de Jack Lemon no puede creer lo que alguien le dice. ¿Cómo es posible que su querida América, cuna de virtudes, de democracias, sea la impulsora de un Golpe cruento contra un pueblo? No tan solo quería salvaguardarlo, con mano firme, pero justa, del "terror" rojo. Y su hijo no tenía nada que temer al ser un ciudadano norteamericano. A medida que transcurre la película aquel norteamericano de a pie va conociendo el horror, ese que ahora algunos dicen que no fue genocidio. Un horror que terminó con el experimento socialista, que un hombre bueno y confiado, Salvador Allende, deseo ver hecho realidad en su querido Chile. Allende no quiso (como Suarez o Gutiérrez Mellado en España) ponerse de rodillas frente a los verdugos, rendirse a la fuerza bruta. Se suicidio en un acto de valentía, jamás como un cobarde. Cobardes fueron los otros, aquellos que le traicionaron, aquel militar en el que siempre creyó, al que considero un demócrata. Aquel general, levantado en armas contra el pueblo, dejó para la posteridad el retrato de su traición en una fotografía que dio la vuelta al mundo y que hoy aún da miedo ver: él, excelso Pinochet, aparece sentado en el centro de la Junta Militar con sus gafas oscuras, como si fueran una protección o una forma de esconder su odio hacia esa Patria que proclamaba defender.
Missing era un film aterrador. El espectador comprendía, con el personaje de Lemon, la irrealidad (falsedad) de su propio país, la represión de un pueblo que clamaba por su libertad. Siempre recordaré la salida de aquella proyección en un día otoñal por excelencia. Los espectadores salíamos en silencio, cabizbajos, sin atrevernos a mirarnos a los ojos, para no sentir la vergüenza de formar parte de una raza humana capaz de cometer aquel cúmulo de barbaridades en aras de una defensa (falsa e inadmisible) de la justicia, la religión, la raza o el país. Fue una película necesaria y útil, realizada desde el país que "permitió" y "asesoró" el golpe militar. Aparentemente un contrasentido. Un film, que además de sus valores cinematográficos, nos devolvía otros espejos carentes de sentido.
Hoy, años más tarde, el mundo ha comenzado la caza de Pinochet. La sociedad chilena se encuentra dividida. De un lado están los pobres de siempre, los que creen en el hombre y en la justicia social, del otro la barbarie y los conceptos más primitivos de odio hacia los que no piensan como ellos, pero que en el fondo simplemente gritan para "salvar" sus fortunas, su ritmo de vida, sus privilegios. Son los que aplastan y desean seguir aplastando. Son los que matan impunemente a los "rojos", pero que no tienen inconveniente en asistir a cualquier manifestación antiabortista y llevar en sus pechos pegatinas en las que proclaman (¡cruel ironía!) su defensa de la vida. El General chileno, dicen, algunos que es muy mayor, que hay que tener humanidad con él, aquella misma que el negó a tantos otros, aquella que sigue sin respetar al nombrarse a si mismo senador vitalicio. Si la justicia cayera sobre los dictadores de cualquier lugar de planeta, nadie se atrevería a llevar a cabo esos disparatados pronunciamientos. Si Pinochet piensa que el mundo le iba a reconocer, a valorar, "sus ansias de limpieza" al menos, hoy, habrá recibido una lección: el mundo no le quiere, le ha juzgado y en todas partes le ha considerado (excepto sus fieles seguidores) un traidor y un verdugo. Ese es el juicio de la historia, el que él pedía. Quiso anular a Allende y hoy aquel Presidente electo se hace más grande en el recuerdo. Cuando Pinochet vuelva al Chile que masacró sabrá que está prisionero en vida en su propio país, que sus cuentas han sido bloqueadas en el extranjero, que ni él, ni aquellos otros militares que a su lado asesinaron allí o en otros lugares a sus oponentes, podrán volverse a pasear "libremente" por cualquier ciudad del mundo libre. Serán, por vida, prisioneros de su país, de aquel que quisieron salvar de fantasmas.
Es una bonita lección. Los españoles, en masa, hicieron sonar sus bocinas en Madrid al conocer el pronunciamiento de la Justicia Española, en señal de apoyo a los chilenos que esperaban el resultado (era otro octubre 16 años después de aquel otro en que se estrenó Missing). Fue un gran día para todos aquellos que aun ilusoriamente creemos en la libertad, sobre todo, en estos momentos, cuando allá en el reino del "imperio" vuelven a sonar los sones trágicos de la caza de brujas, y donde acá asoman sus orejas los agazapados y falsos demócratas unidos a sus validos.
Mientras todo eso pasaba el Festival de Cine de Valladolid daba sus galardones, y en el reparto de premios, retransmitida por TVE, dos personas al recogerlos recordaron a los muchos "desaparecidos" chilenos y se felicitaron por el veredicto de la Justicia Español, que reconocía la competencia del juez Garzón para actuar contra Pinochet y sus colaboradores. Valladolid tiene un gran festival, pero en esa clausura, al escuchar aquellas palabras y los aplausos que suscitaron, nos pareció más grande. La gente del cine también se pronunciaba por la libertad, pedía que de una vez por todas en cualquier parte del mundo se eviten historias como aquellas o como esas que han dado lugar al terror en los piases balcánicos, donde el hombre ha vuelto a ser perseguido en nombre de una determinada ideología o religión. Sería deseable que para siempre se barriera el odio, que todos formáramos parte de una totalidad tendente a sentirnos mejor, a hacer de esta tierra nuestra, que es el mundo en el que vivimos, un lugar habitable, en el que todos, en conjunto, trabajemos por el bien de los otros. Un bien que también será el nuestro.